Aquel día el sol parecía brillar con más fuerza que de costumbre, el cielo lucía despejado de horizonte a horizonte, ni una sola nube empañaba el intenso azul que cubría la capital, como si hasta los propios dioses los estuvieran recibieron con los brazos abiertos. Una brisa tibia recorría las calles, haciendo ondear los estandartes dorados de la Casa Helionis: el símbolo indistinguible del Sol y esparciendo el perfume de las flores que adornaban balcones, ventanas y plazas. Al fin había llegado el día del desfile triunfal, después de cinco años de guerra, el segundo príncipe regresaba a la capital como el hombre que había conseguido lo que generaciones enteras de generales jamás habían logrado: poner fin al conflicto con Nethria. Según la versión oficial difundida por el Palacio del Sol, el emperador había enviado en secreto una orden a su hijo para negociar la paz. Desafiando al peligro, el príncipe Corioneus Helionis había cabalgado solo hasta el campamento enemigo, donde, gracias a su valor y a su brillante diplomacia, convenció a los soberanos nethrianos de firmar un tratado que pondría fin a décadas de sangre, odio y traiciones. Como símbolo de aquella nueva alianza, ambas naciones habían acordado sellar la paz mediante un matrimonio político.
Al menos eso era lo que todo el Imperio creía, Aryanne dio un pequeño sorbo a su taza de té sin apartar la vista de la avenida principal. Se encontraba en uno de los elegantes palcos del Pabellón de Té Celestia, el salón de té más prestigioso de toda la capital. Construido sobre una amplia terraza de mármol blanco y rodeado de glicinas y rosales, ofrecía la mejor vista del recorrido imperial. Desde allí podía contemplarse toda la avenida por la que, en cualquier momento, aparecería el ejército victorioso. Abajo, miles de personas se agolpaban a ambos lados de la calle. Niños, comerciantes, artesanos y familias enteras sostenían ramos de lirios blancos, pétalos de glicina y rosas doradas, impacientes por lanzarlos al paso del príncipe en cuanto apareciera. Los nobles, por supuesto, preferían observar el espectáculo desde la comodidad de los palcos privados. Aryanne no era la excepción, como siempre, había elegido el palco que ofrecía la mejor vista. A su alrededor conversaban tranquilamente Winifred, Heather y varios jóvenes pertenecientes a las principales casas nobles del Imperio. Las mesas de porcelana estaban cubiertas con delicados postres de miel, pequeños pastelillos de almendra y bandejas rebosantes de fruta fresca. Frente a ella descansaba una fina taza de porcelana blanca con bordes dorados.
El vapor ascendía lentamente desde la infusión de jazmín y rosas imperiales, mezclando su delicado aroma floral con ligeras notas de miel y cítricos. Era un té elegante, suave y cálido, servido únicamente durante las grandes celebraciones imperiales. Aryanne dio otro sorbo, pero no consiguió disfrutarlo, había demasiadas preguntas rondando su cabeza. La historia oficial tenía demasiados vacíos, conocía la historia de Nethria, sabía que su pueblo llevaba generaciones desconfiando del Imperio de Wisteria; habían luchado durante décadas, derramado incontables vidas y roto más tratados de los que cualquiera podía recordar. o tenía sentido. ¿Cómo había conseguido Corioneus Helionis convencerlos de negociar? ¿Qué les había ofrecido? ¿Qué clase de concesión podía valer tantos años de guerra? No, aquella paz había llegado con demasiada facilidad que se sentía tan irreal y eso solo significaba una cosa. La verdad permanecía cuidadosamente enterrada. Estaba convencida de que, cuando el segundo príncipe relatara su versión de los hechos ante la corte, presentaría una historia cuidadosamente adornada. Hablaría de heroísmo, sacrificio y lealtad al Imperio, exactamente el tipo de relato que su padre deseaba escuchar. Aryanne dejó la taza sobre el platillo con un leve tintineo. En realidad, no tenía el menor deseo de asistir al desfile. De haber dependido únicamente de ella, habría permanecido en la residencia Arvenis dedicando la mañana a sus estudios. Pero Belle había insistido.
—Si la futura emperatriz no aparece el día que el héroe del Imperio regresa a casa, toda la nobleza comenzará a hacerse preguntas.
Y Belle rara vez se equivocaba, así que allí estaba esperando, pero no precisamente para darle la bienvenida. Sino para conocer, por fin, al hombre que ocultaba la verdad detrás de la paz más importante del último siglo. Se encontraban en la Avenida de las Musas, la arteria principal del distrito de Lyra, conocido en todo el Imperio como el distrito de las artes. Teatros, conservatorios, galerías y academias se sucedían a ambos lados de la avenida, convirtiéndolo en el corazón cultural de la capital. Sin embargo, en los bajos fondos recibía un nombre muy distinto: el distrito de la diversión. Allí, entre refinados salones de té y elegantes cafés literarios, también se escondían exclusivos clubes privados, casas de juego y establecimientos donde el placer se vendía bajo el disfraz del arte. Situado en la zona alta de la capital, Lyra era uno de los distritos más lujosos del Imperio. A diferencia de otros barrios reservados casi por completo para la aristocracia, sus calles permanecían abiertas a cualquiera que pudiera costear sus establecimientos. Aquella mezcla de nobles, comerciantes adinerados, artistas y plebeyos convertía al distrito en uno de los lugares más concurridos de Wisteria.
El desfile triunfal comenzaría en cuanto se abrieran las enormes puertas de la capital y recorrería cada uno de los distritos hasta culminar frente al Palacio del Sol. Días antes, toda la ruta había sido acordonada con largos listones dorados adornados con lirios blancos, mientras la Guardia Imperial vigilaba cada intersección para impedir cualquier incidente que pudiera poner en peligro la vida del segundo príncipe o interrumpir el paso de la comitiva. Aryanne desvió la mirada hacia la avenida, miles de personas habían salido de sus hogares, se habían suspendidos trabajos para poder presenciar el regreso del príncipe. Toda la capital se encontraba en estos momentos en las calles, se agolpaban unas contra otras en un intento desesperado por conseguir un buen lugar desde el cual contemplar el regreso del héroe del Imperio. Algunos llevaban horas esperando bajo el sol. Niños subidos sobre los hombros de sus padres, ancianos apoyados en sus bastones y jóvenes sosteniendo ramos de flores compartían la misma impaciencia. Todos querían conocer al hombre que había pasado cinco años defendiendo la frontera norte. Querían descubrir cómo lucía el príncipe que había conseguido traer un fragmento de paz a un Imperio acostumbrado a la guerra. Incluso desde el palco, Aryanne alcanzaba a escuchar el murmullo emocionado de varias damas.