Aryanne observó en silencio cómo Sherline destrozaba sus aposentos, no sabía si había estado conteniéndose hasta su llegada o si, por el contrario, ya había protagonizado aquella escena en más de una ocasión. Tampoco sabía si realmente necesitaba romper todo cuanto encontraba a su paso o simplemente necesitaba que hubiera alguien de confianza para presenciar el derrumbe que jamás permitiría mostrar frente a los demás. En cuanto Aryanne cruzó el umbral de la habitación, Sherline tomó uno de los jarrones de porcelana que decoraban la estancia y lo arrojó con todas sus fuerzas contra la puerta. El estruendo hizo que varias doncellas irrumpieran alarmadas en los aposentos, observando la escena sin comprender qué estaba sucediendo, Aryanne les dirigió una breve mirada y negó lentamente con la cabeza.
—No entren —les ordeno—. Sin importar el ruido que escuchen.
Las jóvenes intercambiaron una mirada de incertidumbre, pero terminaron inclinando la cabeza antes de retirarse apresuradamente, cerrando las puertas tras de sí. Ninguna deseaba convertirse en el siguiente blanco de la furia de la princesa, Aryanne caminó con calma hasta uno de los sofás y tomó asiento. Desde allí contempló cómo Sherline descargaba toda su rabia contra el enorme espejo de su tocador. Empuñando un pesado peine de oro macizo, golpeaba una y otra vez el cristal hasta cubrirlo de grietas, mientras sus gritos resonaban por toda la habitación. No pensaba intervenir mientras Sherline no intentara hacerse daño a sí misma, permanecería como una simple espectadora. La conocía demasiado bien; si trataba de detenerla ahora, solo conseguiría que desviara toda aquella ira hacia ella. De alguna manera podía comprender su frustración, Sherline había nacido con las cadenas propias de la realeza, pero siempre había intentado conservar la mayor libertad posible dentro de ellas. Desde niña había sabido que jamás elegiría al hombre con quien contraería matrimonio y que esa decisión le correspondería únicamente al emperador. Sin embargo, incluso aceptando aquella realidad, nunca imaginó que quien terminaría decidiendo su destino sería su propio hermano ilegítimo.
La ironía resultaba cruel a los ojos de Sherline, Corioneus no solo le había arrebatado el derecho a decidir su futuro; la había encadenado, convertido en una simple pieza de negociación y enviado al único lugar donde jamás habría querido vivir: un reino que durante siglos había sido el enemigo más antiguo del Imperio. Para cualquier otra princesa aquello habría representado un sacrificio; para ella, en cambio, era una humillación. Su valor como hija del emperador, princesa imperial y orgullosa wisteriana había quedado reducido a una simple moneda de cambio para comprar una paz que nunca había pedido, y quizá era precisamente esa realidad la que más la estaba destruyendo por dentro. Siguió observando en silencio cómo Sherline tomaba su joyero y lo estrellaba con violencia contra la pared mientras maldecía en voz alta. La conocía demasiado bien. Siempre que tenía ganas de llorar era cuando más se enfurecía, como si sustituyera la tristeza por una ira imposible de contener. Cuanto más profundo era el dolor que sentía, más violenta se volvía su rabia. Aryanne suponía que aquella explosión era el resultado de todo el sufrimiento que había acumulado durante años y que finalmente había terminado por desbordarse a causa de Corioneus. Sabía que, en el fondo, Sherline comprendía que el tratado de paz era una decisión políticamente razonable; ella misma lo sabía. Sin embargo, el dolor era mucho más fuerte que la razón y terminaba por nublar cualquier juicio.
Desde niña, Sherline siempre había vivido sus emociones con una intensidad desbordante. Cuando era feliz, lo demostraba con una alegría contagiosa que parecía iluminar todo el palacio; cuando estaba triste, se hundía hasta el punto de desear desaparecer del mundo; y cuando se enfurecía, como en aquel momento, sentía la necesidad de destruir todo cuanto la rodeaba. Con un grito ahogado, arrancó uno de los cuadros que decoraban sus aposentos y le propinó una violenta patada que hizo añicos el marco al estrellarse contra el suelo. Toda su vida había sabido que su matrimonio sería utilizado como una herramienta política. Ninguna de las dos había sido tan ingenua como para creer que podría casarse por amor. Pero tampoco imaginaron jamás que terminaría desposando a un extranjero, y mucho menos a un príncipe de Nethria. Aryanne podía comprender aquella impotencia. A Sherline no solo le exigían sonreír durante la ceremonia; también tendría que arrodillarse ante el hombre que representaba a un reino al que le habían enseñado a considerar enemigo desde que era una niña.
Otro jarrón salió despedido por los aires y se estrelló contra el enorme espejo del tocador. El cristal se resquebrajó en decenas de fragmentos que cayeron sobre el suelo como una lluvia de pequeños diamantes. Probablemente, los sirvientes pensarían que la princesa simplemente estaba haciendo otro de sus habituales berrinches, una rabieta más de la mimada hija del emperador. Pero Aryanne veía algo completamente distinto. Detrás de cada objeto destrozado podía distinguir el sufrimiento que Sherline era incapaz de expresar con palabras. Aquella furia no era más que la forma que había encontrado de impedirse llorar. Casi podía imaginar que, en su mente, cada golpe iba dirigido a Corioneus. No solo había herido sus sentimientos, había herido su orgullo. Los wisterianos crecían convencidos de pertenecer al pueblo elegido por Aelion, una nación destinada a gobernar sobre las demás. Desde pequeños les enseñaban que mezclar la sangre imperial con la de otros pueblos era una deshonra para el linaje. Y ahora, precisamente Corioneus, había sido quien la comprometiera con el príncipe heredero de un reino que, hasta la semana anterior, seguía siendo el enemigo histórico del Imperio. Para Sherline, aquello no era solo un matrimonio político; era una humillación pública. Aryanne podía entenderla, ya no existía ninguna salida.