La Hacedora del Sol

Capitulo 44: Deseos cumplidos

Solo cuando estuvo lo suficientemente lejos del bullicio de las personas que llenaban el Salón del Sol sintió que su cuerpo, por fin, podía respirar con tranquilidad. El aire fresco de la noche llenó lentamente sus pulmones y la presión que oprimía su pecho comenzó a disiparse poco a poco, al igual que el punzante dolor de cabeza que la había acompañado durante toda la velada. Sabía perfectamente que no debía alejarse sin una de sus damas de compañía y mucho menos internarse sola en las profundidades de los jardines imperiales. Cualquier miembro de la familia imperial habría sido reprendido por semejante imprudencia, lo bueno que ella aun no lo era. Sin embargo, necesitaba recuperar el control de unas emociones que parecían desbordarse cada vez que compartía el mismo espacio con Corio. Mientras más lejos permaneciera de la fuente de aquel dulce veneno, más fácil le resultaría volver a pensar con claridad. Con esa idea en mente, continuó avanzando por los senderos de piedra blanca que serpenteaban entre los jardines imperiales. A cada paso, el eco de los violines y de las conversaciones fue apagándose lentamente hasta convertirse en un murmullo lejano, casi imperceptible. En su lugar comenzaron a escucharse otros sonidos mucho más apacibles: el suave susurro del viento al deslizarse entre las copas de los árboles, el canto intermitente de los grillos ocultos entre los arbustos y el delicado murmullo del agua que corría por los estrechos canales de mármol que atravesaban los jardines.

A ambos lados del sendero florecían interminables macizos de rosas blancas, lirios dorados y camelias rosadas, cuidadosamente podados para formar figuras geométricas que solo podían mantenerse gracias al trabajo constante de los jardineros imperiales. Entre ellas crecían extensos parterres de glicinas violáceas, cuya fragancia dulce impregnaba el aire nocturno, mezclándose con el delicado aroma del jazmín estrellado y de las flores de azahar que adornaban los pequeños naranjos distribuidos por todo el jardín. Más allá se alzaban elegantes magnolios de hojas brillantes y altos cipreses que parecían custodiar silenciosamente aquel lugar, mientras varios cerezos ornamentales dejaban caer lentamente algunos pétalos que el viento arrastraba sobre los senderos de piedra. Las farolas de cristal encantado, suspendidas sobre delgados postes de hierro forjado, desprendían una tenue luz dorada que iluminaba el camino sin alterar la serenidad de la noche. Su resplandor se reflejaba sobre las hojas cubiertas por el rocío, haciendo que cada rincón pareciera salpicado de diminutas estrellas.

Aryanne siguió caminando sin un rumbo fijo. Con cada paso, el peso que llevaba sobre los hombros parecía hacerse un poco más ligero. No tardó en llegar al corazón de los jardines imperiales. En el centro se levantaba una imponente fuente circular completamente tallada en mármol blanco. Sobre una amplia base octogonal se erguía la escultura de Aelira, representada como una joven de belleza serena que sostenía entre sus manos un cuenco del que brotaba una cristalina cascada de agua. Sus largos cabellos parecían fundirse con las enredaderas de glicinas esculpidas en la piedra, mientras delicadas flores y hojas recorrían toda la estructura con un nivel de detalle tan extraordinario que casi parecían reales. El agua descendía en varios niveles hasta caer sobre un amplio estanque donde nadaban tranquilamente carpas blancas y doradas, cuyos cuerpos centelleaban bajo la luz de la luna cada vez que rompían la superficie.

Se sentó lentamente sobre el borde de mármol, cuya piedra aún conservaba el agradable frescor de la noche. Apoyó las manos a ambos lados de su cuerpo y, por primera vez desde que había comenzado aquella interminable ceremonia, levantó la vista hacia el firmamento. El cielo se extendía completamente despejado sobre la capital y miles de estrellas brillaban con una intensidad extraordinaria, formando un inmenso océano de luces plateadas que parecía no tener fin. La luna creciente bañaba tenuemente los jardines con su resplandor, mientras la Vía Celeste cruzaba el firmamento como una delicada pincelada de polvo de diamantes. Aryanne comenzó a contar las estrellas por simple costumbre. Una... dos... tres... Sin embargo, pronto perdió la cuenta, incapaz de abarcar con la mirada la inmensidad del cielo nocturno.

Pronto perdió la cuenta. Como cuando era una niña, comenzó a unir las estrellas imaginariamente con la mirada, intentando descubrir las figuras que escondían entre sí. Reconoció la Corona del Fundador, la Espada del Alba, el Ciervo Celestial y la Doncella de la Primavera, constelaciones que los sacerdotes enseñaban desde pequeños a todos los niños del Imperio. Continuó trazando líneas invisibles entre los astros, dejando que su imaginación completara aquellas siluetas luminosas mientras el constante murmullo del agua de la fuente acompañaba el silencio de la noche. Durante unos breves instantes, el mundo pareció detenerse a su alrededor y, por primera vez desde que había comenzado aquella interminable velada, Aryanne sintió que su corazón comenzaba, poco a poco, a recuperar la calma. Solo cuando estuvo completamente rodeada por la tranquilidad del jardín pudo darse el lujo de poner en orden sus pensamientos, sintió cómo los latidos de su corazón comenzaban a serenarse poco a poco.

Se llevó una mano al pecho, percibiendo el ritmo lento y constante con el que ahora latía, permitiéndose por primera vez en toda la noche relajarse de verdad. Cerró los ojos y disfrutó durante unos instantes de aquella paz. Sin embargo, sabía que su mente era una verdadera traicionera y que sus pensamientos no la dejarían en libertad tan fácilmente como ella deseaba. ¿Y si había arruinado la vida de su hermano y la de su mejor amiga? ¿Quién era ella para decidir que Nate y Belle no podían estar juntos? Tal vez ambos ya habían planeado una forma de luchar por su amor y ella acababa de destruirla con sus propias manos. No podía evitar sentirse culpable por haber utilizado a su hermano para favorecer sus propios intereses, aunque intentaba convencerse de que, en realidad, todo aquello era por el bien de su familia y no únicamente por el suyo. Aunque sabía que eran simples justificaciones con las que intentaba aliviar el peso de sus decisiones. ¿Era demasiado egoísta? ¿O demasiado ambiciosa? Quizá ambas cosas. Aryanne dejó escapar un largo suspiro cargado de cansancio y levantó lentamente la mirada hacia la estatua de Aelira que presidía la fuente.




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