El bosque olía a resina y a tierra mojada, y la fogata llevaba horas comiendo madera seca. El grupo reía. Alguien abrió otra cerveza y el siseo se perdió entre las voces y el crujido de las llamas. Elsa Luz miraba el fuego desde afuera de todo aquello, como siempre, con los brazos cruzados sobre el pecho y las pulseras acumuladas hasta el codo, ese tintinear suave que la acompañaba a todos lados como un idioma propio. Diecinueve años, cabello rubio cortado casi a rape, piel que la luna habría reconocido como pariente. Buscó a Jesús con la mirada y lo encontró donde siempre: ocupando espacio. Así era él, Jesús Méndez, veintisiete años y cuerpo de alguien que nunca aprendió a achicarse. Cabello largo y oscuro, roquero desde antes de saber leer bien, su novio desde hacía varios meses. Le tendió la mano. —Camina conmigo —dijo ella. Él sonrió y la siguió.
Se adentraron en el bosque y la fogata fue quedando atrás: primero como un rumor de luz entre los troncos, luego como un color, luego nada. El crujir de las hojas secas bajo sus botas sonaba distinto sin otras voces encima, más nítido, más solo. El aire cambiaba entre los árboles —más frío, más denso, con ese olor eléctrico de los lugares que llevan mucho tiempo sin ser interrumpidos. Elsa se aferró a su brazo. Él la dejó. Llegaron a un claro donde la luna entraba sin filtros y el suelo era tierra suave, casi cálida. Se miraron. Elsa levantó una mano y le rozó la mejilla, y él la rodeó con los brazos, y por un momento todo estuvo quieto y bien. —Sabes que te amo —dijo ella—. Eres el hombre de mi vida. Jesús rió, y en esa risa había algo que ella conocía, o creyó conocer. —Eres lo más rico que yo tengo —dijo.
Entonces sus manos cambiaron. No hubo transición. No hubo aviso. Las mismas manos que la habían rodeado se cerraron alrededor de su cuello y la empujaron hacia atrás, y la corteza del árbol le rasgó la nuca, y él la besó de una manera que no era un beso. Elsa forcejeó. Él era más grande y el árbol no cedía y sus cadenas tintineaban como alarmas que nadie iba a escuchar. Pero en algún punto entre el pánico y el árbol su rodilla encontró su sitio y Jesús se dobló con un sonido que no era humano, y ella corrió. Corrió entre los árboles con el labio partido y el sabor metálico en la boca y la voz de él resonando a sus espaldas: —¡No puedes correr para siempre! Oyó el clic de la navaja. No lo vio. No necesitó verlo. Se escondió detrás de un tronco grueso, la espalda pegada a la corteza, contando su propia respiración. ¿Cómo? La pregunta le ardía más que el labio. ¿Cuánto tiempo lo vi sin verlo? Pero los pasos de Jesús aplastaban hojas secas y se acercaban, y no había tiempo para preguntas. Lo que cayó El cielo explotó. Esa es la única manera de decirlo: el cielo explotó. Una luz blanca borró la noche durante tres latidos completos. Después el sonido, que no llegó como sonido sino como presión, algo que se sintió en los huesos antes de que los oídos lo procesaran. Y luego el impacto: la tierra tembló, los árboles se sacudieron, y a menos de cuarenta metros de donde Elsa se escondía algo abrió un cráter en el suelo y levantó una cortina de humo y tierra que se expandió entre los troncos. Desde el pueblo, a cuatro kilómetros, todas las luces parpadearon y se apagaron durante exactamente un segundo. Un segundo, y volvieron. Nadie supo por qué. Los pasos de Jesús se detuvieron. Elsa no lo pensó.
Se movió hacia el cráter porque era lo más alejado de él que podía encontrar, y porque algo más abajo que el pensamiento le dijo que debía hacerlo. La tierra cerca del impacto estaba caliente bajo las suelas. El humo le irritó los ojos. En el centro del cráter había algo que había sido una nave —retorcida, aplastada, irreconocible, pero nave al fin—, y en su centro una abertura. De la abertura salió la criatura. Era gelatinosa y traslúcida, con apéndices que se movían con la gracia lenta de las cosas del fondo del mar. En su centro palpitaba un ojo grisáceo, grande como un puño. Giró despacio hasta encontrar a Elsa, y se detuvo. Fue entonces cuando Jesús apareció entre los árboles con la navaja en la mano. Vio a la criatura. Tardó dos segundos en decidir que no tenía miedo. —No caeré en tus juegos, mujer. ¿Qué tipo de estúpida broma es esta? La criatura lo miró. Lo evaluó. Luego lo agarró y lo lanzó. El árbol que recibió a Jesús no se movió, porque llevaba décadas ahí y no tenía razones para ceder. El ruido fue el tipo de ruido que marca el final de algo. Jesús quedó en el suelo sin moverse, y en el silencio que siguió, Elsa notó que los pájaros nocturnos habían abandonado los árboles en la dirección opuesta al cráter. Todos a la vez. Sin sonido. La transmisión La criatura se volvió hacia Elsa. Y empezó a cambiar. Se deshizo de adentro hacia afuera: los apéndices se absorbieron, la gelatina se aflojó, el ojo grisáceo parpadeó una última vez. Cayó al suelo en forma de agua, agua cristalina del tipo que no existe en ningún río de este planeta, y del centro de ese charco emergió la figura de una mujer. Estaba herida de una manera que Elsa no sabía nombrar. No era sangre. Era como si lo que la formaba se estuviera deshilachando desde adentro, hilo por hilo. Tenía poco tiempo y eso también lo supo Elsa sin que nadie se lo dijera. La mujer extrajo de algún lugar de sí misma —de una bolsa pequeña hecha de la misma sustancia luminosa que la había formado— un bebé. Lo colocó en el suelo entre las dos. Luego se arrodilló y habló. Elsa no entendió nada. Era un idioma de frecuencias que el oído puede percibir pero no clasificar, sílabas que no cabían en ninguna boca humana. Pero la última palabra cruzó ese muro sin pedir permiso. Sálvalo. La mujer empezó a desvanecerse. Fue lento y solemne, como si esta vez el proceso se hubiera tomado la molestia de tener dignidad. Primero sus bordes. Luego su interior. Luego solo el charco, quieto y perfecto, en la tierra removida del cráter. Elsa se quedó mirándolo durante un tiempo que no supo medir. Luego miró al bebé. El bebé la miró de vuelta con una calma que no debería pertenecer a nadie recién llegado a este mundo.