Las Cronicas de Key

Sebastián

Dieciséis años pasan rápido cuando uno tiene algo que proteger. Elsa Luz lo sabía mejor que nadie. Se miraba los brazos —cubiertos ahora de rosas tatuadas, negras todas, trepando desde las muñecas hasta los hombros— y a veces pensaba que cada una marcaba un año que Key había sobrevivido en este mundo sin que el mundo supiera quién era realmente. Seguía vistiendo de negro. Algunas cosas no cambian. Lo que cambia es el peso que cargan.

Esa mañana, la cocina olía a café recalentado y a tostadas. Elsa recogía el desayuno cuando Key apareció con la mochila al hombro, el cabello negro todavía medio revuelto del sueño y los ojos —esos ojos azul oscuro que nunca habían pertenecido a este planeta, aunque ella prefería no pensarlo demasiado— ya puestos en algún lugar distinto al que estaba.

—Mamá, ya me voy. Paso primero por donde Sebastián para irnos juntos.

Elsa lo agarró por el hombro antes de que llegara a la puerta, le plantó un beso en la frente, y él lo soportó con la dignidad estoica de los chicos de dieciséis años a quienes sus madres todavía les dan besos.

—Te amo. Cuídate. Y llega temprano —dijo ella.

—Siempre —dijo él, que era lo que siempre decía.

La puerta se cerró. Elsa se quedó un momento mirándola.

La bicicleta de Key era morada y la amaba con la fidelidad sencilla con que se aman las cosas que te llevan a donde necesitas ir. Salió pedaleando por el camino de tierra, torció a la izquierda en la primera esquina y siguió hasta las afueras del pueblo, donde las casas se iban espaciando y los jardines se iban volviendo menos jardines y más terreno sin pretensiones. La casa de Sebastián estaba al final de ese proceso: pequeña, humilde, con una ventana que daba a la calle y una puerta que nunca terminaba de cerrar del todo bien.

—¡Sebastián! —llamó Key sin bajarse de la bici—. ¡Ya llegué, ven rápido!

La puerta tardó exactamente lo que siempre tardaba —ni un segundo más, ni uno menos— en abrirse. Sebastián salió ajustándose la mochila al hombro: más bajo que Key, más delgado, con el pelo corto y negro y esa energía de quien lleva el mundo a una velocidad ligeramente superior a la recomendada. Agarró su bicicleta del lado de la casa y se montó de un salto.

—Vamos —dijo, como si hubiera estado listo desde hacía una hora—. Tenemos biología hoy.

—Lo sé.

—El profe Morón empieza puntual.

—Lo sé, Sebas.

—Y no desayuné.

Key lo miró de reojo.

—Eso ya no lo sé yo.

Sebastián pedaleó más rápido como respuesta.

Tomaron el atajo de siempre: un camino estrecho que zigzagueaba entre las casas del barrio viejo, donde los muros eran tan cercanos que casi podían tocarse extendiendo los brazos. Era más rápido que la calle principal y además no tenía semáforos, que era la única forma en que dos chicos en bicicleta concebían la eficiencia. Llegaron justo cuando el profesor Juan Morón cerraba la puerta del aula, y se colaron por el margen que existe entre "a tiempo" y "tarde" con la costumbre de quien lo hace con frecuencia suficiente para haberlo perfeccionado.

Key se sentó y abrió el cuaderno, y el mundo se ordenó.

Biología era así para él: todo lo demás se callaba. Desde pequeño le habían apasionado los seres vivos, no de la manera en que le apasionan las cosas a los niños —ruidosamente, brevemente—, sino de una manera que se había instalado en él y nunca se había movido. Los organismos, sus sistemas, la forma en que las cosas viven y se adaptan y persisten. El profesor Morón hablaba y Key escuchaba con una atención que pocas veces prestaba a otras cosas. Sebastián, a su lado, garabateaba los apuntes con una mano y con la otra se apretaba el estómago en silencio.

El folleto

Al terminar las clases, el pasillo de la escuela estaba lleno del ruido habitual de final del día: mochilas, sillas, conversaciones que se cortan a la mitad. Fue Sebastián quien lo vio primero, pegado en el tablón de anuncios entre una hoja sobre un torneo de fútbol y otra sobre clases de refuerzo en matemáticas.

Era un folleto. Impreso a color, un poco desalineado en los bordes, con el tipo de diseño que hacen las personas que aman lo que anuncian pero no estudian diseño. Decía: Convención de Historietas y Cómics — Ciudad Central — Próximo mes.

Sebastián lo arrancó del tablón con cuidado de no romperlo.

—Tenemos que ir —dijo. No como propuesta. Como diagnóstico.

Key lo leyó. Lo leyó otra vez. La ciudad quedaba a dos horas, lo que significaba autobús, lo que significaba dinero, lo que significaba pedirle permiso a su madre con suficiente anticipación y el argumento correcto.

—No sé si mi mamá me deja. Está muy lejos.

—Claro que te deja.

—Sebas.

—Habla con ella hoy mismo —dijo Sebastián con la certeza absoluta de quien no tiene que pedirle permiso a nadie—. Y si hace falta, lava la ropa, limpia la casa, cocina algo. Sé creativo. Tú puedes.

Key lo miró.

—¿Sé creativo?

—Es un consejo profesional.

Key sonrió a pesar de todo.




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