Elsa los dejó en la estación con el mismo gesto de siempre: el beso en la frente a Key, la sonrisa amable a Sebastián, y esa pausa de medio segundo antes de soltarlos que ninguno de los dos mencionaba nunca porque la conocían de toda la vida. El autobús ya estaba ahí cuando llegaron, bufando diésel en la parada, y Sebastián subió de un salto mientras Key todavía se despedía.
—Cuídate —dijo Elsa—. Llámame al llegar y al salir.
—Sí, mamá.
—Y come algo.
—Sí, mamá.
—Key.
—Ya sé. Te quiero. Adiós.
Subió. El autobús arrancó. Por la ventana vio a Elsa quedarse en la parada hasta que el vehículo dobló la esquina y ella dejó de ser visible, que era lo que siempre hacía y que él siempre fingía no ver.
El viaje fue largo de la manera en que son largos los viajes que uno espera: lentamente al principio, y luego de golpe ya llegaron. Sebastián habló sin parar durante la primera hora sobre los cómics que pensaba comprar, los paneles a los que quería asistir, el artista que estaría firmando ejemplares a las tres. Key escuchaba con la mitad de la cabeza y con la otra mitad miraba el paisaje cambiar por la ventana, los pueblos volviéndose ciudad, los campos volviéndose asfalto.
El edificio del evento era grande de esa manera que te obliga a inclinarte un poco hacia atrás para verlo entero. Tenía carteles en cada superficie disponible y una cola de personas que llegaba hasta la acera, muchas de ellas vestidas de personajes que Key reconoció y algunas que no, con la dedicación y el detalle de quien lleva semanas preparando algo que dura un día y no le importa.
—Mira eso —dijo Sebastián, señalando a alguien con una armadura plateada que claramente había costado más que el presupuesto mensual de cualquiera de los dos.
—Impresionante —dijo Key.
—¿Crees que le preguntaría si me tomo una foto con él?
—Probablemente es la razón por la que está aquí.
Compraron las entradas y entraron.
Adentro
Lo primero que golpeó fue el ruido: no un ruido caótico sino un ruido lleno, de muchas cosas sucediendo al mismo tiempo con igual entusiasmo. Música de una zona, aplausos de otra, el murmullo continuo de cientos de conversaciones. Olía a comida frita y a plástico nuevo de figuras recién sacadas del empaque.
Fueron primero a la sección de videojuegos porque Sebastián insistió, y ahí estaba el chico asiático en el centro de un semicírculo de gente: concentrado, preciso, con esa clase de quietud que tienen los buenos jugadores cuando el mundo a su alrededor desaparece y solo queda la pantalla. El público aplaudió cuando ganó la ronda. Él apenas lo registró.
—Es buenísimo —dijo Sebastián.
—Sí —dijo Key, que ya estaba mirando hacia la zona de al lado.
La música venía de ahí. Una pista improvisada en el centro del salón contiguo, con luces de colores que pulsaban al ritmo, y en el medio una chica con cabello rojizo que se movía con una precisión que no parecía ensayada aunque obviamente lo era. Cada transición era exacta. Cada cambio de peso, cada giro, llegaba exactamente donde tenía que llegar. La gente a su alrededor formaba un círculo abierto, de los que se hacen solos cuando algo merece espacio.
Key se detuvo.
—Vamos a ver más —dijo Sebastián desde atrás.
Key no respondió de inmediato. Miró un momento más, luego asintió y siguió caminando.
Recorrieron el resto del evento con la calma de quien tiene tiempo: compraron en algunos puestos, se detuvieron en una charla sobre cómics que saldrían el año siguiente, comieron algo de pie frente a un cartel gigante de una serie que los dos conocían. En una zona apartada, Key vio de refilón a una chica sola sentada en una silla, comiendo sin mirar a nadie, con esa expresión de quien está en un lugar por razones completamente distintas a las de todos los demás. No le prestó más atención.
Fue una tarde buena. Del tipo que uno guarda sin darse cuenta de que la está guardando.
La caída
Nadie dentro del evento lo vio llegar. Lo sintieron: una vibración primero, sutil, del tipo que uno atribuye al sonido de los altavoces. Luego un ruido sordo que venía de afuera y que no era música. Luego el suelo tembló.
En el exterior, a doscientos metros del edificio, algo había abierto una cicatriz larga en el asfalto: la nave era pequeña y oscura y ya estaba quieta cuando los tres emergieron de ella. Sus trajes eran ajustados, de un material que absorbía la luz en lugar de reflejarla, y caminaban con el paso de quien ha llegado a un lugar sin intención de quedarse. La gente que los vio desde la calle se quedó mirando, y luego sacó el teléfono, porque eso es lo que hace la gente.
Los tres entraron al evento.
Nadie los detuvo en la puerta. Sus trajes eran raros pero no más raros que la armadura plateada o el dragón de espuma que había en la entrada. El guardia de seguridad los miró dos veces y decidió que no era su problema.
Adentro, Teodal habló en voz baja sin detenerse.
—Separémonos. Busquen al príncipe y matenlo. Rápido y nos vamos.