En una galaxia que ningún telescopio humano ha alcanzado todavía, giraba un planeta que sus habitantes llamaban Azul porque no tenían mejor palabra para describirlo, y porque era exacta: casi toda su superficie era agua. No el agua gris y opaca de los océanos terrestres, sino agua de un azul oscuro tan denso que desde el espacio parecía una piedra preciosa a la deriva. El único continente era una franja estrecha donde se levantaba la ciudad del Bosque Real, y en el borde mismo donde la tierra se rendía al mar, el palacio de Kilmon llevaba siglos mirando al horizonte como si esperara algo.
El palacio era blanco con la ferocidad de las cosas que nunca han conocido la suciedad. Sus pasillos eran largos y fríos y resonaban de una manera que hacía que cada paso sonara a decisión. Esa mañana, los pasos de Kilmon sonaban a otra cosa.
El rey llevaba más de seiscientos años en este mundo y su rostro no lo sabía. Parecía un adolescente: pómulos altos, mandíbula sin arrugas, ojos que eran demasiado viejos para esa cara y lo traicionaban cuando uno miraba con cuidado. Su piel tenía ese tono grisáceo peculiar de su especie, y llevaba la túnica azul de siempre, bordada en plata y oro, con la corona de caracoles y piedras preciosas que solo se quitaba para dormir y a veces ni eso. Caminaba rápido y miraba los corredores con la impaciencia de quien lleva horas esperando noticias que no llegan.
Entonces el ambiente cambió.
Fue sutil, como cambia el aire antes de una tormenta: una densidad, una temperatura distinta, algo que el cuerpo percibe antes de que los ojos confirmen. Y Rosedal apareció.
Era alta, de una belleza que incomodaba en lugar de tranquilizar. El vestido negro se ajustaba a su figura con la precisión de algo que hubiera crecido sobre ella. De su cabello negro emergían ramas y flores entretejidas tan naturalmente que era imposible decir dónde terminaba el adorno y dónde empezaba la mujer. Sus labios eran de un verde intenso. Sus ojos, rojos. Los grandes brazaletes de enredaderas que rodeaban sus muñecas parecían vivos, o tal vez lo estaban. Con Rosedal era difícil saberlo.
Se inclinó ante el rey con la elegancia precisa de quien ha practicado la deferencia sin jamás sentirla del todo.
—Ordene, mi señor. Me estaba llamando.
—Llevo horas esperando —dijo Kilmon, y su voz era firme pero tenía algo debajo, una grieta pequeña—. Horas, Rosedal. ¿Qué pasó con mi hermana?
Ella no respondió de inmediato. Kilmon lo interpretó como lo que era.
—No sabes lo que me costó matar a mi padre y a su guardián —continuó él, y ahora la grieta era más visible— para que ese pez de agua dulce se escapara de todas formas. No sabes lo que me costó.
—Lo sé, mi rey.
—Entonces habla.
Rosedal juntó las manos. Las enredaderas de sus brazaletes se apretaron levemente, como si respiraran.
—Tengo buenas y malas noticias.
Las buenas primero: Teodal, su sirvienta de mayor confianza, había perseguido la nave de la princesa y logrado dañarla. La había herido de muerte antes de que cruzara fuera de su alcance.
Kilmon escuchó esto sentado en el trono, con los ojos fijos en la fuente del patio real, cuya agua azul oscuro corría con el sonido constante e indiferente que tiene el agua cuando el mundo a su alrededor se derrumba.
—¿Morirá, o ya murió? —preguntó en voz baja.
—Murió, señor. Se ha confirmado su fallecimiento al llegar a un planeta muy distante. —Rosedal hizo una pausa breve, calculada—. Pero estaba embarazada. El bebé sobrevivió.
El silencio que siguió fue de otro tipo. No el silencio de quien procesa, sino el de quien ya ha procesado y está decidiendo.
—Del guardián —dijo Kilmon. No era una pregunta.
—Es la suposición más razonable, señor.
—Ella y él no perdieron el tiempo. —Una pausa—. Ve al planeta y mata al bebé. Tráeme sus restos.
Rosedal inclinó la cabeza, pero levantó un dedo antes de que el rey pudiera levantarse.
—Hay un detalle que debo informarle, mi señor. El tiempo en ese planeta corre distinto al nuestro. Cada día que pasa aquí es un año allá. Ese bebé ya no es un bebé.
Kilmon la miró.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que mi hermana cayó?
—Dieciséis días aquí.
El rey no dijo nada durante un momento. Luego asintió con la lentitud de quien acaba de recalcular algo.
—Dieciséis años allá, entonces. —Volvió a mirar la fuente—. ¿Y bien? ¿Esperabas que eso cambiara la orden?
—No, señor.
—Entonces lleva dos guardias y mátalo. Tráeme lo que quede. —Se levantó del trono y ajustó la corona de caracoles con un gesto mecánico—. No me hagas esperar otra vez.
Se marchó por el pasillo largo, y sus pasos volvieron a sonar a decisión.
Los tres
Rosedal salió del palacio hacia la entrada del Jardín Real, donde el aire olía a sal y a flores que no existen en ningún otro mundo. Teodal la esperaba ahí: pequeña, de cabello corto, con la piel blanca sembrada de lunares como un mapa de estrellas en miniatura. Había regresado de la misión anterior con la nave dañada y la expresión de quien sabe exactamente cuánto margen de error le queda.