El funeral de Sebastián fue un martes con cielo gris, que era el tipo de cielo que los funerales merecen y que de todas formas no habría cambiado nada aunque hubiera hecho sol. Key estuvo ahí de pie durante toda la ceremonia con las manos metidas en los bolsillos y los ojos en el ataúd, sin llorar, porque el llanto requiere de algo que todavía estaba atascado en algún punto entre el pecho y la garganta y no terminaba de bajar ni de subir.
La madre de Sebastián lloraba con sus otros hijos a su alrededor, sosteniéndola. Key la miró una vez y no volvió a mirarla. Había algo en ese dolor tan directo, tan sin disfrazar, que no podía sostenerle la vista.
Elsa le ofreció café en algún momento del camino de vuelta. Él negó con la cabeza. Ella no insistió.
En casa, Key se encerró en su cuarto. Los libros seguían en sus estantes. Los cómics seguían en su rincón. Todo exactamente como lo había dejado dos días antes, cuando el mundo todavía era otro mundo. Esa inmutabilidad de las cosas le resultó casi insultante.
Se tumbó en la cama sin quitarse los zapatos y miró el techo.
Él me buscaba a mí.
La idea giraba sin detenerse, como una rueda que ha perdido el freno: lo mataron por estar conmigo, lo mataron porque yo estaba ahí, lo mataron porque soy lo que soy, sea lo que sea eso. No era culpa en el sentido en que los adultos usan esa palabra para consolar. Era algo más preciso y más difícil de desestimar: una cadena de causas con su nombre en el primer eslabón.
La noche llegó y él seguía en la cama. El insomnio no era angustia, era simplemente que el cuerpo no encontraba razón suficiente para apagarse. Recordaba cosas sin orden: Sebastián señalando la armadura plateada en la entrada del evento, Sebastián insistiendo en la clase de biología, Sebastián diciéndole sé creativo con esa convicción de quien no duda de sus propios consejos. El tipo de recuerdos que uno guarda sin saber que los está guardando, hasta que de pronto son todo lo que queda.
La tumba
Al día siguiente fue al cementerio solo, sin decirle a su madre adónde iba aunque ella probablemente lo sabía. La lápida de Sebastián era nueva todavía, con esa blancura de las cosas recientes que el tiempo todavía no ha tocado.
Key se quedó de pie frente a ella durante un rato largo. El cementerio estaba tranquilo. El viento movía las hojas de los cipreses con un sonido que era casi conversación.
—Lo siento —dijo finalmente, en voz baja—. No puedo entender por qué tú y no yo.
No esperaba respuesta. La piedra siguió siendo piedra.
Apoyó la mano sobre la lápida. Fría, como es el mármol siempre, sin importar el clima. Y en ese contacto frío algo se asentó en él, no el consuelo, sino algo distinto: una certeza. Que había algo que no sabía. Que había algo que necesitaba saber. Que el hombre de cabello amarillo había venido a buscarlo a él específicamente, lo había llamado por algo —pequeño pez— que no era un insulto sin sentido sino una referencia a algo que Key desconocía de sí mismo.
La pulsera azul tintineó suavemente contra la piedra.
Key la miró. Los caracteres grabados en ella seguían siendo ilegibles, como siempre. Pero llevaba dieciséis años mirándolos sin buscarlos de verdad.
Eso iba a cambiar.
La celda
La sala era pequeña y sin ventanas, con la temperatura constante e impersonal de los lugares diseñados para que uno no pueda calcular qué hora es. Ho y Sabrina estaban sentados contra la pared con las muñecas esposadas a una argolla, mirando al frente con la expresión particular de quien lleva suficientes horas en una situación incomprensible como para haber pasado ya por el pánico y el llanto y haber llegado a algún lugar más plano y más cansado.
No se conocían. Lo habían establecido en los primeros minutos, con la eficiencia de quien tiene pocas cosas que hacer: ¿tú quién eres? ¿cómo llegaste aquí? Después de eso, silencio.
La puerta se abrió y entró la doctora Margaret Villán: cuarenta y pocos años, cabello recogido, la clase de persona que mira a sus interlocutores directamente y que uno siente que está tomando notas aunque no tenga papel en la mano. Se sentó frente a ellos en la única silla disponible.
—¿Cómo están? —preguntó—. Dígame sus nombres.
—Sabrina —dijo la chica. Y luego, porque la doctora esperaba más—: Sabrina Muller. Soy de Australia. Vine a competir en un evento de baile y alguien me agarró del brazo en medio de un incendio y no recuerdo muy bien qué pasó después.
—Ho —dijo el chico—. Ho Lee. Corea. Gané un torneo y el premio era venir a esta convención. —Hizo una pausa—. El tipo que me agarró olía a tierra mojada. No sé si eso es relevante.
La doctora Villán asintió sin cambiar la expresión.
—Todo es relevante —dijo—. ¿Alguno de los dos se siente diferente desde lo que pasó? ¿Dolor físico, mareos, algo fuera de lo normal?
Sabrina y Ho se miraron por primera vez con algo más que indiferencia.
—No —dijo Sabrina.
—No —dijo Ho.
La doctora se levantó.
—Todo estará bien. Les haremos unas pruebas, esperamos resultados, y después resolvemos esto.