En Corea, cuando ganas un torneo, la sala entera lo sabe antes de que tú termines de procesar lo que acaba de pasar. Las pantallas lo repiten, los altavoces lo confirman, y la animadora ya está caminando hacia ti con el micrófono en la mano y una sonrisa que podría iluminar un estadio. Ho Lee llevaba suficientes torneos ganados como para reconocer ese momento sin que nadie se lo señalara. Diecisiete años, mediana estatura, con el flequillo negro teñido de plateado en las puntas —una concesión estética que era lo más cercano a una firma personal que se había permitido—. En las pantallas parpadeaba su nombre de usuario: El Cazador. Ocho torneos a nivel mundial. Este era el noveno.
La animadora llegó antes de que Ho guardara el mando.
—¡Ven! Acabas de ganar, y parte de tus premios el día de hoy es que podrás ir a la convención que se realizará en tres días en América. ¡Felicidades!
Ho Lee asintió con la cortesía exacta que la situación requería, ni más ni menos, y dijo las palabras de agradecimiento que se esperaban de él. Sonrió para las fotos. Recogió su certificado. Y cuando la sala empezó a vaciarse, se puso los auriculares y salió solo, como siempre, hacia la calle.
Su casa quedaba a veinte minutos en metro. Era un apartamento amplio en un edificio moderno, del tipo que por fuera parece tener mucha vida y por dentro tiene la temperatura exacta del silencio. Sus padres eran abogados: buenos abogados, según les decían sus clientes, según decían los premios enmarcados en la entrada. Ho no los discutía. Solo registraba su ausencia con la neutralidad de quien lleva tanto tiempo con algo que ya no le pesa, o al menos ha aprendido a actuar como si no le pesara.
Abrió la puerta. Nadie.
Se sentó frente a su computadora y abrió uno de sus juegos. Esperó. A las nueve y cuarto sonó el teléfono.
—Hola, hijo. No podré ir esta semana. Cuídate y todo.
La voz de su madre tenía ese tono de quien habla desde el pasillo de un edificio de juzgados, con otra conversación esperando.
—Gané hoy —dijo Ho—. El torneo. Me dieron un premio para ir a América en tres días, a una convención.
Una pausa. Breve.
—¡Qué bueno! Tu padre te manda saludos. Puedes ir tranquilo, hablamos después.
Colgó.
Ho se quedó mirando la pantalla del teléfono durante tres segundos. Luego lo dejó sobre el escritorio y volvió al juego. En el chat de la partida, alguien escribió: buen juego hoy, cazador. Ho respondió con un pulgar arriba y siguió jugando. Sus amigos eran todos así: nombres de usuario, avatares, voces distorsionadas por el micrófono. Nunca los había visto en persona. Nunca habían necesitado verlo a él.
La soledad, a fuerza de repetirse, se vuelve costumbre. Y la costumbre, a fuerza de llevarla bien, se vuelve fortaleza. O al menos eso era lo que Ho Lee se decía.
Canberra
A doce mil kilómetros de distancia, Sabrina Muller acababa de ganar también.
El restaurante en Canberra no era un escenario diseñado para competencias de baile, pero eso era exactamente lo que lo hacía funcionar: las mesas apartadas, el suelo de madera sin pulir que resonaba diferente según el peso del paso, las luces de colores que alguien había instalado con más entusiasmo que presupuesto. Sabrina tenía dieciséis años, piel blanca y cabello cortado a la altura de la mandíbula, con ese tono que no termina de decidirse entre castaño y rojo y por eso es más interesante que cualquiera de los dos. Las pecas le cruzaban la nariz y los pómulos como un mapa de lugares pequeños.
Antonieta Berman, su rival, había bailado bien. Sabrina lo reconocía sin problema: no necesitaba que los demás bailaran mal para saber que ella bailaba mejor. La música electrónica era su idioma natal, el único donde nunca se le trababa la lengua, y cuando terminó su rutina y los jueces levantaron sus puntajes, el aplauso del restaurante fue el tipo de aplauso que no se organiza, que simplemente ocurre.
El premio: un viaje a América para la final de la convención.
Sabrina ya estaba pensando en la coreografía cuando salió a la calle.
La patrulla de su padre estaba aparcada en doble fila, con las luces apagadas. Wilson Muller llevaba el uniforme todavía puesto, lo que significaba que venía directo del turno. Abrió la ventanilla.
—¿Cómo te fue hoy, hermosa?
—Gané —dijo Sabrina subiéndose al asiento del copiloto—. Estoy cansada pero ilusionada. Me invitaron a América a competir. ¿Me das permiso?
Su padre arrancó el coche. Tardó un momento.
—¿Cuándo sería?
—Tres días.
Otro momento. Wilson Muller era un hombre que no tomaba las decisiones rápido cuando importaban, que era exactamente la clase de padre que uno quiere tener cuando necesita que alguien piense antes de hablar.
—Hablamos en casa —dijo. Lo que en su lenguaje significaba que sí.
El cuarto de Sabrina era inconfundiblemente suyo. En el centro, despejado de muebles, había una pista de baile improvisada: el suelo de esa sección era distinto al del resto, más liso, marcado por años de zapatillas y movimientos repetidos hasta que el cuerpo los recuerda sin pedirle permiso a la cabeza. Las paredes estaban cubiertas de afiches —bailarinas, coreógrafos, festivales— y en cada esquina disponible había peluches de gatos apilados con la abundancia de quien tiene una convicción y la expresa sin disculparse. Gatos de todos los tamaños. Gatos de todos los colores. Gatos que la miraban desde los estantes con esa expresión indiferente y soberana que tienen los gatos reales y que ella encontraba, por alguna razón, completamente reconfortante.