Nacidos entre las sombras -Dioses Ocultos, Libro 3

Capítulo veintiocho

Caída.

La excitación por la sangre y la muerte estaba llevando al frenesí a los Perros rojos y a los mismos Cazadores, sin la barrera mágica no se rompía comenzaría en atacarse entre ellos y entonces todos sus planes se irían por la borda. Testarosa de Luca estaba segura de qué es anoche sería el principio del fin para esa raza corrupta, sería el principio de la transformación del mundo.

Sentada desde dónde se encontraba a una distancia segura, podía observar la muralla del Valle de los Lobos. Ella había decidido no participar, porque sentía que esos animales no valían su esfuerzo. Comenzó a darse cuenta de pequeñas alteraciones en la oscuridad, brillos como si se tratase de un campo de fuerza. La barrera estaba cediendo, era cuestión de tiempo para que sus fuerzas se terminarán y sus huestes inundarán el Valle de los Lobos.

—¿Cuánto más crees que tengamos que esperar? —le interrogó Taylor Landeros sentado junto a ella.

—Sólo un poco más, se paciente mi querido Lobo.

—Soy tan paciente, como tú lo eres madre de los Cazadores.

—Pensé que estarías junto a tus perros, que serías uno de aquellos que desgarrarían piel y garganta.

—No, no voy a ensuciarme las manos con insignificancias...

—¿Insignificancia o cobardía?

—¿De qué lado estás madre de Cazadores?

Para el momento en que Taylor hacía esa pregunta la barrera mágica explotaba en un millón de luces, atrayendo por completo la atención de ambos. Entonces se escuchó el ruido que hacían los Perros rojos, los Humanos y los Cazadores por romper las murallas.

—Vez te lo dije, era cuestión de tiempo.

Las piedras de la Muralla del Valle comenzaron a ceder, entonces hubo espacio suficiente para que pudieran penetrar. Iban cargando sus tanques de químicos, con sus rostros y hocicos cubiertos con máscaras. Una escena tan surrealista, esperaban resistencia, esperaban ataques, sin embargo, no hubo nada. Los Cazadores siguieron con el plan, colocaron los tanques con el gas en lugares estratégicos y abrieron sus válvulas.

Pronto comenzarían a escuchar gritos de terror y agonía, una vez que el gas comenzar a hacer efecto sería más fácil terminar con la vida de esos miserables. Pasaron cinco minutos, pasaron diez minutos, pasaron cuarenta minutos y el silencio seguía reinando el Valle de los Lobos. Los Cazadores comenzaron a pensar que algo había salido jodidamente mal, que posiblemente el gas no hubiera surtido efecto, en cuyo caso no podrían destruirlos.

Pero aun sabiendo esto Testarosa y Taylor decidieron enviar a sus tropas al interior del Valle, así que los Cazadores, los Perros rojos y los de la Alianza del este comenzaron a penetrar las murallas destruidas. El valle estaba en completa penumbra, incluso el Vulpak estaba sumido en la más completa oscuridad.

Los Lobos que aguardaban con Grigori estaban ocultos entre las sombras, sólo esperaban a que los Cazadores se acercarán lo suficiente para darle su muerte. Al no haber tenido mucho tiempo algunos de ellos no llevaban máscaras anti-gas, otros como Grigori llevaban sus rostros descubiertos. El Alfa de Los Lobos sabía que el gas era de reacción rápida, que una vez que entrarán en contacto con el sería cuestión de minutos antes de caer en una visión terrorífica.

“Aguarden” —les ordenó telepáticamente.

Los primeros en darse cuenta que el valle no estaba completamente vacío fueron los de la Alianza del este, porque estaban en el Vulpak. Y fue uno de los que estaban debajo del mando de Taylor quien dio la orden de ingresar al corazón del Valle, en un Frenesí de sangre y muerte las huestes de Cazadores y Alianza del este se dirigieron a la muralla interior. Justo cuando se acercaban a la distancia determinada Grigori dio la orden de atacar, fue el único de su raza que no se transformó.

Vio correr hacia él directamente un Lobo enfermo de la Sed de sangre, con su mano lo detuvo por el cuello. El impacto fue tan brutal, cómo sí esté hubiera estado corriendo para estrellarse contra un muro. El Alfa de los Lobos pudo sentir como la garganta del Lobo se hacía trizas en su mano, para asegurarse de que esté moriría enterró su mano libre en el pecho, rompiendo tejido y hueso para extraer el corazón. Tiró el cuerpo inerte del Lobo al suelo como si de basura se tratase, antes de detener a un Cazador y literalmente arrancarle la garganta.

Lobos, Humanos y Latentes, corrían, saltaban, disparaban, y desgarraban. Por cada Cazador que caía, dos más entraban por la muralla rota. Quizá esta batalla sería una victoria por número.

Aleck podía escuchar el ruido de la batalla, el rugido de sus hermanos, los huesos al ser rotos y hasta su nariz llegaba el aroma a sangre y muerte. Pero nada podía hacer, estaba confinado en esa burbuja oscura dónde Grigori lo había dejado. Además de que, si las defensas que estaban peleando por ellos llegaban a caer, él sería uno de los que pelearía por defender a cada cachorro. Trato de tranquilizarse, a través de su mente enviaba imágenes todo aquello que había vivido visto, de momentos y lugares increíbles a las mentes de los pequeños distraerlos de la batalla.

Grigori comenzó a sentir una presión en la parte derecha de su cerebro, era parecido al dolor que se siente antes de una migraña. Agudizó sus oídos y entonces comenzó a escuchar un cántico, era rítmico, pero no podía distinguir el idioma. Entonces se dio cuenta de que algo más estaba ocurriendo, con velocidad se acercó a un Cazador desprevenido, lo tomó por el cuello y lo enfrentó a sí mismo.




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