El viernes, Marisa tardó once minutos en encontrar el permiso.
—Lo tengo aquí en algún sitio —murmuraba, hurgando en un archivador de cajones que se atascaban—. Las condiciones personales van aparte, en una carpeta verde. Verde, verde... Ah. Pero no es una carpeta. Es un sobre. Ay, esta gente y sus sobres.
Elena esperaba junto al mostrador de administración, con el bolso en el hombro y la libreta apretada contra el pecho. Era temprano; el pasillo todavía olía a la lejía de la noche. Dos enfermeras cruzaron con vasos de plástico. Alguien, en algún despacho, arrastraba una silla.
—Aquí. Ortuño Blasco, Matilde. Objeto: una horquilla metálica, de uso personal, vinculada a duelo. Autorizada en marzo de 2019. —Marisa giró el papel hacia ella—. Firmado por la doctora Ibarra y visado por Cervera. Eso es todo lo que hay.
Elena leyó la firma. Una letra pequeña, ordenada, de alguien que hacía las cosas con paciencia. *A. Ibarra.* Debajo, un sello, una fecha. Debajo aún, en una línea más gruesa: *Revisar en caso de cambio de contexto.*
—¿Qué significa «cambio de contexto»?
—Que si la paciente se descompensa, la horquilla se retira. —Marisa se encogió de hombros—. Es un modelo. Las condiciones de Matilde, las de Gregorio con sus cubiertos, las de otros... casi todas las firmó la doctora Ibarra. Tenía mucha mano con eso.
—¿Con las condiciones?
—Con hacer que la gente aguantara. —Lo dijo sin énfasis, ordenando el papel—. Decía que un objeto pequeño a veces sostiene más que un tratamiento.
Elena copió la referencia en la libreta. Se sintió aliviada, y luego, sin motivo, un poco decepcionada. Lo primero por la horquilla. Lo segundo por sí misma. Se había pasado el fin de semana anterior imaginando un fallo del sistema, una negligencia, un misterio pequeño. Y el sistema, una vez más, tenía un papel firmado.
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—Me han dicho que ya puedo tener mi horquilla —dijo Matilde nada más sentarse.
—Nunca dejó de poder.
—Es lo que les digo. Pero ustedes, los nuevos, siempre miran primero y preguntan después. —Sonreía—. Es buena costumbre. Yo miraba mucho, de joven.
Aquel viernes la sala de entrevistas tenía las sillas colocadas como Elena las había dejado el martes. Alguien las había respetado. Matilde se instaló en la más cercana a la ventana. Sacó la horquilla de la manga y, para sorpresa de Elena, la depositó sobre la mesa, entre las dos.
—Mírela usted.
—¿Puedo?
—Se la presto.
Elena la tomó con dos dedos. Era ligera, con la pintura desconchada y una muesca en el extremo. Estaba tibia por el calor del brazo.
—Es muy antigua.
—De cuando teníamos el pelo largo. —Matilde le hizo un gesto vago hacia su propia trenza—. Esperanza me la puso el día de su boda. Me dijo: «Con esto no se te cae el mundo». Fue la única cosa suya que me dejaron traer.
—¿Cuánto tiempo lleva sin verla?
—Desde que murió. Y antes de que muriera, un poco más. —Se rió sin ganas—. Ya ve. Una hermana muerta y una horquilla. Con eso se hace una vida.
Elena le devolvió el objeto con cuidado. Matilde lo guardó y respiró, y algo en su cara se aflojó. La sesión avanzó de un modo lateral, sin interrogatorio. Hablaron del jersey de lana, de las pastillas de abril, de un canario que Matilde había tenido de niña y que cantaba solo con el ruido del grifo. Elena descubrió que podía dejar que el silencio hiciera el trabajo. Que a veces la mejor intervención era no intervenir.
Quedaban diez minutos cuando Matilde, mirando el arbusto del patio, dijo:
—El señor del C me cosió el lomo de un libro.
Elena no movió la cara.
—¿Cómo dice?
—Hace tiempo. En la biblioteca. Yo tenía un libro de cuentos, de esos con tapa dura, y se había soltado el lomo, se me caían las hojas. Él estaba allí, sentado, con su cuaderno negro. Me miró. No me dijo nada. Al día siguiente el libro apareció en mi bandeja con el lomo cosido. Con un hilo finísimo, casi transparente, de ese que usan los médicos para coser las heridas. Un trabajo precioso. —Se detuvo—. Yo no sé cómo lo hizo. No le dejan tener agujas.
—¿Habló usted con él?
—No. Le di las gracias con la cabeza, de lejos. Él también. Fue todo. —Sus dedos arrugaron una arruga imaginaria del jersey—. Al mes siguiente la bibliotecaria dejó de venir. Ya no está. Nadie dice por qué.
Elena esperó. No preguntó. Sabía que la pregunta estaba ahí, colgando: *¿qué tiene que ver una cosa con la otra?* Pero también sabía que si la formulaba, Matilde se cerraría, o empezaría a inventar. Y ella quería el silencio de las cosas sin explicar.
—Gracias por contármelo —dijo simplemente.
—No es un cuento. Es lo que pasó.
—Lo sé.
—No hizo daño a nadie con eso. Que conste. —Matilde se puso de pie, con la lentitud de siempre—. A mí me hizo bien. Pero luego pensé: ¿por qué sabía dónde estaba mi libro? ¿Por qué sabía cuál necesitaba arreglar? —Se encogió—. Cosas de vieja.
Salió, seguida de Iván. La puerta quedó abierta unos centímetros. Elena se quedó mirando el rectángulo de luz del suelo y escribiendo, por primera vez en el día, con su letra más apretada: *lomo cosido, hilo quirúrgico, biblioteca, bibliotecaria (¿nombre?), "sabía cuál necesitaba".*
Y debajo, sin darse cuenta, dibujó una aguja.
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A las tres, Cervera la citó en su despacho.
Era una estancia larga, silenciosa, con una alfombra gris y un ventanal que daba al ala oeste. Sobre el escritorio, ni un papel fuera de sitio. Un solo cuadro en la pared: una lámina anatómica de un cerebro, enmarcada en madera oscura. Cervera no se levantó al verla entrar.
—Doctora Marín. Siéntese.
—Gracias.
—He leído su nota de ayer sobre Salvatierra. —Tenía la hoja delante, alisada con la palma—. La rutina de descripción matinal. ¿Consultó con alguien antes de proponérsela?
—Es una técnica de anclaje sencilla. No modifica la medicación ni la pauta del pabellón.