Sección cero

Capítulo 6

—¿Y qué le has dicho tú? —preguntó Elena.

—Ya te lo he contado. Que no puedo hablar de personal.

—Ya, pero ¿qué cara ha puesto?

Lucía sopló sobre su café. Estaban en el pasillo, junto a la máquina, y por primera vez Elena se fijó en que allí nadie se quedaba más de dos minutos seguidos. La gente pasaba con bandejas, con carpetas, con la vista baja. Ashford tenía prisa de una manera peculiar: sin correr.

—Ninguna —dijo Lucía—. Ese es el problema. Cuando algo le importa, no cambia la cara. Cambia lo que hace con las manos.

—¿Y qué ha hecho?

—Ha alineado el lápiz. —Tomó un sorbo—. Lleva seis años alineando ese lápiz. Es como un cronómetro.

Elena se quedó callada. Pensó en decirle lo de Matilde, y lo de la bibliotecaria, y hasta lo de la página 58. Estaba a punto de hacerlo. Pero en ese momento Pablo Durán apareció por el fondo del pasillo, estornudando con un pañuelo enorme, y Lucía lo miró con una sonrisa involuntaria.

—Ahí lo tienes. El respirador por la boca.

—Ni una palabra —gruñó Pablo, sin saber a qué se referían.

Elena se rió y la ocasión se deshizo entre las risas. Se dijo que ya lo contaría luego. Que tampoco era urgente.

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La sesión con Hugo Cabeza fue un desastre, y lo fue de un modo muy poco dramático.

Tenía veintidós años y una cara todavía adolescente. Se sentó frente a ella con un vaso de plástico entre las manos y no lo soltó en cincuenta minutos. Lo apretaba hasta que se abollaba y luego lo estiraba con los dedos, despacio, para deshacerlo. Repetía el ciclo sin mirarla.

—¿Cómo has dormido?

Nada.

—¿Te apetece que hablemos de otra cosa? Podemos ver el patio.

Nada.

—Hugo, ¿te molesta que esté aquí?

El vaso crujió. Hugo levantó los ojos un segundo, unos ojos claros e inexpresivos que se posaron en su boca y no en su cara, y volvieron abajo.

Al cuarto de hora, ella dejó de preguntar. Se quedó sentada, respirando a un ritmo pausado, mirando el rectángulo de luz de la ventana. Pasaron otros diez minutos. Empezó a sentir la vieja tentación de llenar el silencio con algo. Un comentario, un chiste, una frase amable. La contuvo. Hugo, en cambio, empezó a mover el pie derecho, y luego el izquierdo, un compás que no seguía ninguna música.

A los cuarenta minutos sonó un timbre agudo desde el pasillo. Simulacro de incendio. Iván entró con una expresión de disculpa y la ayudó a sacar a Hugo, que salió sin resistencia, con el vaso aplastado en la mano.

Al llegar al patio, entre otros pacientes que esperaban en fila, Hugo se giró hacia ella por primera vez.

—Usted no me ha preguntado nada.

—Tú tampoco querías responder.

—No. —Lo pensó—. Pero me ha gustado que no preguntara.

Y se fue a ocupar su sitio en la fila. Elena se quedó en el sol de octubre, con el uniforme del centro pegándose a la espalda y una sensación rara: la de haber fracasado y, a la vez, haber empezado a hacer algo. No sabía cuál de las dos prevalecía.

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A las seis y media de la tarde, Aguirre le pidió el informe de observación.

—El de la sesión de Vane. Lo quiero redactado y firmado. Cuanto antes.

—Lo tengo casi listo. Es que...

—Casi listo no es un informe, Marín.

—Lo entrego esta noche.

Tardó más de lo previsto. Se instaló en su despacho sin ventana, bajo la lámpara que parpadeaba, y fue transcribiendo sus notas de la libreta al formato oficial. Cada frase le costaba. La palabra *cooperativo* aparecía sola. *Sin alteraciones reseñables.* *Adecuada orientación.* Frases que había leído esa misma semana en el sótano, con las que ahora se sorprendía escribiendo, y se detuvo, y las borró, y reescribió.

Cuando terminó eran las ocho y veinte. Había perdido el autobús de las siete y cuarenta; el siguiente pasaba a las diez y quince. Levantó la vista al oír unos nudillos en el marco de la puerta.

—¿Estás viva? —Iván, ya con el uniforme de noche, una bolsa de plástico en la mano—. Te he visto la luz desde el pasillo. ¿Has cenado?

—No.

—Perfecto. Yo tampoco. Vente a la cocina de personal, que hay microondas.

La cocina de personal era un cuartucho con una mesa cuadrada, cuatro sillas, un frigorífico que temblaba y un póster antiguo de un curso de primeros auxilios. Iván calentó una fiambrera de macarrones con una precisión casi ritual. Elena sacó el táper de Pilar y lo repartió en dos platos.

—Lentejas caseras —dijo Iván, emocionado, con un pedazo de pan en la mano—. Te juro que voy a casarme contigo.

—Son de mi tía.

—Entonces con tu tía.

Comieron casi en silencio, escuchando el ruido lejano del edificio en su turno nocturno: un carro por el pasillo, un timbre que sonaba y se apagaba, alguien tarareando muy bajito detrás de una pared. Ashford por la noche tenía otro carácter. Menos voces, más suelo. Pasos espaciados. Una luz azulada en las ventanas que hacía las cosas más lejanas.

—Puedo preguntarte una cosa —dijo Elena.

—Depende. Si es sobre política o sobre el menú de los miércoles, no.

—La bibliotecaria. La que dejó de venir.

Iván dejó el tenedor. Fue un gesto pequeño, pero dejó de comer.

—¿Quién te ha hablado de ella?

—Matilde.

—Ah. —Asintió despacio, como si eso lo explicara todo—. Matilde.

—¿Es verdad?

—Depende de lo que te haya contado.

—Que un paciente le cosió el lomo de un libro y que, al mes siguiente, la bibliotecaria dejó de venir.

—Bueno, técnicamente eso es cierto. —Iván se frotó la cara con las dos manos—. Vale. Se llamaba Rebeca. Rebeca Solano. Llevaba dieciocho años aquí, tenía un carácter de hierro, era de esas personas a las que no se les cuela nada. Y Nick la trataba... normal. Con la cortesía de siempre. Se llevaba un libro a la semana. Los devolvía en perfecto estado.

—¿Y?

—Un día, en octubre, la madre de Rebeca ingresó de urgencia en un hospital. Una cosa seria, un ictus. Ella no se lo contó a nadie. Vino a trabajar como si nada, con su cara de siempre. Solo lo sabía su marido y, digamos, un compañero de administración. —Bajó la voz, aunque estaban solos—. Esa tarde, Nick entra en la biblioteca, deja un libro sobre el mostrador y le dice: «Espero que su madre se recupere pronto».




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