Sígueme el juego-Segundo libro de la saga: vidas cruzadas-

Capítulo 21

MAYA

MAYA

La gala de los Stone era un completo caos ordenado. Podía ver a la crème de la crème repartida por todo el salón. No sé cuántas veces me había alisado el vestido, intentando eliminar unas arrugas invisibles que parecían existir únicamente en mi imaginación.

La música era clásica, a pesar de que Marc odiaba ese tipo de tópicos en las galas. Pero, a veces, debía amoldarse a lo que la gente de su círculo esperaba o, simplemente, comportarse como todos ellos.

En cualquier caso, no me separé de uno de los rincones del salón y bebí con sumo cuidado de mi copa de champán, aunque, por mí, me habría bebido la bandeja entera que aquellos camareros trajeados ofrecían a los invitados.

Analicé el lugar, observando las expresiones de la gente. Algunos parecían ilusionados por estar allí; otros mostraban un desinterés demasiado evidente. También estaban los que escuchaban con atención cada conversación, pendientes de cualquier oportunidad. Bastaba con prestar un poco de oído para captar negociaciones, acuerdos y promesas disfrazadas de charlas cordiales.

Román estaba últimamente más extraño. Habían pasado dos días desde la visita de Liam y, a pesar de que habíamos hablado de lo ocurrido, seguía manteniéndose un poco alejado de mí. A veces me miraba y otras evitaba hacerlo. Un constante tira y afloja que no lograba comprender.

Obviamente, delante de todos nos habíamos comportado como la pareja más acaramelada y enamorada de toda la gala. Si hubieran entregado un premio a la mejor actuación, seguramente nos lo habríamos llevado sin discusión y, de paso, habríamos despertado la envidia de más de un matrimonio.

Aun así, las ganas que tenía de salir de aquel sitio eran inmensas. Me dolía la cabeza por culpa del peinado tan tirante que me habían hecho y el vestido, aunque precioso, se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel, limitando cada uno de mis movimientos. Y, por si fuera poco, desde donde estaba podía verlo todo, incluido Román hablando animadamente e incluso riéndose con Chloe.

Aquello no ayudaba en absoluto a mejorar mi humor.

—En fin... necesito un poco de aire —susurré para mí.

Noté la presencia de alguien a mi izquierda. Armándome de valor, reprimí cualquier mueca de disgusto. Aunque me quejaba de mi soledad, prefería mil veces estar sola que tener que lidiar con hijos e hijas de empresarios con una ambición desmedida, de esa que necesitaba hacerte sentir pequeña para ellos parecer más grandes.

—Vaya, Maya, nos volvemos a ver.

Me giré lentamente y vi a Sam, que me dedicaba una sonrisa amable.

—Vaya, Sam, qué alegría verte.

Mentira.

No quería hablar con nadie, por mucho que fuera una gran fan suya.

—¿Qué haces aquí tan sola? —preguntó, y juraría que había un ligero tono de coquetería en su voz.

Maldije para mis adentros. No podía seguirle el juego, no podía sonreírle más de la cuenta, ni aceptar una copa, ni mucho menos bailar con él. Ahora mismo yo era la «novia» de Román, y los rumores en sitios como aquel se extendían más rápido que la pólvora.

—Román está hablando con Chloe de algo relacionado con el trabajo.

Fue lo primero que se me ocurrió porque, en realidad, no tenía ni idea de qué estaban hablando. Lo único que sabía era que parecían divertirse mientras yo me moría de aburrimiento.

Sam siguió la dirección de mi mirada y dejó escapar una leve sonrisa de lado.

—Bueno... no sé si estarán hablando precisamente de trabajo —comentó con calma—. Chloe nunca ha sido demasiado discreta cuando alguien le interesa.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

—¿A qué te refieres? —pregunté, intentando que mi voz sonara despreocupada.

—Bueno... ella y Román tuvieron algo —comentó antes de dar un sorbo a su copa.

Lo sabía. Ya me lo había contado Román. Joder, si yo misma fui quien le dijo que me avisara para recogerlo de casa de aquella chica. Aun así, debía aparentar indiferencia, como si aquello no me importara lo más mínimo.

—Sí, lo sé. Román me lo cuenta todo —respondí con una sonrisa que empezaba a dolerme en las mejillas—. La verdad... ¿quién podría resistirse a él? Es normal. Con lo guapo y maravilloso que es...

Sam arqueó ligeramente una ceja.

—Vaya... no pensaba que te contara esas cosas.

—Sí, lo hace —respondí con un tono más seco de lo que pretendía.

Él bajó la mirada hacia la copa y suspiró.

—Lo siento, Maya. Creo que he hablado más de la cuenta... y también he bebido más de la cuenta.

Me mordí la lengua. Apreté los puños con fuerza, intentando controlar aquel impulso irracional que me pedía contestarle de malas maneras.

Pero ¿por qué?

Sam no estaba siendo cruel. Solo hablaba basándose en la fama de Román. ¿Qué derecho tenía yo a enfadarme?

—No pasa nada —dije, forzando una pequeña risa—. A veces el alcohol convierte la lengua en nuestro peor enemigo.

Se rio. Yo le devolví una sonrisa mucho más discreta.

Volví la vista hacia Román.

Tenía los ojos azules clavados en mí.

Alcé la copa en su dirección y le guiñé un ojo, intentando parecer despreocupada, pero su expresión seguía siendo tan seria que hizo que frunciera ligeramente el ceño.

Vi cómo le decía algo a Chloe. Ella, por supuesto, protestó con un gesto exagerado al ver que interrumpía su fascinante conversación.

Cuando Román empezó a caminar hacia nosotros, noté cómo el corazón me daba un vuelco.

De repente, el vestido comenzó a resultarme insoportablemente ajustado. La tela me oprimía, el aire parecía haberse vuelto más denso y un calor sofocante me recorrió el cuerpo. Empecé a abanicarme con la mano de forma instintiva.




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