Sígueme el juego-Segundo libro de la saga: vidas cruzadas-

Capítulo 22

ROMÁN

ROMÁN

La verdad era que, después de la gala y de admitir, aunque solo fuera para mí mismo, que Maya era mi jodido unicornio, la cosa no había mejorado.

Seguía sin comprender en qué momento mis sentimientos por aquella mujer se habían vuelto tan intensos, pero, joder, solo me faltaba mearle encima para marcar territorio, porque cada vez que otro tío se le acercaba, me hervía la sangre y mi lado más primitivo salía a la superficie.

En esos momentos íbamos de camino al partido que jugaríamos con la universidad. A pesar de que el día anterior había jugado con el equipo principal, los partidos universitarios seguían consiguiendo que los nervios y la adrenalina recorrieran mis venas. Sentía unas ganas irracionales de salir al campo y aullar de emoción.

Estábamos haciendo una jodida temporada de ensueño y, siendo sincero, aunque solo fuéramos un equipo universitario, estaba convencido de que podríamos plantarle cara a más de un equipo de élite.

Eso sí...

Jamás lo diría en voz alta.

Miré por el retrovisor.

Maya iba sentada detrás, hablando animadamente con Liam. Avril, desde el asiento del copiloto, se unía a la conversación con el mismo entusiasmo.

Luna se había ido con Asher, Will y Evan, ya que Asher debía llegar antes para ultimar los últimos detalles con Son. Rebecca, por su parte, se había marchado con Ken y, seguramente, con su familia.

Y a mí me tocaba soportar las risitas de mi unicornio.

Esas que el gilipollas de Liam conseguía sacarle.

Fruncí el ceño.

¿De verdad era tan gracioso todo lo que decía?

Ni de puta coña.

Más bien Maya se reía por educación, para no dejarlo en evidencia.

Sí.

Tenía que ser eso.

Porque aquel tío no tenía ninguna gracia...

¿Verdad?

Y lo peor era que el jodido imbécil lo había calculado todo.

Puso esa cara de santo que solo se creen las abuelas y soltó:

—Maya, ¿me interpretas la carta astral?

Y, claro, ahí fue ella.

A sentarse a su lado.

Porque mi unicornio era incapaz de negarle un favor a nadie.

Excepto a mí, que, cuando le decía que viera una película de acción conmigo, me llamaba pesado.

¿Me controlé?

A medias.

Puede que girara el volante un poquito más de la cuenta en un par de curvas.

Puede que Liam acabara estampándose «accidentalmente» contra la ventanilla.

¿Fue una pequeña victoria?

Ni de puta coña.

Porque mi jodido unicornio tenía un complejo de sanadora que no podía con él y se pasó medio camino preguntándole si estaba bien y revisándole los golpes que, casualmente, yo mismo le había provocado.

Obviamente, Avril no tardó en echarme la bronca, asegurando que mi forma de conducir era una temeridad.

La ignoré.

Y, para rematar la mañana, tampoco podía fumar porque Avril iba sentada a mi lado.

Definitivamente, el día no estaba empezando demasiado bien.

—Nene... —me llamó Maya.

—Dime, luz de mis ojos... —dramaticé.

Ella soltó una carcajada.

¿Ves? Esa sí era una risa de verdad. No la que le dedicaba al imbécil de Liam.

—¿Crees que, cuando termine el partido, podríamos ir todos a comer a casa?

Fruncí el ceño.

—¿Liam también? —pregunté, sin molestarme en disimular la desgana.

—Yo también, Robinson. ¿No te parece un planazo? Mi brujita siempre tiene buenas ideas —intervino el muy imbécil.

—No soy tu brujita. Soy brujita, a secas —lo corrigió Maya con una sonrisa traviesa—. Y recuerda de quién es el coche.

Lo miró con una malicia fingida que me hizo contener una sonrisa.

—Esa es mi chica... —se me escapó antes de poder pensarlo.

El silencio que siguió fue inmediato.

Parpadeé.

Mierda.

¿Por qué coño había dicho eso?

Bueno... delante de ellos tampoco era tan raro, ¿no? Se suponía que éramos pareja.

Pero, joder, Maya no era tonta.

Seguro que le había sonado raro.

—Bueno... ¿creéis que vais a ganar? —preguntó Avril, salvando la situación sin ser consciente de ello.

—Sí —respondí sin dudar—. Les vamos a ganar.

No era arrogancia.

Era convicción.

Aparqué junto al pabellón y todos nos bajamos del coche

Aparqué junto al pabellón y todos nos bajamos del coche.

Avril llevaba una camiseta con CARSON estampado en la espalda, en honor a su cuñado.

Y Maya...

Joder.

Maya llevaba mi camiseta.

La del equipo.

Con mi número y mi apellido en letras blancas.

ROBINSON.

Casi me da un infarto cuando la vi aparecer con ella puesta.

No iba a mentir.

Le quedaba condenadamente bien.

Maya se acercó a mí mientras Avril y Liam caminaban unos metros por delante. Él llevaba el aparato respiratorio de Avril al hombro y ambos hablaban animadamente.

—Mi vida amorosa acaba de morir oficialmente —sentenció con dramatismo.

Me tensé al instante.

Un momento.

No.

Había un límite para las bromas.

—¿Por qué? —pregunté, alzando una ceja.

—Porque llevo tu camiseta. Nadie va a acercarse a ligar conmigo.

Fruncí el ceño.

—¿Y cuál es exactamente el problema? —pregunté sin comprender dónde estaba la tragedia.




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