MAYA
La vida continuó.
Cuando nos fuimos de la casa de la infancia de Román, aún con una sensación de pesadez en el cuerpo, fue la primera vez en días que sentimos un pequeño alivio. La madre de Román le prometió mantenerlo al tanto de todo lo que ocurriera con Justin. Le insistió en que debía volver a su vida, a sus clases y a sus campañas. Aunque Román dudó y le preguntó varias veces si quería que se quedara unos días más, tanto Violette como George negaron con la cabeza.
La despedida no fue tan cálida como esperaba. La tristeza reflejada en los ojos de Violette, la impotencia en los de George y la ira en los de Justin nos hundieron un poco más cuando nos subimos al coche. Aun así, ambos éramos conscientes de que debíamos seguir adelante, porque la vida continuaba.
Hoy me encontraba en el despacho de Bratt ultimando los últimos detalles del nuevo contrato que me había preparado. La verdad era que el sueldo era bastante decente. No era ninguna barbaridad, pero sí lo suficiente como para mantenerme sin tener que volver a mis antiguos trabajos.
Después de explicarme los horarios, algunas pautas y las reuniones a las que quería que lo acompañara, me llevó por la agencia.
Al poco, se detuvo frente a una puerta de cristal.
—Este será tu despacho.
Abrí los ojos con sorpresa.
—¿Mi... despacho?
Bratt asintió con total naturalidad.
—Eres becaria, sí, pero eso no significa que no tengas derecho a tu propio espacio.
Entré despacio.
La habitación no era especialmente grande, pero resultaba acogedora. Un enorme ventanal dejaba entrar la luz natural y ofrecía unas preciosas vistas a la zona arbolada que rodeaba el edificio. En el centro había un escritorio blanco acompañado por una silla ergonómica. Varias estanterías, también blancas, decoraban las paredes junto a una alfombra en tonos negros y blancos que le daba un toque elegante.
Sonreí sin darme cuenta.
—Es muy bonito.
—Bueno... seguro que no encaja demasiado con tu estilo.
Me ruboricé.
Porque tenía razón.
—Puedes decorarlo como quieras. Pon fotos, plantas, libros... lo que te apetezca. Y, si algún día cambias de idea, lo quitas. Si vas a trabajar aquí, quiero que sientas que este también es tu espacio.
No pude evitar sonreír.
—¿Y si pongo mi muñeca de vudú? ¿Dirán algo?
Bratt me miró unos segundos antes de sonreír con complicidad.
—Por favor, hazlo. Hay uno en el departamento jurídico que es tremendamente supersticioso. Solo por verle la cara de pánico, te compro yo mismo la muñeca.
Los dos estallamos en carcajadas.
Seguimos caminando por el pasillo.
Bratt me fue presentando al resto de compañeros, que me recibieron con una amabilidad que no esperaba. Todos me dieron la bienvenida al equipo, haciendo que me sintiera cómoda desde el primer momento. La energía del lugar era cálida y agradable.
—Hoy tengo una reunión con Eduwina Thompson, una de mis mejores boxeadoras. Es muy tímida fuera del ring, pero una auténtica fiera cuando pelea.
Lo miré con atención.
—Te lo digo por si quieres venir. Así podrás hacerte una idea de cómo suelen desarrollarse este tipo de reuniones.
—Será un placer.
Él sonrió satisfecho.
—Me gusta tu predisposición, Maya.
Hizo una pequeña pausa antes de añadir:
—Pero hoy no quiero que hables demasiado. Quiero que observes. Mira cómo escucho, cuándo intervengo, cuándo callo y cómo trato a los deportistas. Este oficio también se aprende mirando.
Asentí con entusiasmo.
—Genial. Antes nos tomaremos algo y después iremos a reunirnos con ella.
Volví a asentir.
Y, por un momento, todo lo demás dejó de importar.
La preocupación, el cansancio y el peso de las últimas semanas desaparecieron.
Solo existía aquella sensación de ilusión que recorría todo mi cuerpo.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que estuviera sobreviviendo.
Sentía que, por fin, estaba empezando a construir la vida que realmente quería.
La semana transcurrió así.
De las clases iba a la oficina; de la oficina, a alguna que otra reunión. Lo apuntaba absolutamente todo: los gestos, la forma que tenía Bratt de expresarse, de negociar y de escuchar. Quería hacerlo bien. No pretendía convertirme en él, pero sí tomarlo como referente.
Sin duda, era un representante excepcional. Sabía exactamente qué preguntas hacer y cuándo hacerlas. A veces podía sonar duro; otras, más cercano. Sin embargo, siempre conseguía el mismo resultado: hacer bien su trabajo. Era consciente de que los años de experiencia lo habían moldeado hasta convertirlo en el profesional que era, y verlo en primera persona, vivirlo aunque solo fuera como una simple observadora, hacía que me sintiera verdaderamente viva.
Poco a poco, mis horizontes se iban ampliando. Mi camino comenzaba a dibujarse con mayor claridad y, por primera vez en mucho tiempo, empecé a organizar mi vida en función de mis propios objetivos.
Se lo conté a las chicas. Se emocionaron muchísimo por mí, pero les pedí que no le dijeran nada a Román. Ellas aceptaron encantadas guardar el secreto.
Editado: 20.09.2026