ROMÁN
Los nervios se apoderaron de mí.
Maya permaneció unos segundos en silencio, posiblemente ordenando todo lo que quería decirme. Esperé pacientemente, aunque mi paciencia empezaba a escasear.
Solo quería saber qué tenía que decirme y, a partir de ahí, tomar la decisión que mejor nos viniera a los dos.
—Me gustas, Román. Me gustas demasiado. Me arriesgaría a decir que estoy enamorada de ti.
Aquellas palabras fueron un impacto directo en mi mente, en mi corazón y en mi jodida alma.
Tuve que contenerme para no besarla en ese mismo momento porque, joder, quería hacerlo.
Muchísimo.
—Sé que he sido muy inmadura y que no dije nada cuando debía hacerlo. Tenía miedo. A pesar de que tú te habías confesado, seguía teniéndolo —suspiró—. Cuando vi que te ibas con Chloe, unos celos horribles se apoderaron de mí. No era normal. Y eso significaba que ya estaba al límite, que mis sentimientos iban a terminar saliendo por algún lado.
Volvió a suspirar.
—No sé qué nos depara el futuro. No sé si esto funcionará o si no funcionará. No lo sé, y es algo que me abruma, pero...
Me miró directamente a los ojos.
—Quiero arriesgarme. Quiero tener algo contigo. Quiero ser tu novia... pero tu novia de verdad, no la falsa —dijo con determinación.
Mi corazón estaba a punto de salirse de mi puto pecho.
—Supe que estaba jodida en el momento en el que llamé a Bratt y le pedí que dejara de pagarme —soltó.
Me quedé inmóvil.
Le pedí a Bratt que dejara de pagarme.
Aquello consiguió que me quedara paralizado mientras intentaba encajar todas las piezas en mi cabeza.
Por eso entendía que Maya saliera tanto.
Seguramente estaría en otro jodido trabajo porque había rechazado el dinero que Bratt le daba por estar conmigo. No me había dicho nada por miedo a cómo pudiera reaccionar y ahora, después de todo aquello, me daba cuenta de que había sido un jodido troglodita por pensar que estaba con otro.
—¿Le pediste a Bratt que dejara de pagarte? —pregunté, todavía incrédulo.
—Sí. Porque no podía soportar la idea de cobrar cuando, para mí, en cierta manera, ya no era un trabajo. Era una realidad. Solo que tardé demasiado en querer darme cuenta.
Resopló y se pasó una mano por el pelo.
—No soy perfecta. Tengo muchos problemas. Sé que quizás soy difícil de llevar y sé que, a veces, llegará un punto en el que quieras tirarme por la ventana.
Los dos nos reímos.
—Pero quiero tener algo serio contigo, Román. Lo digo de verdad —continuó con una pequeña sonrisa—. Claramente, si tú aceptas.
Apartó la mirada.
¿Si yo aceptaba?
Joder.
Como si no llevara semanas deseando escuchar precisamente aquello.
—¿Recuerdas cuando me dijiste: «¿Qué tengo que hacer para que me quieras?» —continuó.
Cómo olvidarlo.
—No tenías que hacer nada —se sinceró.
Volvió a mirarme.
—Porque ya te quería en ese momento. Solo tenías que ser tú.
Y ahí terminó de matarme.
Digerí todo lo que acababa de decirme y, por primera vez en muchísimo tiempo, me quedé sin palabras.
Las jodidas mariposas de mi estómago amenazaban con salir disparadas y tuve que contener las ganas de correr hacia la ventana, abrirla y gritarle al mundo:
¡Joder, me quiere! ¡Me quiere!
Pero, en lugar de hacer el gilipollas, cogí su mano con delicadeza y tiré de ella hasta conseguir que acabara a horcajadas sobre mí.
La besé.
Con ansiedad.
Con fuerza.
Con todas las ganas que llevaba semanas conteniendo.
—¿Tú eres consciente de que llevo semanas esperando algo así? —murmuré contra sus labios.
Maya sonrió.
—¿Eso es un sí?
Me separé apenas unos centímetros para mirarla.
—Joder, claro que es un jodido sí. Llevo deseando entrar en el puto club de novios desde hace semanas.
Volví a besarla.
Maya soltó una risa contra mi boca y me rodeó el cuello con los brazos.
Nos besamos con una necesidad que llevaba demasiado tiempo acumulándose entre nosotros, como si aquello fuera lo correcto.
Como si fuera exactamente donde debíamos estar.
—Entonces... ¿significa que estoy dentro del club de novias? —preguntó, separándose ligeramente de mí—. ¿Tengo que renunciar a mi maravillosa vida amorosa con otros tipos?
Entrecerré los ojos.
—No juegues conmigo, Carrington.
Se rio.
—Solo preguntaba.
—Pues sí. Estás oficialmente dentro del jodido club de novias y pobre desgraciado que se atreva siquiera a mirarte...
La acerqué un poco más a mí.
—Eres mía. No lo olvides. Ahora sí que eres mía.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Entonces supongo que tú también eres mío.
Sonreí.
Joder, cómo me gustaba escucharla decir aquello.
—Completamente tuyo, nena.
Y volví a besarla.
Esta vez no hubo prisas por separarnos.
Sus dedos se hundieron en mi pelo y mis manos recorrieron su cintura mientras todo lo demás parecía desaparecer a nuestro alrededor.
Semanas de tensión.
De celos.
De miedo.
De querer decir algo y no atrevernos.
Todo estaba explotando de golpe.
Me separé apenas lo suficiente para respirar y apoyé la frente contra la suya.
—Necesito sentirte cerca. Pero ya —sentencié.
Maya sonrió contra mis labios.
No necesité nada más.
La cogí en brazos y ella rodeó mi cintura con las piernas mientras volvía a besarme.
Caminé con ella hacia nuestro dormitorio.
Nuestro.
De nuestra casa.
Porque ahora sí.
Ahora sí que sentía que era nuestra.
Editado: 20.09.2026