ROMÁN
Maya estaba completamente fuera de sí.
La ira se reflejaba con claridad en su rostro.
Justin se sujetaba la nariz mientras la sangre le resbalaba entre los dedos a causa del cabezazo que acababa de darle, pero lo peor no era eso.
Lo peor era Maya.
Se había apartado un par de pasos de él.
Su respiración era irregular. El sudor perlaba su frente y podía ver cómo apretaba los puños con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color.
Los cerraba.
Los abría.
Inspiraba profundamente por la nariz.
Soltaba el aire poco a poco.
Como si estuviera siguiendo algún ejercicio.
—Puedo hacerlo... —susurró con la mirada clavada en el suelo.
Tragó saliva.
—Puedo hacerlo...
No me hizo falta escuchar nada más.
Estaba intentando controlarse.
—¿Quién coño es esta loca? —escupió Justin mientras seguía sujetándose la nariz.
Maya levantó la cabeza.
La forma en la que lo miró hizo que hasta yo sintiera un escalofrío.
Pero no avanzó.
Se quedó donde estaba.
Luchando contra sí misma.
Y, joder...
Nunca la había admirado tanto.
Porque quería hacerlo.
Quería controlarse.
—Mira, niñata...
Justin dio un paso hacia ella.
Error.
Vi el instante exacto en el que algo se rompió dentro de Maya.
Fue apenas un segundo.
El suficiente para que toda la tensión que llevaba conteniendo estallara.
—¡Maya! —grité.
Llegué tarde.
Se lanzó sobre Justin con una fuerza que jamás le había visto.
Los dos acabaron en el suelo.
Maya empezó a golpearlo sin orden, sin pensar dónde impactaban sus puños, presa de una rabia completamente descontrolada.
Justin intentaba cubrirse como podía mientras ella gruñía entre dientes.
Corrí hacia ellos y la rodeé por la cintura, tirando de ella hacia atrás.
Se revolvió inmediatamente.
Pataleó.
Me golpeó los brazos.
Los hombros.
Intentó soltarse a toda costa.
—¡Déjame, Román!
Su voz se quebró en un grito.
—¡Déjame!
Vi las lágrimas de frustración recorrer sus mejillas y sentí cómo algo dentro de mí se rompía al verla así.
Fuera de sí.
Destrozada.
Incapaz de detener todo lo que estaba sintiendo.
Entonces miré a Justin.
El muy cabrón observaba a Maya demasiado fijamente.
Demasiado tiempo.
Y lo que vi en sus ojos hizo que se me revolviera el estómago.
No era miedo.
Tampoco rabia.
Era curiosidad.
Admiración.
Como si aquello le hubiera resultado fascinante.
Estaba puto enfermo.
Sin pensarlo dos veces, levanté a Maya en brazos y salí de la habitación.
Ella siguió forcejeando durante unos segundos, aunque cada vez con menos fuerza.
Entré en mi antiguo cuarto y cerré la puerta de una patada.
La dejé con cuidado junto a la pared.
Sujeté sus muñecas con firmeza, solo lo necesario para impedir que volviera a hacerse daño o intentara salir de la habitación, procurando no lastimarla.
—Mírame, nena.
Hablé despacio.
Con calma.
—Mírame.
Tardó unos segundos.
Parecieron horas.
Hasta que, por fin, levantó la cabeza.
Cuando nuestras miradas se encontraron, la ira desapareció por completo.
Solo quedaba miedo.
Y una culpa tan inmensa que me encogió el pecho.
Negó una y otra vez con la cabeza.
—No... No...
Su voz apenas era un hilo.
—No debías haber visto esto...
Rompió a llorar.
—No debías haberme visto así...
Sentí un nudo en la garganta.
De repente, como si acabara de regresar al presente, abrió mucho los ojos.
—Justin...
Miró hacia la puerta con desesperación.
—Está sangrando.
Intentó soltarse.
—Hay que curarlo.
Las lágrimas seguían cayendo sin descanso.
—Lo siento...
Su voz se quebró.
—Lo siento mucho, Román...
Bajó la cabeza.
Todo su cuerpo empezó a temblar.
—No tenía que haber reaccionado así...
Inspiró de forma entrecortada.
—Debía haberme controlado...
Cerró los ojos con fuerza.
—No he podido...
Negó con la cabeza.
—No he podido...
Y se echó a llorar todavía más.
Me quedé con ella hasta que su respiración empezó a estabilizarse. No quería dejarla sola en ese estado, pero también necesitaba comprobar qué coño había pasado con mi hermano.
Cuando estuve seguro de que no iba a salir detrás de mí, la dejé en mi antiguo cuarto y me dirigí al dormitorio de Justin.
Lo encontré allí.
Su cabello castaño claro y sus ojos color miel resaltaban bajo la luz de la habitación. Su cuerpo atlético apenas mostraba las consecuencias de la pelea, más allá de la nariz enrojecida y algún que otro golpe.
Y, como era de esperar, sujetaba una botella de alcohol entre las manos.
Una mueca de desprecio se dibujó en mi rostro.
—¿Quién es? —preguntó con firmeza.
—Mi novia.
Me crucé de brazos.
—¿Tu novia? —Se rio.
Lo miré sin comprender qué demonios le hacía tanta gracia.
Editado: 20.09.2026