Sígueme el juego-Segundo libro de la saga: vidas cruzadas-

Capítulo 29

ROMÁN

ROMÁN

Después de ayudar a Greta a colocar todas sus cosas en su sitio y de que insistiera hasta el cansancio en que fuéramos a cenar todos juntos, terminamos caminando por el centro de la ciudad.

Müller y Greta iban unos pasos por delante de nosotros, con los brazos entrelazados.

Bromeaban.

Se picaban.

Se robaban besos como dos adolescentes en pleno enamoramiento.

La gente que pasaba a su lado los miraba y sonreía con ternura, algo que parecía divertir especialmente a Greta, porque, cada vez que se percataba de alguna mirada, se reía y se pegaba todavía más a su marido.

La visita de los abuelos de Maya había sido demasiado repentina.

¿Me molestaba?

Todo lo contrario.

Adoraba la energía que desprendían, especialmente Greta. Era de esas personas que destacaban allá donde iban sin necesidad de esforzarse. Hablaba, reía, gesticulaba y parecía llenar cualquier sitio en el que estuviera.

Supuse que Maya había heredado de ella gran parte de esa energía.

Y, mientras las veía a ambas, cada vez estaba más convencido.

Greta dijo algo que no alcancé a escuchar y Müller soltó una carcajada antes de inclinarse para besarle la sien.

Aparté la mirada.

No sabía por qué coño verlos así me provocaba una extraña presión en el pecho.

Quizás porque llevaban toda una vida juntos y todavía parecían elegirse cada día.

O quizás porque, inconscientemente, mis ojos buscaron a Maya después.

Los dos tuvimos que hacer un esfuerzo sobrehumano para entrelazar nuestras manos. Greta nos miraba disimuladamente y, aunque intentábamos fingir, la realidad era que, llegados a ese punto, costaba.

Después llegó la cena, en la que Greta y Müller nos contaron cosas, tanto de ellos de jóvenes como de Maya, que hicieron que ella se escurriera en la silla.

—Era tan mona... —suspiró Greta—. Me acuerdo de cuando era bebé. Iba en pañales y apenas hablaba, pero sí decía algunas frases, quizás por imitación, y ese día decidió ser un precioso loro.

Se rio y vi la nostalgia reflejada en sus ojos.

—Recuerdo que una vecina se quejó del olor de mi incienso. Y Maya, con sus andares poco perfectos y su media lengua, le dijo: «Zeñora, erez una pezada. Voy a decirle a mi yaya que te haga vudú».

Vi cómo Maya se ruborizaba.

—La pobre mujer salió despavorida —continuó Greta entre risas—. Y mi viejuno, cuando vio que estaba triste por lo de la vecina, porque no me gustan las confrontaciones, y se dio cuenta de que había salido corriendo después de que mi niña le dijera eso, empezó a poner la muñeca de vudú delante de nuestra puerta. Pobre mujer...

Greta volvió a reírse.

—Ahora, cuando ella y yo nos tomamos nuestro café de los miércoles después de la clase del gimnasio y lo recordamos, nos reímos muchísimo.

La velada se pasó volando.

Conocer cosas de Maya, aunque estuviera enfadado con ella, me encantaba, aunque nunca lo diría en voz alta.

Escuchar cómo su primer amor fue Son y cómo, dramáticamente, ella y las chicas se tiraron al suelo mirando al techo, diciendo que se habían enamorado de alguien mayor que ellas y que no les correspondía.

Cómo un niño llamado Austin le tiró del pelo y ella lo tiró al suelo, manchando su camiseta favorita. Cómo después Greta la obligó a llevarle flores a modo de disculpa y cómo Austin se «enamoró» de Maya, hasta el punto de que, cuando ella iba al pueblo, siempre le quitaba las multas.

—No es que esté enamorado. Me tiene miedo —se defendió Maya.

—Ay, querida, eres como tu madre.

La tristeza se reflejó en los ojos de Greta.

—Mery también tenía un temperamento difícil de llevar y has heredado eso de ella —continuó con la voz más apagada—. Mi niña siempre fue tan enérgica, preciosa, divertida, segura de sí misma...

Se abanicó con la mano.

—Hablar de tu madre me produce tanta tristeza... Pero le prometí no volver a llorar.

Volvió a abanicarse.

Müller la abrazó y la pegó a él.

—Mery era una chica que no le tenía miedo a nada. Se arriesgaba a todo. Si tenía un objetivo, lo conseguía; si le gustaba alguien, lo decía. No tenía pelos en la lengua y siempre echaba hacia delante sin temor a las consecuencias.

Ahora fue Müller quien se puso triste.

Maya se tensó.

Vi cómo bajó la mirada y se sumió durante unos breves segundos en sus pensamientos.

Quise abrazarla, pero no sabía si la situación lo permitía.

Aun así, lo hice.

Me dio igual.

La pegué a mí y le di un beso en la sien.

Oler su aroma hizo que suspirara.

Tenerla cerca era como una condena a la que estaba dispuesto a someterme, aunque fuera solo por unos segundos.

Aunque estuviéramos fingiendo, iba a aprovecharlo.

Al llegar a casa, temí lo peor.

Sabía que ese momento iba a llegar y mis nervios se incrementaron. Aun así, seguimos hablando un poco más con ellos en la cocina y, cuando Müller y Greta anunciaron que estaban cansados, me puse tenso.

Maya, inmediatamente después, también.

Les dimos las buenas noches y, nada más quedarnos solos, el silencio se instauró en la casa que momentos antes había estado colmada de vida.

Me quedé mirando la taza de té vacía, sin saber qué decir.

—Puedo dormir en el sofá —dijo Maya—. Me levanto temprano y me paso a tu cama.

No me miró a los ojos.

Me encogí de hombros.

—Haz lo que quieras —fue lo único que dije.

Dejé la taza de forma brusca en el fregadero y me adentré en el cuarto.

Ya solo, empecé a pasarme las manos por el pelo.




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