MAYA
Al llegar a casa y notar lo silenciosa que estaba, un peso se instaló sobre mis hombros.
Susto me recibió con gran entusiasmo y, aunque le di su dosis de mimos, mi mente volvió a viajar hacia Román y, sobre todo, hacia dónde estaba y con quién.
Me fui quitando la ropa mientras caminaba hacia el baño y fue entonces cuando me di cuenta de que, aunque la casa era pequeña, en esos momentos se me estaba haciendo inmensa.
La sensación de celos acumulada en la boca del estómago, mi mente tortuosa alimentando mis propios demonios...
Era el peor castigo que alguien podía tener.
Pero eran las consecuencias de lo que había sucedido y, por lo tanto, debía aceptarlas y enfrentarme a ellas.
Después de darme una ducha, me puse una camiseta de Román y unos pantalones suyos. Lo hice de manera inconsciente, pero, al fin y al cabo, lo había hecho.
Apenas eran las once de la noche y no podía conciliar el sueño.
Miraba el móvil a la espera de algún mensaje del tipo:
Nena, ¿me puedes recoger?
Pero no llegó.
Las agujas del reloj siguieron su curso y, antes de que me diera cuenta, ya era la una de la mañana y él no había dado señales de vida.
El sentimiento que cada vez crecía más dentro de mí me devoraba.
¿Qué era?
¿Desconfianza?
¿De qué iba a desconfiar si no éramos nada?
Pero porque tú no quieres, se burló la voz de mi mente.
Y esa era la realidad de la situación que estaba viviendo.
No podía enfadarme.
No podía reclamarle nada.
Él podía hacer lo que le diese la gana.
Pero me afectaba.
Joder si me afectaba.
Empecé a hacer cosas por la casa con la esperanza de que mi mente se cansara de tanto pensar, pero las horas seguían pasando y yo estaba más despierta que nunca.
Miré de nuevo el aparato, entré en su chat y estuve a punto de mandarle un mensaje, pero me contuve.
Simplemente dejé el móvil en el comedor, alejado de mí, y me metí con Susto en el cuarto donde dormía con Román.
No mejoró la cosa.
La habitación silenciosa era asfixiante.
Ver el hueco vacío a mi lado era devastador.
Todo era mi jodida culpa.
Todo.
Porque, si me hubiera atrevido a decirle lo que sentía, a decirle que me gustaba, que había renunciado al jodido dinero porque no podía seguir aceptándolo, las cosas habrían tomado otro rumbo.
—¿Por qué eres así, Maya? —me pregunté a mí misma.
Muchos dirían que era por el miedo que sentía.
Y lo más seguro era que fuese así.
Desde siempre había sido una niña reservada. Apenas hablaba y la idea de tener pareja durante la adolescencia me abrumaba. Sí, había tenido alguna que otra cosa, pero nada serio porque yo no quería.
Y esto era el karma por todo lo que siempre callaba y nunca decía.
Por lo tanto, ¿para qué enfadarme?
Porque era así de imbécil.
Muy imbécil.
Mi inquietud aumentaba con cada segundo que pasaba.
Con cada minuto.
Me levantaba de la cama, paseaba por la habitación, iba de un lado a otro mientras me mordisqueaba las uñas.
La mirada de Susto hizo que me pusiera tensa.
—No me mires así, estoy preocupada —dije con un gruñido.
Susto bostezó, haciendo que abriera los ojos de par en par.
Incluso el perro se daba cuenta de lo imbécil que estaba siendo.
Me acosté de nuevo.
Me levanté.
Me preparé una taza de café.
Nada.
Seguía igual.
Miré la hora.
Las dos de la mañana.
¿Cuánto podía tardar una jodida reunión?
Salí del cuarto y me dirigí hacia la mesita donde había dejado el móvil. Lo cogí, entré en contactos y vi el nombre de Román.
Volví a apagar la pantalla.
No podía reclamarle nada.
Era libre.
Me lo repetía a mí misma como si aquello fuese a aliviar de alguna manera mis jodidos demonios.
Pero no.
Simplemente consiguió enfurecerlos todavía más.
Volví a coger el móvil.
Las manos me temblaban.
Me lo pensé durante aproximadamente dos minutos hasta que, cansada de aquella situación, pulsé el botón de llamada.
Un tono.
Dos tonos.
Nada.
Me habían colgado.
Mi ira creció en lo más profundo de mi ser.
Otra vez.
No me iba a rendir.
Volví a llamar.
Un tono.
Dos tonos.
Otra vez.
—¡Joder! —grité, frustrada.
Llamé por última vez.
Necesitaba saber si Román estaba con ella. Sabía dónde vivía Chloe porque ya había recogido a Román en su casa anteriormente, pero primero quería asegurarme de dónde coño estaba.
Al fin, alguien contestó la llamada.
—Nene, ¿estás bien?
—Hola, Maya.
Cuando escuché la voz de Chloe, todo mi cuerpo se tensó de inmediato.
—Hola, Chloe. Por favor, pásame a Román. Es urgente —dije con la mandíbula apretada.
—En estos momentos no te puede atender —respondió con fingida lástima.
—Chloe, pásamelo —exigí con dureza.
—Él no quiere hablar contigo. Parece que vuestra relación no va demasiado bien. Una lástima —se burló.
Apreté el móvil con más fuerza.
—Chloe. Román. Ya. No tengo mucha paciencia.
Alcé la voz más de lo que debía.
La risa de Chloe inundó mis oídos.
—Ahora mismo, cielo, no te puede atender. Está demasiado ocupado.
El veneno de su voz hizo que la ira se apoderara de mí.
—Tienes dos jodidas opciones, Chloe: o me lo pasas y acabamos esto de manera pacífica o, segunda opción, voy a tu casa y no voy a ser tan pacífica como lo estoy siendo ahora. Así que piénsalo. Medítalo —advertí.
Editado: 20.09.2026