EVAN
La vida podía ser un auténtico aburrimiento. Nada nuevo, nada novedoso. Las mismas personas, las mismas situaciones, las mismas fiestas.
En esos momentos me encontraba sentado en el sillón, viendo a la gente bailar. Algunos restregándose, otros simplemente haciendo el ridículo.
Me piro.
Dejé el vaso y metí las manos en los bolsillos. No me despedí de nadie. ¿Para qué? Era una pérdida de tiempo anunciar que me iba a unos completos extraños a los que, si me pasara algo, les daría igual.
—Todo es un rollo —dije caminando por la oscuridad de la noche.
Seguí caminando, dándole patadas a una lata. No sabía adónde me conducían mis pies, simplemente dejé que me llevaran adonde les diera la gana.
La fraternidad tampoco estaba demasiado lejos del hospital. Al final, aquella zona estaba prácticamente pegada a la universidad y había recorrido esas calles tantas veces que podía hacerlo sin pensar.
Entonces me paré en seco.
¿Qué hacía en el hospital?
Había terminado tomando ese camino por pura inercia.
¿Qué se me había perdido allí?
Nada.
Simplemente mis pies eran estúpidos y carecían de lógica alguna.
Volví a andar.
Entonces, una voz suave resonó en la oscuridad de la noche.
—Evan Nelson, te ordeno que pares.
Me giré lentamente, con desgana.
—¿Quién lo dice? —chisté.
—Avril Carson —dijo ella sonriendo.
La vi. Llevaba una mochila en la mano. Seven y Son no estaban demasiado lejos.
—¿Qué haces de nuevo aquí? —solté.
—No sé, es que tengo un problema —dijo encogiéndose de hombros.
—¿Solo uno?
—Sí, y uno muy grande.
Se acercó lentamente hasta mí. Le costaba andar, en fin.
—No sé por qué, mis pulmones no absorben bien el oxígeno. Seguramente es que son tan abnegados que quieren dejarles el aire a otras personas. Una condición que no entiendo.
Cuando soltó aquello, una sonrisa se apoderó de mí.
—¡Evan Nelson sonriendo! ¡Qué fuerte! De no ser porque tengo el aparato, te habría dicho que tu sonrisa me deja sin respiración. ¿Lo pillas? —se rio como una ardilla.
—Sí, lo pillo. Qué graciosa —me burlé.
—Qué soso eres, chico. Debes sonreír más.
Sin pedirme permiso, como si le importara una mierda, invadió mi espacio personal.
Colocó los dedos en las comisuras de mis labios y las alzó.
—Eso tienes que hacer. Sonreír.
No tenía ninguna gana de sonreír.
Pero aquel gesto consiguió que algo tirara de las comisuras de mis labios.
—¿Eres siempre así, rayito de sol? —le pregunté—. Ya sabes, happy y todas esas cosas.
—Lo intento. La vida es un regalo que no se debe desperdiciar, así que sonríe, Evan, porque te puedo asegurar que tienes una sonrisa muy bonita. Bueno, me voy antes de que me asesinen... o quizás me muera por el camino, quién sabe.
Se despidió alzando una mano y yo me quedé quieto.
Demasiado positiva. Qué pereza.
Y, sin más, me fui.
Pero me tiré todo el camino con una ligera sonrisa.
Editado: 20.09.2026