MAYA
No sé cómo lo hice para poder trabajar después de lo de anoche.
Lo que me dijo rondaba mi mente y hacía que mi corazón diera un vuelco.
¿Le gustaba?
¿O lo había dicho porque estaba borracho?
¿Qué tengo que hacer para que me quieras?
Aquellas palabras, acompañadas por la tristeza de su voz, hicieron que me sintiera mareada y, a la vez, un pelín feliz.
El simple hecho de que me dijera eso hizo que millares de mariposas se adueñaran de mi estómago.
Aun así, fui tan jodidamente imbécil que no le dije nada.
Me quedé callada como una jodida cobarde.
Mis abuelos habían salido esa mañana porque habían quedado con las chicas. Yo estaba organizando los horarios y las agendas de algunos deportistas. Era una prueba que me había puesto Bratt.
Además, también había estado rebuscando entre mis carpetas las fotografías que iba a usar para la exposición.
Me costó concentrarme, pero lo hice.
El sonido de la puerta abriéndose hizo que me pusiera tensa.
No sabía cómo actuar.
Qué decir.
Qué hacer.
Me quedé paralizada, con el portátil sobre el regazo, mirando la misma jodida foto que llevaba observando durante los últimos minutos.
—Buenos días —dije con una sonrisa.
—Buenos días, nena. Dios, la cabeza me va a estallar —gruñó.
—Eso te pasa por beber demasiado —me burlé.
Román no dijo nada.
Oí sus pasos acercándose a mí.
Yo seguía con la mirada clavada en el portátil cuando, de repente, Román me lo quitó de las manos, lo colocó sobre la mesita de café y se tumbó con la cabeza sobre mi regazo.
Me quedé completamente quieta.
—Dios, nena, ¿crees que alguno de tus ungüentos puede acallar el dolor? —preguntó dramáticamente.
—Creo que sí —respondí, dudosa—. Aun así, te he preparado café y te he dejado una pastilla para el dolor.
Estaba nerviosa.
Demasiado nerviosa.
—Eres la mejor.
Y, sin más, me dio un beso en el muslo.
—¿Has desayunado? —me preguntó con una sonrisa.
—No. Me he puesto a hacer cosas y no he desayunado —respondí parpadeando, sin comprender qué estaba pasando.
Para mi sorpresa, Román me cogió en brazos, obligándome a envolver las piernas alrededor de sus caderas para no caerme.
—¿Qué haces, Rom...?
No me dio tiempo a terminar la frase porque un pico acalló cualquier cosa que pudiera decir.
—Vamos a desayunar —dijo como si fuera lo más evidente del mundo.
Conmigo todavía en brazos, cogió la taza de café y, cuando la dejó sobre la barra, yo agarré la mía de té.
Se sentó en una de las sillas y me acomodó sobre él, haciendo que mi espalda quedara pegada a su pecho.
—Voy a sentarme en la otra silla —dije, completamente ruborizada.
—¿Por qué? Quédate así —gimoteó, indignado.
Asentí como una tonta y me quedé sentada encima de él.
Bebí de mi taza y él de la suya.
Como si aquello fuera normal.
Como si yo no estuviera sentada sobre sus piernas, con su brazo rodeándome la cintura mientras desayunábamos tranquilamente.
—¿Te han dicho alguna vez que eres jodidamente adorable cuando estás nerviosa?
Giré ligeramente la cabeza.
—¿Estás bien, Román? —pregunté, dudosa.
—Sí. Estoy de puta madre.
Otro beso.
Así, sin más.
—Es que... me esperaba otra reacción, no sé... —confesé.
—¿Otra reacción a qué?
Me quedé callada.
Apreté los labios y volví a mirar mi taza.
—A nada.
—Ah.
Noté cómo se acomodaba detrás de mí.
—Pues entonces no sé qué reacción esperabas, nena.
Hijo de puta.
Estaba jugando conmigo.
O no.
Y no sabía cuál de las dos opciones me ponía más nerviosa.
No sé cómo logré desayunar encima de Román. Mis mejillas ardían y eran la prueba evidente de que toda aquella situación me ponía demasiado nerviosa.
Lo que no sabía era si se trataba de unos nervios buenos o malos.
En cualquier caso, la tensión que había sentido durante los últimos días con Román desapareció de un plumazo, como si nada de aquello hubiera pasado.
Quizás era porque, de alguna manera, Román se había sincerado hasta tal punto que ahora se encontraba en paz consigo mismo.
—Hoy he quedado con Chloe.
Cuando mencionó el nombre de aquella chica, me tensé ligeramente.
No sabía qué decir ni qué hacer, pero la rabia me consumió un poco ante el simple pensamiento de ellos dos juntos.
Debía respirar.
Relajarme.
—¿Y eso? —pregunté con curiosidad, procurando ocultar que me molestaba.
—Tenemos que hablar de varias campañas, o eso me ha dicho Chloe —respondió encogiéndose de hombros.
Asentí ligeramente.
No quería pensar en qué consistía aquella reunión.
Tampoco quería imaginar dónde ocurriría.
Era mejor vivir en la ignorancia, o eso solían decir.
Aunque, claro, el simple hecho de saber que iban a estar los dos juntos, solos, me provocaba inseguridad.
¿Pero qué podía hacer?
Yo había sido la cobarde que había optado por callarse cuando debería haberle dicho que sentía lo mismo que él.
Que no necesitaba hacer absolutamente nada para que lo quisiera porque yo ya estaba enamorada de él.
Pero ¿para qué?
Dentro de tres meses acabaría todo.
Él seguiría con su vida, con su rutina, con sus salidas.
Y yo haría lo mismo.
Eran las consecuencias de haber callado cuando debí hablar.
—Pues pasadlo muy bien —dije en un susurro.
—¿Te molesta? —preguntó mientras me colocaba un mechón detrás de la oreja.
Editado: 20.09.2026