MAYA
La verdad era que hacer un viaje nocturno de varias horas se me estaba haciendo demasiado pesado. La cantidad de vasos de café esparcidos por el coche aumentaba con cada parada que hacíamos para despejarnos.
Nos habíamos ido turnando al volante para que ambos pudiéramos descansar un poco, aunque Román apenas había conseguido dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, al cabo de unos minutos volvía a abrirlos. Su mente no le permitía descansar. La preocupación parecía haberse instalado en él y se negaba a marcharse.
De por sí, la idea de conocer a sus padres ya me ponía nerviosa.
¿Qué se suponía que debía decir?
¿Me presentaría como su novia?
¿Como su amiga?
¿Como qué?
Y, por si eso no fuera suficiente, el gilipollas de Justin había conseguido algo que me dolía incluso más: había apagado la luz de Román.
Llevaba todo el trayecto demasiado callado, con la mirada perdida en la carretera y la mandíbula tan tensa que me preguntaba si en algún momento dejaría de apretar los dientes.
Yo también libraba mi propia batalla.
Por un lado, tenía que contener las ganas de darle un puñetazo a Justin en cuanto lo tuviera delante.
Por otro, me moría de ganas de abrazar a Román y decirle que todo iba a salir bien, aunque ni siquiera yo estuviera segura de ello.
Susto viajaba acurrucado en la parte trasera del coche. Habíamos decidido traerlo porque no sabíamos cuánto tiempo tendríamos que quedarnos allí.
Mientras Román conducía, aproveché para enviar correos a las marcas con las que tenía promociones programadas aquella semana.
Les expliqué que, por motivos familiares, no sabíamos cuándo podríamos retomar los compromisos y reajusté toda su agenda al milímetro.
Y fue entonces cuando me golpeó una verdad que llevaba meses creciendo dentro de mí.
Había disfrutado haciéndolo.
Disfrutaba hablando con patrocinadores.
Organizando eventos.
Coordinando campañas.
Resolviendo problemas antes incluso de que aparecieran.
Apagando fuegos.
Todo aquello que, meses atrás, me habría parecido un auténtico infierno, ahora conseguía despertarme una satisfacción difícil de explicar.
La realidad me golpeó con fuerza.
No quería ser contable.
Quería dedicarme a aquello.
Quería ser representante.
Quería trabajar organizando la vida profesional de personas como Román.
Sabía que sería un trabajo agotador, lleno de estrés y de problemas constantes.
Y, aun así...
Lo quería.
No sabía si podría cambiar de carrera ese mismo curso, si tendría que esperar al siguiente o cómo demonios funcionaban esos trámites.
Pero la semilla ya había echado raíces.
—Cariño, si necesitas parar, avisa.
Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.
El silencio que siguió hizo que me diera cuenta de lo que acababa de decir.
Cariño.
La palabra quedó suspendida entre nosotros, rebotando contra las ventanillas del coche.
Miré de reojo a Román.
Él seguía pendiente de la carretera.
—No, de momento voy bien, nena. Cuando llegue a casa, voy a abrazar la cama con todas mis fuerzas.
Sonrió apenas un instante.
—Oye... Gracias por venir conmigo. Tenerte aquí hace que todo esto sea un poco menos caótico.
Le devolví la sonrisa.
—Somos un equipo, Robinson. Claro que voy a estar contigo cuando me necesites.
Durante un segundo, vi algo cruzar por sus ojos.
Una emoción fugaz.
Pero desapareció antes de que pudiera identificarla.
—Además... tengo curiosidad por conocer la casa donde creciste —intenté aligerar el ambiente—. Vas a tener que enseñármelo todo. Dónde diste tu primer beso, dónde te caíste de la bici, dónde hiciste alguna trastada... incluso dónde tuviste tu primer... problema masculino.
Él soltó una risa por la nariz.
—¿Problema masculino?
—Sí, hombre... Esas cosas de chicos.
Negó con la cabeza.
—Me encantará enseñártelo.
No fue lo que dijo.
Fue cómo lo dijo.
La tristeza que envolvía aquellas cuatro palabras hizo que algo se me encogiera dentro del pecho.
Con solo veinte años, Román estaba conduciendo de vuelta a casa para recoger los pedazos que Justin había vuelto a romper.
Y, por primera vez desde que lo conocía, tuve la sensación de que había heridas que ni siquiera él sabía cómo sostener.
No sé cuánto tiempo transcurrió, pero, poco a poco, el paisaje empezó a cambiar.
Las carreteras quedaron atrás y dieron paso a un sinfín de casas rurales. Algunas estaban rodeadas de caballos y vacas; otras, de enormes extensiones de tierra.
Muchas tenían amplios porches con mecedoras de madera que parecían esperar a que alguien se sentara a contemplar el atardecer.
Una sonrisa se dibujó en mi rostro.
Me giré enseguida y rebusqué entre las mochilas hasta encontrar mi cámara.
Bajé la ventanilla.
El aire fresco de la madrugada me golpeó el rostro mientras empezaba a fotografiarlo todo: las casas, los campos interminables, la luna suspendida sobre ellos y las estrellas que llenaban el cielo, mucho más visibles allí, lejos de las luces de la ciudad.
Emocionada, revisé las fotografías en la pantalla.
Román me observaba de reojo.
Sonreía.
—Luego me las enseñas.
Asentí con entusiasmo.
Antes de que pudiera responderle, redujo la velocidad y giró por un camino de tierra rojiza.
A ambos lados se extendían hectáreas y hectáreas de praderas salpicadas de enormes robles. Varias vallas blancas delimitaban los terrenos, algún caballo pastaba con absoluta tranquilidad y, un poco más allá, un viejo granero de madera parecía resistirse al paso del tiempo.
Editado: 20.09.2026