Sígueme el juego-Segundo libro de la saga: vidas cruzadas-

Capítulo 32

ROMÁN

ROMÁN

Me desperté con un dolor de cabeza insoportable, pero con una sensación de absoluta plenitud.

Las palabras de Maya resonaban en mi cabeza y me hacían subir a una jodida nube de color rosa, con purpurina y todas esas mierdas.

Cuando me giré y no sentí su presencia, esa jodida nube desapareció.

Un extraño temor se apoderó de mí, aunque solo fuera durante unos segundos.

¿Y si negaba todo al día siguiente?

¿Y si hacía como si nada hubiese pasado?

Ese maldito miedo me estaba afectando más de la cuenta. Aun así, intenté mantenerme tranquilo y sereno, a pesar del dolor que se había adueñado de mis sienes.

Salí del cuarto y enseguida oí la voz de Maya hablando animadamente con alguien.

Fruncí ligeramente el ceño y, cuando me asomé, me quedé de piedra al ver a la pequeña Kate Carson en nuestra casa.

Los abuelos de Maya estaban en la cocina, animados, hablando de mil cosas, y yo tuve que armarme de valor para fingir que no tenía una resaca de los mil demonios.

La pequeña Kate era preciosa. Tenía la piel oscura y unos enormes ojos marrones. Iba ataviada con un vestido azul celeste con el dibujo de un arcoíris y un unicornio.

Qué ironía.

Porque yo también estaba mirando a mi propio unicornio.

—Maya, una cosa... ¿La supertita se va a poner bien? —preguntó Kate.

Al escuchar aquello, me puse demasiado tenso.

—Sí, seguramente esté cansadita y por eso necesite recargarse un poquito —la animó Maya mientras ambas jugaban con los juguetes.

—Es que papi estaba muy triste y papá estaba cabreado por algo. No sé muy bien qué pasó. Solo sé que la supertita se cayó al suelo y papi y papá fueron inmediatamente con ella al hospital.

Kate parecía distraída mientras seguía jugando con los juguetes.

—Sé que no está bien escuchar las conversaciones de los mayores... —comenzó a decir—. Pero oí a papi y a papá discutiendo con la supertita. Según el doctor Foster, la supertita ya no puede recargarse más porque ha llegado al máximo. ¿Qué significa llegar al máximo?

Vi cómo los ojos de Maya se humedecían ligeramente.

—Y también escuché a papá hablando con el doctor. El doctor le dijo algo como... «No sé cuánto tiempo le queda, solo debemos disfrutar». ¿Qué significa eso, Maya?

Maya se levantó apresuradamente del suelo, pasó por mi lado y se encerró en el baño.

Greta se apresuró a acercarse a Kate.

—Vamos, mi corazón. Vamos a preparar unas supergalletas para la supertita.

Ella también parecía apenada.

Kate empezó a llorar.

—Es que, bisa, he visto a la tita en el suelo. Papi me ha escondido para que no la viera, pero estaba blanca y con los ojos en blanco. Me ha dado miedo —dijo la niña, incapaz ya de contener las lágrimas.

Greta la abrazó.

—La supertita es una gran luchadora. Seguro que sale de esta.

—Sí, seguro que sí... Aunque he visto cómo papi le preguntaba a papá qué podían hacer. No sé... Solo sé que me he puesto triste —dijo la niña entre lágrimas.

Greta cogió el abrigo.

—Me voy a dar una vuelta con ella —avisó.

Muller asintió.

Cuando Greta desapareció por la puerta, Müller se sentó en el sillón.

Lo oí perfectamente.

Estaba llorando.

—No puedo creer lo que está pasando —dijo entre sollozos.

Miré hacia la puerta del baño y después a Müller.

No sabía qué hacer.

Un nudo se apoderó de mi garganta.

No conocía toda la historia, pero tampoco hacía falta ser un genio para interpretar lo que estaba pasando.

—Ve con ella —me pidió Müller.

No dije nada.

Simplemente asentí.

Me acerqué a la puerta del baño y llamé dos veces.

—Nena, soy yo —dije con cautela.

—Pasa.

Por su voz supe inmediatamente que estaba llorando.

Abrí la puerta y entré en el baño.

La imagen que vi me destrozó.

Maya estaba sentada en el suelo, mirando hacia el techo, con los ojos enrojecidos. El cristal estaba roto y una venda cubría una de sus manos.

—¿Cuándo te has hecho eso? —pregunté, mirando su mano.

—Cuando me han dado la noticia... Lo siento. Ya compraré otro.

—No pasa nada, nena.

Me acerqué a ella y me senté a su lado.

Maya apoyó la cabeza en mi hombro.

Le acaricié con suavidad la mano vendada.

El silencio era intenso, pero necesario.

Quería que fuera ella quien empezara. Quien me dijera qué había pasado.

Así que le di todo el tiempo que necesitara.

—Siempre hemos sido cuatro... —dijo con la voz rota—. Siempre hemos sido cuatro...

Rompió a llorar con más fuerza y se aferró a mí como si fuera su salvavidas.

—Sois cuatro —dije, notando cómo las lágrimas también escapaban de mis ojos.

—Sí, somos cuatro... pero no sabemos hasta cuándo —soltó ella.

Hizo una breve pausa.

—Seven ha llamado esta mañana —comenzó a decir—. Avril ha tenido otra recaída. No es nada nuevo, suele pasarle...

Intentó respirar entre hipidos.

—Pero... pero nos ha dicho, básicamente, que... que el médico ya le ha dado la dosis máxima que podía darle.

Volvió a llorar.

—No responde a la medicación, Román... No responde —soltó finalmente.

Mierda.

Mierda y más mierda.

—El médico ha dicho que no sabe cuánto va a durar... Pueden ser días, meses o, como máximo, un año... y esto último con suerte —continuó—. ¡La han metido ahora los hijos de puta en la lista de trasplantes! ¡Ahora! Y la lista es inmensa, Román. ¿Y si no llegan a tiempo? ¿Y si no encuentran un donante?

Su voz se quebró por completo.




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