Sígueme el juego-Segundo libro de la saga: vidas cruzadas-

Capítulo 25

MAYA

MAYA

Me di una ducha para quitarme la tierra que se me había acumulado por todo el cuerpo. Aún seguíamos en Texas y la situación no hacía más que empeorar. Román tenía que lidiar con el gilipollas de su hermano y yo había tenido que ser clara conmigo misma sobre lo que sentía.

Al salir del baño y ver que estaba sola, me senté en la cama todavía envuelta en la toalla. Miré el móvil, que descansaba pesado entre mis manos. El número de Bratt ocupaba la pantalla; solo tenía que pulsarlo y todo cambiaría.

Lo sopesé varias veces. Ahora que era consciente de mis sentimientos por Román, aunque no los admitiera en voz alta, la realidad era que no quería seguir cobrando por mantener aquella mentira.

Cuando recibí el pago, juré que casi vomité en el baño de lo culpable que me sentía. Román no tenía sentimientos por mí, pero yo sí por él. Mi moral me impedía seguir aceptando dinero por aquella falsa relación.

No lo pensé más tiempo del necesario. Pulsé el número y activé el altavoz. Román y su familia se habían ido a reunirse de nuevo con el abogado, así que estaba sola, algo que agradecí para poder hacer lo que tenía planeado.

Un pitido.

Dos pitidos.

La voz de Bratt inundó mis oídos.

Respiré hondo y esbocé una sonrisa, aunque sabía que no podía verme.

—Hola, Maya. ¿Ha pasado algo? ¿Todo bien por allí? Ya sabes... con el asunto.

Bratt debía de conocer la situación de Justin. Por la forma en que habló, supe que sabía mucho más de lo que decía y que medía cuidadosamente cada palabra.

—Están reunidos.

Fue lo único que dije, y me entendió.

—¿A qué debo esta encantadora llamada?

Lo pensé una vez más. Ordené mis ideas y busqué la forma de expresar lo que quería decir con claridad, sin rodeos.

—No quiero cobrar por esto. Seguiré con el contrato, pero no quiero aceptar ningún tipo de dinero.

Ya estaba. Lo había dicho con voz firme, aunque por dentro no sabía si estaba tomando la decisión correcta.

Bratt guardó silencio.

Mi seguridad disminuyó drásticamente ante la ausencia de una respuesta.

—¿Por qué? —preguntó sin filtros.

—Simplemente... no puedo seguir cobrando por esto.

Mi voz sonó baja, casi avergonzada.

Otra pausa.

Después escuché un suspiro.

—Vale... Entiendo lo que ha pasado.

Iba a responder, pero me interrumpió.

—No hace falta que me digas nada, Maya. Sé lo que pasa.

Lo agradecí.

—¿Y qué vas a hacer? Es decir, ¿vas a volver al cine? —preguntó con curiosidad.

—Seguramente. —Suspiré—. La verdad es que no tengo muchas ganas de volver, pero sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo.

—Entiendo...

Este hombre adoraba los silencios, porque volvió a hacer otro.

—Maya, eres una chica con carácter. He visto cómo has organizado todo lo de Román; además, los patrocinadores te adoran... ¿Has pensado en hacerte representante?

Me quedé pensativa. La verdad era que sí me lo había planteado, pero no sabía cómo enfocarlo. Tampoco sabía si realmente tenía aptitudes para ello o simplemente me había dejado llevar por lo bien que había salido todo con Román. En cualquier caso, aquella idea flotaba en la habitación, suave y tentadora.

—Me lo he planteado, pero tampoco sé si tengo aptitudes para ello —le confesé con sinceridad.

—La verdad es que me has sorprendido en muy poco tiempo, Carrington —empezó a decir—. No he visto a nadie mejor para llevar a Román, aparte de mí, que tú. Créeme, sé de lo que hablo. He tenido a varias personas preparándose para sustituirme cuando me jubile, pero muy pocos aguantan el ritmo de ese muchacho... y el de muchos otros deportistas que llevo —suspiró—.

»La única que ha aguantado y, además, ha obtenido mejores resultados has sido tú. Lo llevo pensando desde hace meses. Conforme veía la evolución de Román, empecé a planteármelo muy en serio. Sé reconocer el talento cuando lo tengo delante, y tú lo tienes.

Me ruboricé.

—Además, esta llamada me ha venido genial porque no sabía cómo sacar el tema. Mi idea era esperar a que terminara el contrato, ya que sé que ahora mismo estás bastante saturada, pero, al ver que quieres renunciar al dinero y sabiendo que no quieres volver a tus antiguos trabajos, quiero proponerte algo.

Escuché el crujido de su silla y me puse tensa.

—Estudias Contabilidad, ¿verdad?

—Sí —respondí de manera automática.

—Pero no te gusta. ¿Me equivoco? —continuó indagando.

—No, estás en lo cierto —me sinceré.

—Perfecto. Dentro de poco empezarás segundo curso y, por lo que me dices, seguramente cambies de especialidad. Por eso quiero proponerte algo que, sinceramente, creo que nos beneficiará a los dos: a ti, porque podrás empezar a trabajar en lo que de verdad te gusta, y a mí, porque estaré formando a alguien en quien confío para el futuro de la agencia.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Quiero que seas mi becaria y que empieces a trabajar conmigo. De momento, no puedo asignarte deportistas porque todavía no tienes la formación necesaria, pero quiero enseñarte el oficio desde dentro. Cobrarás, evidentemente, y trabajarás junto a mí en todo momento. Quiero que formes parte de mi equipo.

Parpadeé demasiado rápido. Todo aquello me había pillado tan desprevenida que ni siquiera supe qué responder. Aquella oferta era increíblemente tentadora. Podría seguir con las clases de fotografía y con la universidad si Bratt me organizaba los horarios.

Como si me hubiera leído la mente, añadió:

—El horario será compatible con las clases y con tu otro trabajo. Además, al principio irás siempre conmigo. No voy a dejarte sola hasta que estés preparada.




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