Sígueme el juego-Segundo libro de la saga: vidas cruzadas-

Capítulo 35

ROMÁN

ROMÁN

Estaba fascinado con la cantidad de personas que habían acudido a la exposición. Una enorme sonrisa ocupaba mi rostro, orgulloso de lo que se avecinaba.

A pesar de ser una exposición amateur, todo el mundo iba demasiado arreglado. Yo también, claro, pero era el novio de una de las protagonistas de la sala y, por lo tanto, debía dar presencia.

Miré el anillo que me había dado Maya. Era una reliquia heredada de su padre.

Me lo regaló después de todo el caos que tuve con Chloe. Hubo juicios, me indemnizaron y mi imagen pasó a ser la de un enamorado empedernido para todas las personas que me seguían. Y yo no podía estar más contento.

Maya me contó que, cuando era pequeña, su padre le decía que aquel anillo debía dárselo a alguien a quien quisiera muchísimo y con quien pensara que tendría un futuro.

No tenía que pensar nada.

Iba a tener un futuro conmigo.

Con dos hijos, si era posible, pero de eso ya hablaríamos más adelante.

Yo también tenía una sorpresa.

Pero pensaba dársela después de la exposición.

Bratt se quedó alucinado cuando vio a Marc Stone allí y, sobre todo, cuando comprobó la familiaridad y el cariño con los que hablaba de Maya.

Había acudido porque quería ver el trabajo de mi chica.

Un gesto que Maya adoró.

Lo que me mosqueó fue que el estúpido de Sam hubiese acudido, pero claro, era uno de los jueces. Así que me contuve, por el momento.

Las chicas hicieron acto de presencia y todos los que íbamos con ellas silbamos al verlas.

Luna llevaba un precioso vestido plateado y el cabello recogido en un moño. Avril, un vestido rosado de escote corazón y una media luna que dejaba al descubierto su rostro. Seguía demasiado delgada, pero había hecho un esfuerzo soberano para acudir allí. Incluso le había suplicado al doctor y le había prometido que, después de la gala, volvería al hospital.

Lo consiguió.

A su lado, Rebecca llevaba un vestido de una sola manga que se ajustaba perfectamente a su cuerpo. Ella sí que parecía mucho más metida en todo aquel mundillo.

—¿Luna no ha pensado nunca en ser modelo? —se aventuró a preguntar Bratt.

Giré la cabeza hacia él.

—¿Luna?

—Sí. Nunca la había visto en persona —explicó sin apartar la mirada de ella—. Tiene potencial.

No había ningún tipo de doble intención en sus palabras. Bratt simplemente tenía la mente de un tiburón y, al parecer, ni siquiera en una exposición podía dejar de buscar nuevas oportunidades.

—Eres representante de deportistas —me burlé.

—Después de ti, te puedo asegurar que prefiero a las modelos —suspiró.

—Qué gracioso —me burlé—. Pero no creo que Luna quiera ser modelo —le aseguré.

—Vaya desperdicio. Estuve insistiéndole a Rebecca, pero esa mujer es cabezona por sí sola. Y Maya... va a ser representante, le pega más que desfilar por una pasarela —suspiró.

—Bratt, disfruta del sitio.

—Huele a jóvenes adultos hormonales que recién han perdido la virginidad. ¿Crees que puedo disfrutar del sitio? —indicó Bratt.

Casi me atraganté al oír tal cosa.

Enseguida todos nos juntamos y la conversación fluyó sola. Cuando el presentador anunció que veríamos la exposición de cada uno de los fotógrafos, me puse tenso.

Empezaron a salir uno tras otro. Algunos iban impecables, otros más normales. Las fotografías estaban chulas, pero carecían de vida, de emoción.

Entonces lo oí.

—Maya Carrington, en representación de la Universidad Westwood.

Enseguida comenzaron los aplausos y silbidos.

Y entonces todo se paró.

Maya llevaba su cabello rizado suelto hacia un lado y pequeñas trenzas lo adornaban. Su vestido dorado, con forma de sirena, contrastaba con su piel de ébano e hizo que se me secara la garganta.

Joder, era preciosa.

Jodidamente preciosa.

—¿Te traigo un babero? —se burló Evan.

—Sí, por favor.

Evan y yo nos reímos.

Entonces Maya habló. Anunció que era un placer ser la representante de su universidad. No se trabó ni una sola vez. La pobre había estado hasta las tres de la mañana ensayando el discurso.

Menos mal que, cuando descansaba, me encargaba de aliviar su estrés.

—Y estas son mis obras.

Retiró el telón de una de ellas y vi que Luna casi lloró de la emoción.

Era ella.

Estaba suspendida en el aro, girando frente a unos enormes ventanales por los que la luz de la luna entraba a raudales. Tenía una expresión serena, tranquila. La luz hacía brillar su cabello y su piel, mientras un vestido oscuro caía desde su cuerpo como una cascada.

Era espectacular.

—Pienso pedirle esa foto a Maya... Joder —sentenció Asher.

Me reí.

Abajo ponía: «Serenidad». Le pegaba y había capturado toda la esencia de Luna.

La siguiente fotografía era de Avril y llevaba por título «Vida».

Aparecía descalza en mitad de un enorme campo de flores, con un vestido blanco que ondeaba con el viento. Llevaba puesto su aparato de oxígeno, con la cánula rodeando su rostro, pero aquello no impedía que estuviera riendo mientras alzaba la cara hacia el cielo, con el cabello completamente revuelto.

Joder.

Después de verla durante los últimos días tan débil, tan pálida y rodeada de médicos, aquella fotografía conseguía que solo pudiera fijarme en una cosa.

Avril estaba enferma.

Pero estaba viva.

Evan se puso ligeramente tenso y simplemente alzó el rostro, pero no dejó de mirar la fotografía de Avril con curiosidad.

Mientras tanto, Avril se sonaba la nariz de manera sonora porque sí, la mujer estaba llorando.




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