El olor ferroso de nueve cadáveres enfriándose sobre el tatami empapaba el aire templado del salón principal de los Saionji. Afuera, en los jardines interiores de la villa, el agua continuaba cayendo con una cadencia hipnótica desde las canaletas de bambú hacia los estanques de piedra, ajena por completo al terremoto de poder que acababa de quebrar la cúpula del crimen organizado en Tokio.
Dante no soltó a Kaia de inmediato. Mantuvo sus brazos enlazados a su cintura, sintiendo el latido acelerado de su corazón pegado a su propio pecho y la textura suave de la seda escarlata de su vestido bajo sus dedos ensangrentados. La punzada en su flanco izquierdo era un recordatorio constante de su propia mortalidad, pero tener la respiración cálida de ella contra su cuello actuaba como un escudo biológico que aplastaba el dolor.
Kaia se separó despacio, apenas unos centímetros. Sus ojos verde avellana brillaban con una lucidez implacable, escaneando el entorno con instinto táctico antes de detenerse en el rastro rojo que manchaba la camisa blanca de Dante.
—Te estás desangrando otra vez —dijo ella, con un tono cortante que intentaba camuflar el nudo que le cerraba la garganta—. El esfuerzo físico reabrió los puntos inferiores.
—He sobrevivido a cosas peores, fénix —respondió él, esbozando esa media sonrisa desafiante que a ella le revolvía las entrañas—. Lo que importa ahora no es mi camisa. Es lo que hay detrás de esa puerta corrediza.
Dante señaló con la cabeza hacia el pasillo trasero por donde el anciano patriarca Saionji había desaparecido momentos antes.
Kaia recogió del suelo la pistola de polímero que había arrebatado al guardia de Carmine, comprobó el cargador con un chasquido sordo y se colocó a la vanguardia.
—Saionji no corrió hacia la calle —analizó Kaia en voz baja, avanzando con paso felino sobre las esteras manchadas—. Los portones exteriores siguen cerrados y Kenji tiene los inhibidores de señal encendidos desde la furgoneta. Si el viejo intentó comunicarse con sus lugartenientes, solo escuchó estática. Fue a su santuario privado.
—A quemar los libros contables —concluyó Dante, siguiéndola a un paso de distancia, manteniendo su arma con silenciador lista a la altura de la cadera—. Con Carmine muerto y Chen sepultado, Saionji es el único que conserva los registros de los fideicomisos que lavaban el dinero de la Camorra en los bancos de Shinjuku. Si esos papeles se convierten en cenizas, nos quedamos con una corona vacía.
Cruzaron el corredor interior, donde las paredes de cedro oscuro estaban decoradas con grabados centenarios de batallas de samuráis y poemas funerarios. Al final del pasillo, una puerta corrediza de madera maciza con cerradura biométrica de última generación permanecía entreabierta unos milímetros. Un leve olor a papel chamuscado se filtraba por la rendija.
Kaia empujó la puerta de un empujón seco con la suela de su bota militar ligera, entrando en ángulo cerrado con el arma apuntando al frente.
El despacho privado de Saionji era una mezcla desconcertante de biblioteca tradicional y centro de mando financiero. En las paredes colgaban caligrafías antiguas junto a monitores de cotización bursátil que parpadeaban en silencio. En el centro de la estancia, arrodillado frente a un brasero de hierro fundido donde las llamas consumían legajos de documentos bancarios, el anciano patriarca intentaba arrojar una carpeta de cuero negro con manos temblorosas. Dos guardaespaldas de la Yakuza, con los trajes revueltos y sudor copioso en la frente, se interpusieron entre ellos desenvainando espadas cortas wakizashi.
—¡Atrás! —gritó Saionji en japonés, con la voz rota por el pánico—. ¡Este es suelo sagrado del clan! ¡No tienen derecho a profanar esta casa!
Kaia no dudó. Sin alterar el ritmo de su avance, disparó dos veces con una frialdad matemática: el primer proyectil atravesó el hombro del guardia de la derecha, arrojándolo contra una estantería de pergaminos; el segundo perforó la rodilla del otro escolta, haciéndolo caer de rodillas con un aullido sofocado por la alfombra densa.
Dante entró detrás de ella, se acercó al brasero con dos zancadas pesadas y pisó el borde del recipiente de hierro, volcándolo hacia adelante. Las brasas rodaron sobre las losas de piedra del suelo, apagándose al instante, mientras la bota de Dante atrapaba la carpeta de cuero negro milímetros antes de que el fuego la devorara.
Se inclinó, recogió el dossier chamuscado y lo arrojó sobre el escritorio de caoba frente a Saionji.
—Buenas noches, señor Saionji —dijo Dante en un japonés impecable, con una voz profunda que hizo temblar las sienes del anciano—. Creo que su socio de Nápoles olvidó mencionar que las deudas de sangre se pagan antes de cerrar el balance contable.
El patriarca japonés levantó la vista, desorbitado. Miró el traje ensangrentado de Dante, la frialdad asesina en el rostro de Kaia y comprendió que el orden que había regido los bajos fondos de Kanto durante los últimos treinta años acababa de ser decapitado en su propio salón de té.
—Vane-san... —balbuceó el anciano, postrándose sobre el tatami con la frente casi tocando el suelo, en un gesto desesperado de sumisión ancestral—. Fue un engaño de Don Carmine. Él nos aseguró que la familia en Nápoles había decidido renovar el liderazgo del Pacífico. Nos amenazó con cortar las líneas de crédito en Suiza y Hong Kong si no aceptábamos su mediación.
Kaia se acercó al escritorio, rodeó la mesa con lentitud deliberada y se apoyó contra el borde de madera, cruzando los brazos. Su vestido rojo, rasgado en el muslo por la acción del combate, contrastaba con la severidad sombría del despacho. En sus labios se dibujó una mueca de desprecio absoluto.