Amor Peligroso

Capítulo 36: El festín de los emperadores

El silencio posterior a la capitulación de Nápoles se asentó sobre la fortaleza de Pulau Laut como una marea tibia y reconfortante. En el gran salón suspendido sobre el abismo del acantilado, las pantallas satelitales que habían transmitido el sometimiento del viejo consejo italiano permanecían apagadas; únicamente los ledes tenues de las consolas auxiliares y la luna menguante que bañaba el océano infinito quebraban la penumbra de basalto y cristal.

Dante no había soltado a Kaia.

Mantenía sus brazos cerrados alrededor de su cintura, sosteniéndola firme contra su pecho mientras sentía cómo el ritmo cardíaco de ambos se acompasaba tras la tensión del golpe final. Sus dedos enguantados en seda acariciaban la piel desnuda de la espalda de ella, trazando con veneración callada la línea de las costillas y la silueta del omóplato que la metralla de Cotai había marcado como testimonio de su renacimiento.

Kaia alzó el rostro despacio, deslizando sus manos por los hombros anchos de Dante hasta enredar sus dedos en el cuello de su camisa de seda negra. Sus ojos verde avellana brillaban con una intensidad despojada de sombras tácticas; la letalidad de «Ghost» no había desaparecido, pero en los brazos de Dante esa fuerza se transformaba en una entrega pura, apasionada e indestructible.

—Durante cuatro años esperé este día —susurró ella, sintiendo la vibración del pecho de él contra sus palmas—. Soñé con el momento en que los patriarcas, los intermediarios y los asesinos que nos dieron por muertos tuvieran que inclinarse o pagar con sangre. Pero nunca imaginé que la victoria se sentiría tan... silenciosa.

Dante bajó la cabeza hasta rozar con sus labios la comisura de la boca de Kaia, aspirando el aroma a jazmín, piel viva y la pólvora distante que siempre formaría parte de su respiración compartida.

—La verdadera victoria no necesita fanfarrias, fénix —dijo él con su voz cavernosa y ronca, acariciando la mandíbula firme de ella con el pulgar—. La verdadera victoria es estar aquí, vivos, de pie, mientras los que tejieron la red están bajo tierra o esperando nuestras órdenes para respirar. No hay un solo rincón en este mar que no responda a tu nombre.

Kaia entreabrió los labios y lo besó. Fue un beso lento, hondo y posesivo, cargado del alivio monumental de quien sabe que la última batalla exterior ha concluido con una rendición absoluta. Dante gimió sordamente contra su boca, apretándola contra su cuerpo con una intensidad feroz, recordándole sobre la piel que el imperio no valía nada sin la mujer que lo coronaba a su lado.

La compuerta neumática del salón se abrió con un murmullo amortiguado.

Kenji entró con paso mesurado, sosteniendo una carpeta de titanio pulido con el sello en relieve de Vane-Thorne Global. Se detuvo a tres metros de la pareja, con la compostura impecable de quien ha servido como brazo ejecutor en la forja de una dinastía.

Kaia y Dante se separaron con deliberada calma, sin soltar sus manos entrelazadas. El zafiro birmano en el dedo anular de ella resplandeció bajo el haz de luz cenital.

—Informe de consolidación general, señor Vane, señora Thorne —anunció Kenji, inclinando la cabeza con solemnidad—. Las terminales aduaneras de Nápoles, Génova y Gioia Tauro acaban de cargar los nuevos protocolos fiduciarios. El doce por ciento fijado a las familias de Campania ya fue descontado; el remanente de las operaciones europeas, un total de setenta y dos millones de euros en la primera liquidación mensual, está ingresando en las bóvedas de Singapur.

Dante asintió con un leve movimiento de mentón.

—¿Y las rutas del Pacífico?

—Sin una sola fluctuación hostil —prosiguió el lugarteniente—. Madam Chiyo asumió el control civil y comercial de las terminales de ferry de Hokkaido y la distribución en Kanto; los clanes de Taipéi completaron el censo de cargueros bajo la supervisión de Mei-Ling Chen en el canal de Bashi. Las Tríadas de Hong Kong remitieron el acta de conformidad firmada por Chen Long. En este momento, no existe una sola ruta marítima o red de suministro sintético entre Yokohama y el estrecho de Malaca que no opere bajo la bandera de V-T Global.

Kaia dio un paso al frente, apoyando una mano en el hombro de Dante mientras miraba la pantalla de la carpeta que Kenji sostenía.

—¿Algún indicio de movimientos residuales de la gente de Karpov en Vladivostok? —preguntó ella con precisión analítica.

—Ninguno, señora —respondió Kenji con una sonrisa casi imperceptible—. La muerte de Aleksandr Karpov en la Gromov y el naufragio de su nave insignia causaron la desbandada total de la oficialidad en el Báltico y el Amur. Los tres coroneles de Jabárovsk solicitaron acogerse al programa de suministro de combustible de Tokio a cambio de neutralidad perpetua. La Sindicatura del Amur ha dejado de existir como fuerza militar.

Dante deslizó su brazo izquierdo alrededor de los hombros de Kaia, atrayéndola contra su costado con un orgullo salvaje que desbordaba su habitual contención.

—Buen trabajo, Kenji —dijo Dante, su tono templado pero cargado de una autoridad definitiva—. Cancela los turnos dobles de la guardia en los riscos. Que el destacamento mantenga la vigilancia de rutina en los radares pasivos, pero autoriza descanso general para las tripulaciones del Acheron y la base. Esta noche nadie monta guardia de guerra en Pulau Laut.

—Entendido, señor Vane. Buenas noches, señora Thorne.




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