Amor Peligroso

Capítulo 25: El archipiélago de cristal

El compás bronco de las turbinas hidrojet del Acheron vibraba en las entrañas de la nave mientras la costa de Macao se desvanecía en la penumbra. El delta del río Perla, con sus aguas densas de fango, combustible y recuerdos calcinados, quedaba atrás como una pesadilla consumada. Hacia el sur-sureste, el mar de la China Meridional se abría bajo una bóveda celeste de terciopelo azul profundo, limpia de tormentas por primera vez en días, salpicada por un manto frío de estrellas que se reflejaba sobre el lomo liso del agua.

En la enfermería de cubierta intermedia, el olor a antiséptico y titanio sustituía al azufre de los torpedos.

El cirujano naval de Madam Chiyo limpiaba con gasas empapadas en clorhexidina la zona lumbar y el costado izquierdo de Dante. La herida abierta en la plataforma de Sagami y castigada en la residencia de los Saionji había resistido el embate submarino, pero el esfuerzo de la escalada en la esclusa había arrancado dos puntos de la capa dérmica superficial, dejando una línea carmesí que manchaba la piel tensa del torso del mafioso.

Dante permanecía sentado en el borde de la camilla metálica con los codos apoyados en los muslos y las manos entrelazadas. Su respiración era lenta, controlada, una disciplina de hierro aprendida en los callejones de Nápoles donde mostrar un gesto de dolor equivalía a firmar la propia sentencia de muerte. El corsé de carbono yacía sobre una banqueta auxiliar, doblado y cubierto de salitre seco.

—La pared muscular aguantó el impacto de la onda de choque, señor Vane —dijo el médico, anudando un hilo reabsorbible con un tirón seco que apenas provocó una contracción en la mandíbula de Dante—. Pero el tejido circundante está al límite de la tolerancia biológica. Si no guarda al menos veinticuatro horas de inmovilidad relativa en aguas tranquilas, no habrá sutura en Asia capaz de evitar una hernia traumática.

Kaia estaba de pie junto al mamparo estanco, con los brazos cruzados y la espalda apoyada contra el marco de acero.

Se había despojado de los restos desgarrados del vestido de satén negro de Macao. Ahora vestía unos pantalones de faena militar en tono gris marengo, ceñidos con un cinturón táctico de liberación rápida, y una camiseta sin mangas de algodón negro que dejaba al descubierto sus hombros torneados y la cicatriz pálida que le cruzaba la clavícula derecha. Con una toalla húmeda se había quitado el hollín del rostro, revelando la pureza afilada de sus pómulos y esa mirada verde avellana que parecía analizar cada átomo de aire en la habitación.

—El doctor tiene razón por una vez, Vane —dijo Kaia, su tono seco cargado de esa ironía afilada que utilizaba como escudo cuando la preocupación amenazaba con desarmarla—. Déjate vendar y quédate quieto antes de que tenga que atarte a esa camilla yo misma.

Dante alzó despacio la cabeza. La luz halógena cenital esculpía las sombras duras de su rostro: las ojeras tenues del combate continuo, la barba de tres días que sombreaba su mandíbula y esos ojos grises que ardían con una intensidad implacable, capaces de despojarla de cualquier certeza en un segundo.

—¿Tú atarme a mí, fénix? —murmuró él, con su voz cavernosa y ronca llenando el habitáculo—. Me gustaría ver cómo lo intentas sin terminar en el suelo debajo de mí.

El médico cortó el hilo con una tijera quirúrgica, aplicó un vendaje compresivo impermeable de última generación sobre la herida y se apresuró a recoger sus bandejas de acero con un tintineo nervioso.

—Terminé, señor. El tratamiento antibiótico está en el gotero auxiliar del camarote principal.

—Fuera —ordenó Dante sin apartar la vista de Kaia.

El cirujano asintió en silencio y abandonó la estancia con paso rápido, cerrando la compuerta tras de sí con un chasquido hermético que selló la atmósfera en una intimidad densa, cargada de una electricidad casi palpable.

Kaia no se movió de su posición junto a la puerta. Sostuvo la mirada de Dante mientras él se ponía de pie con una lentitud deliberada, desafiando la gravedad y el dolor con esa arrogancia salvaje que formaba parte indisociable de su naturaleza. Avanzó descalzo sobre el piso antideslizante, con el torso desnudo cruzado por el vendaje blanco impecable, deteniéndose a menos de un palmo de ella.

El calor que irradiaba su cuerpo envolvía a Kaia como una marea caliente. La cercanía inmediata anulaba cualquier intento de distancia profesional. Dante levantó su mano derecha, áspera y pesada, y apoyó la palma contra el mamparo, justo al lado de la cabeza de ella, inclinándose hasta que su aliento a café amargo y tabaco rozó la piel de su cuello.

—El Knyaz Vladimir se está pudriendo en el fango de Zhuhai —susurró Dante, su voz bajando a un registro tan íntimo que vibró en el pecho de Kaia—. Moretti está en una bolsa negra camino a Lombardía. Y la Sindicatura de Vladivostok acaba de perder sus dientes en el delta. ¿Qué más necesitas para dejar de mirar esa puerta como si esperaras que entre un pelotón de fusilamiento?

Kaia levantó la barbilla, sosteniéndole el desafío a escasos milímetros de sus labios. Con una mano firme, se apoyó sobre el pectoral de él, sintiendo la cicatriz antigua que le cruzaba la piel y el latido poderoso, constante y obstinado de su corazón.

—Necesito que entiendas que la guerra no termina porque hayamos ganado tres batallas, Dante —respondió ella, con los labios casi rozando la comisura de la boca de él—. Vorontsov sigue vivo. Escapó en ese hidrodeslizador hacia el mar abierto. Si llega a la base naval rusa en Hainan o si logra contactar con los remanentes de la flota de Vladivostok, no va a enviar matones de segunda categoría; enviará un submarino de ataque o un escuadrón de interdicción aérea.




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