Amor Peligroso

Capítulo 32: La corona de espinas en el Mar del Sur

El mar de Natuna amaneció de un color plomo aceitoso, liso como una plancha de acero templado bajo un cielo sin una sola nube. A pesar de la quietud aparente del trópico, el barómetro del búnker marcaba una caída abrupta de la presión atmosférica: un tifón de baja intensidad se formaba a cuatrocientas millas al este, sobre las aguas abisales de Célebes, empujando una marejada sorda que hacía retumbar los arcos de basalto de la caverna submarina de Pulau Laut.

En el nivel dos del complejo, la sala de telecomunicaciones operaba con el zumbido metálico de las antenas parabólicas orientadas a la constelación de satélites militares rusos que Kaia había pirateado tras la caída de Vorontsov.

Kaia estaba inclinada sobre la consola principal. Llevaba una chaqueta de campaña en color arena con las mangas enrolladas hasta los codos, pantalones oscuros de corte paramilitar y botas de cuero flexibles. En su mano izquierda, el zafiro birmano destellaba con un azul eléctrico cada vez que sus dedos rozaban el teclado mecánico. El cabello oscuro, cortado a la altura de la mandíbula, caía en mechones lisos que no lograban ocultar la frialdad concentrada de su mirada.

Dante entró en la sala con una taza de café solo en una mano y una carpeta de piel cruda bajo el brazo derecho. Vestía una camisa de popelina negra abierta en la garganta y pantalones de lino oscuro. Aunque la herida del flanco ya no requería vendajes pesados, una delgada cicatriz blanquecina —recuerdo de la bayoneta de Marcus en la fosa de Sagami— asomaba apenas por encima del cinturón. Su presencia llenaba la estancia con esa densidad física que precedía a las tormentas.

Dejó la taza humeante junto al teclado de Kaia y apoyó una mano sobre su hombro, apretando el músculo firme con una presión deliberada que la ancló a la realidad táctica.

—¿Qué escupieron las líneas de Vladivostok? —preguntó Dante, su voz rasposa todavía marcada por el silencio de la noche compartida.

Kaia alzó la vista despacio. Sus pupilas verdes se dilataron un instante al encontrarse con los ojos grises del mafioso, absorbiendo su cercanía antes de señalar un mapa térmico tridimensional que rotaba en el monitor principal.

—El vacío de poder no dura veinticuatro horas en este negocio, Dante —dijo ella, con un tono clínico que intentaba camuflar el veneno que le subía por la garganta—. La muerte de Vorontsov en Da Nang y la pérdida del Borealis no disolvieron a la Sindicatura del Amur; solo descabezaron a su facción exterior. Esta mañana a las cuatro, los tres coroneles retirados que controlan los silos de combustible en Jabárovsk nombraron a un nuevo síndico plenipotenciario.

Dante entrecerró los ojos, clavando la vista en las coordenadas cifradas que parpadeaban en rojo sobre la península de Kamchatka.

—Nombres —exigió él con una calma gélida.

—Aleksandr Karpov —respondió Kaia, arrastrando cada sílaba como si estuviera cortando metal con una cizalla—. El hermano menor del almirante que protegía a mi madre en San Petersburgo. Un perro de presa de la vieja escuela del KGB que pasó los últimos diez años administrando el tráfico de armas pesadas entre Vladivostok y el golfo Pérsico. No es un burócrata como Vorontsov. Karpov no negocia rutas en hoteles coloniales; él hunde buques para recordar quién manda en el agua.

Dante soltó una risa seca, un chasquido breve que retumbó en las paredes de hormigón. Deslizó su mano desde el hombro de Kaia hasta su nuca, enredando los dedos en el pelo corto y tirando de ella hacia atrás con esa posesividad de hierro que a ella le encendía la sangre. Se inclinó sobre su rostro hasta que sus labios casi rozaron la pequeña cicatriz bajo su ojo izquierdo.

—Vorontsov decía lo mismo en el canal de Hengqin antes de que le metiéramos dos torpedos por la popa —murmuró Dante, su aliento caliente envolviéndola—. Tu madre creía que con cien millones de dólares y un par de jueces británicos podía convertirnos en cenizas. Están todos bajo tierra, fénix. Si Karpov quiere salir del hielo de Siberia para disputarnos este canal, le ahorraremos el combustible del viaje de regreso.

Kaia no retrocedió. Apoyó la palma sobre el esternón de Dante, sintiendo el latido sordo, implacable y seguro de su corazón. El contacto con ese cuerpo que había aprendido a resistir el fuego la devolvió a su eje: ya no eran los fugitivos hambrientos de Yokohama; eran los soberanos de una telaraña que estrangulaba las finanzas de dos continentes.

—Karpov no viene en un petrolero oxidado, Dante —advirtió ella, aunque una sonrisa despiadada asomó en la comisura de sus labios—. Activó dos fragatas ligeras de la clase Steregushchiy que el consorcio ruso compró como chatarra militar y rearmó en astilleros no declarados de Sajalín. Están navegando hacia el estrecho de Luzón. Quieren bloquear la salida de las barcazas de Mei-Ling Chen hacia el Pacífico abierto.

—No van a bloquear nada —cortó una voz mesurada desde la puerta de la sala.

Kenji avanzó dos pasos sobre el piso técnico, sosteniendo una tableta reforzada con la carcasa arañada por el salitre.

—Señor Vane, señora Thorne. Madam Chiyo estableció contacto directo desde la terminal segura de Shinjuku. Los clanes de Tokio completaron la compra de los bonos de deuda soberana de la provincia de Primorie. Tenemos el control legal de las terminales de carga férrea que abastecen las bases de Karpov en el puerto de Vostochny. Si el señor Vane da la orden, Tokio corta el suministro de diésel a sus astilleros en tres horas.

Dante soltó la nuca de Kaia con una lentitud calculada, girándose hacia el lugarteniente japonés con la prestancia de un general de campo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.