Amor Peligroso

Epílogo: Cenizas sobre el agua

Dos años después de la caída de la Gromov en el arrecife de Bashi, el nombre de Marcus Thorne era una referencia borrosa en los informes desclasificados de la policía marítima de Macao.

En los archivos oficiales de Interpol en Lyon, el expediente sobre el atentado del puente de Cotai figuraba sellado bajo la etiqueta de «caso cerrado sin supervivientes identificados». Cuatrocientos doce millones de dólares se habían diluido en fundaciones fiduciarias de Vaduz y Singapur; las viejas familias de la Camorra en Campania cobraban puntualmente sus porcentajes de distribución sin atreverse a enviar emisarios al este del canal de Suez; y los astilleros del río Amur operaban bajo la supervisión distante y rigurosa de las oficinas de Tokio.

Nadie buscaba a dos fantasmas que el mundo creía sepultados en el lecho fangoso del río Perla.

En el extremo sur de la bahía de Victoria, en Hong Kong, una lancha de madera tradicional de pasajeros amarró junto al muelle flotante de Aberdeen al caer la tarde.

Entre los pescadores locales y los turistas que fotografiaban los barcos de neón flotantes, un hombre y una mujer descendieron con paso sereno.

Él vestía un traje ligero de lino azul marino sin corbata, con el cuello de la camisa entreabierto. Caminaba con la cadencia pesada y elástica de quien domina cada palmo del terreno sin necesidad de exhibir armas, llevando la mano derecha metida en el bolsillo del pantalón y la izquierda entrelazada firmemente con la de su acompañante.

Ella llevaba un vestido midi de seda gris humo, gafas oscuras de carey que ocultaban parcialmente la línea afilada de sus pómulos y un sombrero de ala ancha que protegía su piel del resplandor del atardecer cantones. En el dedo anular de su mano izquierda, el anillo de platino y zafiro birmano reposaba discreto contra su piel, visible únicamente para quien supiera buscar la marca de una dinastía extinguida.

Se detuvieron al final del espigón de piedra, donde el canal de navegación se abría hacia las aguas profundas del delta.

A lo lejos, recortada contra el cielo cobrizo, la silueta del puente de Cotai unía las orillas como una cicatriz de hormigón sobre el agua. Los pilares nuevos, reconstruidos tras la demolición de la sección colapsada, lucían limpios bajo las luces amarillas del tráfico vespertino.

Kaia se quitó las gafas oscuras despacio. Sus ojos verde avellana contemplaron el pilar número siete, el punto exacto donde cuatro años atrás su sangre y la de Dante se habían mezclado con el combustible en llamas. La brisa del delta agitó los mechones sueltos de su cabello oscuro, rozándole la cicatriz bajo el párpado izquierdo.

No había dolor en su rostro, ni la rabia homicida que durante cuarenta capítulos había guiado cada uno de sus disparos. Solo quedaba la quietud gélida de una reina que contempla una tumba ajena.

Dante se colocó detrás de ella, envolviéndola con su brazo y apoyando el pecho contra su espalda. Inclinó la cabeza hasta rozar su mejilla con la aspereza de su mandíbula, aspirando el perfume a jazmín y salitre que el viento traía desde el mar abierto.

—¿Sigue ardiendo? —preguntó él en un susurro bajo, su voz cavernosa fundiéndose con el rumor de las barcazas.

Kaia alzó la mano izquierda, apoyando los dedos sobre el dorso de la mano de Dante que descansaba en su vientre. Sintió el latido firme y arrogante de su corazón contra su espalda, el ancla indestructible que la había sostenido a través de cada trasteo, cada tiroteo y cada abismo.

—Ya no arde, Dante —respondió ella, una media sonrisa tenue y hermosa curvando sus labios—. El río se llevó a los muertos. Se llevó a Marcus, a Helena, a Carmine y a la niña que creía en las promesas de la familia.

Dante deslizó sus dedos por la cintura de ella, atrayéndola un milímetro más contra su cuerpo, con esa posesividad indomable que el tiempo no hacía más que afianzar.

—¿Y qué quedó en este río, fénix?

Kaia giró el rostro hacia él. Sus miradas se encontraron con la misma electricidad salvaje que había desafiado al plomo en Tokio, Singapur y Luzón.

—Quedamos nosotros —susurró ella, alzando la mano para acariciar la mandíbula del capo—. Dos sobrevivientes que le arrancaron un imperio a las sombras.

Dante sonrió con esa arrogancia oscura que ella conocía mejor que nadie en este mundo. Se inclinó y capturó sus labios en un beso pausado, profundo y eterno, sellando su presencia en la misma orilla que una vez intentó devorarlos.

A sus espaldas, ajeno a los dos monarcas invisibles que gobernaban sus rutas desde las sombras de Natuna, el tráfico de Hong Kong continuaba su curso sobre el puente reconstruido, ignorando que el amor más peligroso de Asia caminaba libre sobre sus cenizas.
FIN.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.