El olor a combustible pesado, pescado en salmuera y algas descompuestas envolvía el fondeadero clandestino de Wangan. Los cuatro pesqueros de altura formaban una herradura de acero oxidado alrededor del Acheron, bloqueando cualquier línea de tiro desde el mar abierto y convirtiendo la ensenada en una trinchera flotante. Arriba, las paredes verticales de basalto negro goteaban bajo la llovizna incesante, elevándose cincuenta metros hacia un cielo plomizo que borraba las estrellas.
Dante y Kaia cruzaron la pasarela metálica que unía el yate con el puente de mando del pesquero insignia, el Dragón de Jade. El piso enrejado vibraba con el compás bronco del motor diésel de seis cilindros que roncaba en las entrañas de la nave. Una docena de marineros con rostros curtidos por el sol y la pólvora, armados con fusiles Tipo 56 y machetes de faena atados al muslo, formaban dos hileras silenciosas. Sus miradas no mostraban curiosidad; eran los ojos vacíos de quienes han tirado demasiados cuerpos por la borda como para asombrarse de dos forasteros ensangrentados.
Al final de la pasarela, bajo el techo voladizo de la timonera, Mei-Ling Chen arrojó la colilla de su cigarrillo a las aguas aceitosas.
La mujer no se movió. Tenía la piel curtida como cuero de buey, los pómulos anchos marcados por una cicatriz que le nacía en la oreja izquierda y unos ojos oscuros, casi rasgados, que examinaron a Dante de pies a cabeza antes de detenerse, con una lentitud calculada, en Kaia Thorne.
—Vane —dijo Mei-Ling, con una voz arenosa, teñida por el dialecto áspero de los clanes de Fujian—. Pareces un perro apaleado en un callejón de Nápoles. Los informes decían que te habían desangrado en Daikoku Futo.
—Los informes de la policía siempre son exagerados, Mei-Ling —respondió Dante, dando un paso al frente sin vacilar, a pesar de que el vendaje en su costado ardía como una plancha al rojo vivo tras la tensión del abordaje—. Y los hombres que me querían muerto ya están alimentando a las carpas de los Saionji en Tokio.
Mei-Ling soltó una carcajada seca, desprovista de humor, que sonó como el chasquido de dos piedras chocando entre sí. Luego, clavó la vista en Kaia. La observó con la insolencia propia de una corsaria que domina las aguas de Penghu desde hace dos décadas.
—Así que tú eres la que llaman «Ghost» —dijo la contrabandista, dando dos pasos pesados con sus botas de caucho amarillo—. La hija del ruso que usó a mi hermano Chen como escudo humano en Shinjuku.
Kaia no parpadeó. Su postura era la de un resorte comprimido: los pies afirmados sobre la chapa húmeda, el peso repartido en equilibrio perfecto y la mano derecha apoyada casualmente sobre la cadera, a dos centímetros del seguro de su pistola oculta. Sus ojos verdes sostuvieron el desafío sin ceder un milímetro.
—Marcus Thorne era mi padre, pero no mi dueño —replicó Kaia, con un tono glacial que resonó sobre el rumor de las bombas de achique—. Y si buscas al responsable de la muerte de tu hermano, mira hacia el sur, hacia Taipéi. Fue Lin Tao quien le vendió los manifiestos de carga a Renzo Bianchi para organizar la masacre en el Club Ouroboros. Tu hermano murió porque confió en intermediarios baratos.
Un murmullo tenso recorrió la cubierta. Dos de los tiradores de Mei-Ling tensaron los dedos sobre los gatillos de sus fusiles chinos.
Dante se movió medio paso en diagonal, colocándose sutilmente entre Kaia y los tiradores, con una mano dentro del abrigo, listo para abrir fuego a quemarropa si la conversación cambiaba de tono. La atmósfera era una mecha corta encendida junto a un barril de pólvora.
Mei-Ling levantó una mano huesuda, callando a sus hombres al instante. En sus ojos brilló un destello de respeto salvaje: le gustaban las mujeres que no temblaban ante las bocas de fuego.
—Lin Tao cometió el error de creer que por tener tres lanchas rápidas y el favor de los bancos de Taiwán podía ponerle peaje a mis redes —dijo Mei-Ling, escupiendo al suelo—. Escapó de la emboscada como una rata asustada. Su patrullera entró hace veinte minutos en la dársena militar de Magong, a seis millas al norte de aquí. Está atrincherado en los almacenes frigoríficos de la terminal tres. Tiene cincuenta hombres de los Tigres de Bambú y dos nidos de ametralladoras pesadas cubriendo el muelle.
—Magong es una ratonera si se corta el puente de acceso con la isla principal —analizó Kaia de inmediato, su cerebro táctico trazando el plano de la bahía sin necesidad de mirar una pantalla—. Los frigoríficos tienen generadores independientes, pero dependen del transformador industrial de la subestación portuaria. Si cortamos la luz, las puertas neumáticas de los almacenes se bloquean por protocolo de seguridad.
Dante giró la cabeza hacia Kaia, y en sus ojos grises se encendió esa admiración oscura y voraz que nunca podía ocultar cuando la veía operar. La inteligencia letal de Kaia era su mejor arma, el fuego que lo había devorado cuatro años atrás y que ahora volvía a encenderse en medio del mar de Formosa.
—¿Puedes hackear la red de la subestación desde el Acheron? —le preguntó Dante, bajando la voz a ese registro grave y confidencial que solo le pertenecía a ella.
—Necesito una conexión física al repetidor de microondas del faro de Yuwengdao —respondió ella, sin apartar la mirada de la de él, sintiendo la fricción eléctrica de su cercanía—. Ese faro domina la entrada a Magong. Si Kenji me pone al pie de la torre, en cinco minutos dejo a ciegas toda la dársena. Sin radares, sin cámaras y sin luces perimetrales.