Las llamas que consumían la superestructura del Borealis proyectaban un fulgor cobrizo sobre las aguas aceitosas de la rada de Da Nang. El fuego trepaba por los mamparos del tercer nivel, alimentado por el combustible de los generadores auxiliares y los documentos que ardían en el camarote del armador, convirtiendo el buque de la Bratva en una pira flotante contra el telón sombrío de la península de Son Tra.
En la plataforma de baño de popa del Acheron, el agua marina escurría por el neopreno oscuro del traje de Kaia mientras Dante aseguraba la escala de abordaje con un golpe seco de talón.
El silencio de la madrugada en el mar de Indochina solo era quebrado por el crepitar distante del metal calcinado y el zumbido constante de los hidrojet del megayate, listos para propulsar la nave hacia el santuario de las aguas internacionales.
Kaia se quitó la capucha técnica con ambas manos. Su cabello negro, empapado en salitre y sudor, cayó en hebras húmedas sobre sus pómulos afilados. Su respiración, pesada y rítmica, se mezclaba con el aire espeso del golfo de Tonkín. No había temblor en sus dedos al desprenderse el arnés de combate; solo la calma sobrecogedora de quien acaba de ver cerrarse la última herida abierta del pasado. Vorontsov estaba muerto; Marcus descansaba bajo cuarenta metros de fango en la fosa de Sagami; Helena yacía con una bala en la frente en su palacio de cristal en The Peak; y Carmine Vane se pudría en un nicho de Tokio.
El complot que había destrozado sus vidas cuatro años atrás en el puente de Cotai había dejado de ser una amenaza activa para convertirse en una montaña de cenizas.
Dante se detuvo detrás de ella. Se despojó del chaleco balístico modular, arrojándolo al compartimento de estiba con un chasquido sordo. La camiseta de tirantes que cubría su torso estaba pegada a su piel por la humedad, y el vendaje compresivo sobre su costado izquierdo comenzaba a aflojarse, pero el dolor muscular era un eco insignificante frente a la marejada de adrenalina que todavía le quemaba los tendones.
Colocó ambas manos con firmeza sobre los hombros de Kaia, atrayéndola despacio hacia su pecho. El contacto fue una descarga térmica directa: la calidez de su cuerpo macizo actuó como un disolvente contra la tensión residual de la mujer.
—Míralo arder, fénix —dijo Dante en un susurro grave, su voz rozando la curva de su cuello—. Esta vez el fuego no es para nosotros. Esta vez el fuego es para ellos.
Kaia inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el hombro sólido de Dante, clavando sus ojos verde avellana en la silueta en llamas del petrolero ruso. Por primera vez en cuatro años de supervivencia clandestina, de identidades falsas y de noches en vela con una pistola cargada bajo la almohada, el aire que entraba en sus pulmones no sabía a pólvora prestada; sabía a libertad absoluta y a conquista.
—Durante cuatro años pensé que la muerte era lo único que nos esperaba al final del camino, Dante —murmuró ella, sintiendo cómo los dedos grandes de él se deslizaban por sus brazos hasta entrelazarse con los suyos sobre su vientre—. Creí que si lograba arrancarle los ojos a mi padre y destripar a los traidores de Macao, no quedaría nada de mí. Solo un cascarón vacío llamado Ghost.
Dante apretó el agarre de sus manos, pegándola con fuerza posesiva contra su anatomía, borrando cualquier duda con la contundencia de su sola presencia.
—Nunca fuiste un cascarón vacío, Kaia —respondió él, su boca descendiendo hasta la pequeña cicatriz bajo su ojo izquierdo, besando la marca con una devoción oscura y salvaje que la hizo estremecer hasta la médula—. Fuiste la reina que me mantuvo con vida en Tokio mientras este maldito continente intentaba aplastarme. Si resucitamos de ese río... no fue para reinar sobre cadáveres. Fue para construir nuestro propio imperio sin pedirle permiso a ningún patriarca de Europa ni a ningún señor de la guerra en Asia.
Kaia se giró lentamente entre sus brazos. Sus manos subieron con determinación por el pecho desnudo y marcado de Dante, acariciando la línea del vendaje hasta rodearle el cuello. Sus rostros quedaron a un milímetro de distancia, con la luz dorada del incendio reflejándose en sus pupilas dilatadas.
—No habrá más familias que nos dicten las órdenes, Dante —susurró ella, sus labios rozando los de él con una mezcla adictiva de ternura áspera y desafío voraz—. No habrá más consejos en Nápoles, ni Tríadas en Hong Kong, ni sindicatos en Vladivostok. Tú y yo somos la única ley en estas aguas.
—Tú y yo, fénix —sentenció él con una calma implacable—. Quien intente tocar este trono... terminará en el fondo del mar como los demás.
Dante atrapó su boca en un beso voraz, hondo y dominante que consumió las últimas sombras de la cacería. Kaia gimió contra sus labios, abriéndose a él con una pasión desatada que llevaba semanas contenida bajo el rigor del combate táctico. Las manos de Dante bajaron por su cintura, amoldando las caderas de la mujer contra su cuerpo con una intensidad feroz que desafiaba el cansancio de la carne, levantándola unos centímetros de la cubierta de teca mientras la devoraba con el hambre de quien sabe que la tormenta ha pasado y el botín es absoluto.
La voz mesurada de Kenji llegó desde el intercomunicador de cubierta:
—Señor Vane, señora Thorne. La capitanía de Da Nang activó las sirenas de emergencia y dos patrulleras de la marina vietnamita acaban de zarpar del muelle fluvial hacia la rada. Tenemos seis minutos antes de que el cerco naval alcance las tres millas.