Amor Peligroso

Capítulo 24: Cenizas en la esclusa de Hengqin

La columna de humo negro y espeso del Knyaz Vladimir ascendía pesadamente hacia el cielo del delta, tiñendo las nubes bajas con un resplandor naranja macabro. En el canal de Hengqin, el olor a gasóleo quemado y fango removido por la detonación de los torpedos saturaba la brisa húmeda que soplaba desde el mar abierto.

El sumergible Gavia se mecía sobre el reflujo de las aguas aceitosas, arrastrado lentamente hacia la dársena de servicio donde Kenji mantenía la compuerta metálica auxiliar abierta.

Dante bajó a Kaia al suelo de la cubierta con deliberada parsimonia, sin soltarle las caderas. Sus miradas permanecían trabadas en un pulso mudo de adrenalina y desafío. El agua salada le escurría por las sienes a Dante, bajando por la línea dura de su mandíbula hasta perderse en el cuello desgarrado de su camisa negra de esmoquin. Debajo de la tela húmeda, el corsé de carbono crujía levemente con cada respiración honda, recordándole el tributo de dolor que su cuerpo pagaba por mantenerse en pie; sin embargo, en sus facciones esculpidas no había rastro de agotamiento, solo la complacencia fría y depredadora del estratega que acaba de neutralizar una emboscada con un golpe quirúrgico.

—Kenji tiene la rampa lista —dijo Kaia, su voz apenas un susurro firme que desafiaba el crepitar de las llamas a lo lejos—. El fuego del buque ruso va a alertar a la capitanía de puerto de Zhuhai en menos de cinco minutos. La marina china no tardará en desplegar patrulleras rápidas en este cuadrante.

—Que vengan —respondió Dante con voz baja y cavernosa, deslizando una mano enguantada por la curva de su mandíbula hasta rozar con el pulgar la cicatriz bajo su ojo izquierdo—. El Knyaz Vladimir está encallado en el banco de fango y los registros de navegación los vinculan a un ataque con armamento pesado no declarado en territorio civil. No intervendrán por ellos. Zhuhai cerrará el canal para investigar un sabotaje industrial y nosotros ya habremos cruzado la frontera interior.

Kaia alzó la vista hacia la estructura de la esclusa. Ajustó el fusil táctico a su espalda con un movimiento seco de hombro y tomó con la mano izquierda el contenedor estanco de fibra de carbono que guardaba los discos sustraídos del laboratorio de Kawasaki. El peso de ese cilindro de titanio equivalía a la soberanía absoluta sobre los corredores biológicos y las rutas financieras de la Camorra en Asia. Cuatro años atrás, en las noches asfixiantes de Singapur y en las mesas de juego de Cotai, ambos habían perseguido sombras dictadas por Marcus Thorne y Carmine Vane. Ahora, los fantasmas que los gobernaban yacían bajo tierra o sepultados en el fondo del mar, y lo que quedaba sobre el tablero era una arquitectura de poder forjada exclusivamente con sus propias manos.

Dante la guio hacia la proa del minisubmarino. De un salto preciso sobre la pasarela de servicio de hormigón, afianzó sus botas en tierra firme y se giró para recibir a Kaia. La tomó por la cintura en el aire, absorbiendo su peso contra su pecho con una firmeza que no admitía vacilaciones. Por una fracción de segundo, la fricción entre la seda rasgada del vestido de ella y el chaleco balístico de Dante encendió esa misma chispa voraz y familiar que ninguno de los dos intentaba sofocar. Kaia apoyó las palmas sobre los hombros macizos del italiano, sintiendo la vibración del motor de la esclusa repercutir en su estructura ósea.

—Seguimos vivos, Vane —murmuró ella a escasos centímetros de sus labios, con los ojos verde avellana resplandeciendo como dos gemas frías en la penumbra.

—No vamos a morir en un canal de dragado, fénix —sentenció él, su aliento tibio rozándole la boca antes de depositarla sobre el muelle con una mezcla calculada de posesividad y cuidado—. No después de haber incendiado Macao.

Avanzaron con paso rápido hacia la garita de control de la esclusa.

Kenji aguardaba junto a la escalerilla de salida, empuñando una carabina ligera con la linterna táctica apuntando hacia los matorrales que bordeaban el canal. A sus espaldas, oculto bajo el voladizo de un cobertizo de herramientas industriales, el Toyota Century negro mantenía los motores encendidos con un ronroneo sordo.

—Señor Vane, señora Thorne —dijo el lugarteniente con una reverencia mínima y profesional—. Las frecuencias de emergencia de la guardia costera de Macao están colapsadas por llamadas civiles sobre la explosión del buque ruso. Corté el suministro eléctrico de la torre de Hengqin para dejar fuera de servicio las cámaras de circuito cerrado de la calzada de salida. El camino hacia Coloane está despejado por el paso elevado sur.

—¿Qué hay de Vorontsov? —inquirió Kaia, sin detener el paso mientras alcanzaba la puerta lateral del todoterreno—. ¿Salió del buque nodriza antes de que colapsara la sala de máquinas?

Kenji extrajo su tableta portátil y deslizó un dedo sobre la interfaz térmica del canal.

—Un hidrodeslizador de rescate ligero abandonó la popa del Knyaz Vladimir treinta segundos después de las detonaciones. Viró hacia el estuario exterior, en dirección a las aguas abiertas de la desembocadura de Lingding. Si Vorontsov iba a bordo, logró escapar del hundimiento, pero perdió todo el apoyo logístico en el delta. Sus hombres en tierra quedaron incomunicados tras la caída de los servidores en Macao.

Dante abrió la puerta trasera del vehículo blindado y esperó a que Kaia subiera antes de ocupar el asiento a su lado. Dejó el contenedor de fibra de carbono en el suelo entre ambos y apoyó la espalda en el respaldo de cuero, conteniendo un gruñido sordo cuando los músculos desgarrados de su flanco chocaron con la rigidez del asiento.




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