El silencio posterior al disparo contra Helena Thorne duró apenas una fracción de segundo antes de que los sistemas de contingencia de Villa Caelum reconocieran el colapso de sus signos vitales.
Una alarma ultrasónica comenzó a pulsar en los muros de hormigón y cristal blindado. En las consolas del perímetro, las luces rojas titilaron con histeria geométrica: el protocolo de quemado de discos duros y sellado criogénico se había activado de manera automática. A través de los ventanales acribillados, el cielo de Hong Kong comenzaba a teñirse de un azul índigo pesado; el amanecer amenazaba con iluminar el rastro de cuerpos y casquillos esparcidos por la montaña.
Dante no aflojó su agarre sobre la cintura de Kaia. La mantuvo pegada a su torso un instante más, sintiendo el declive gradual de la adrenalina en su respiración y el temblor casi imperceptible de sus hombros. La muerte de Helena no era solo el cierre de un contrato: era la demolición del último pilar biológico que ataba a Kaia al submundo ruso.
—Tenemos menos de tres minutos —dijo Dante, su voz grave actuando como un interruptor de combate en el oído de ella—. Kenji interceptó una transmisión de la comisaría central de Wan Chai. El destacamento de respuesta rápida del Flying Tigers ya despegó en dos helicópteros desde la base de Stonecutters.
Kaia alzó la mirada, recobrando al instante esa frialdad quirúrgica que la convertía en un arma viviente. Dio un paso hacia la consola central que chisporroteaba por los impactos de bala, extrajo un dispositivo de derivación de datos y lo conectó al puerto maestro antes de que el borrado térmico carbonizara los procesadores.
—No me voy sin la llave de las cuentas de Vaduz —respondió ella, con los dedos volando sobre el panel táctil mientras ignoraba el olor dulzón de la sangre que comenzaba a enfriarse sobre la alfombra de seda—. Si dejamos los fondos de Helena flotando en el sistema, los bancos suizos congelarán los activos y el vacío de poder en Kowloon atraerá a las familias del continente antes del mediodía.
La barra de transferencia en la pantalla parpadeó en amarillo, trepó al noventa y cinco por ciento y emitió un tono corto y seco: transferencia completada a la bóveda en la nube de Vane-Thorne Global.
Kaia arrancó el dispositivo y giró hacia el cuerpo inerte de su madre. Sin un atisbo de duda, se inclinó, desprendió del cuello de Helena el collar de perlas negras del mar de Cortés y lo deslizó en el bolsillo interior de su mono táctico: dentro del broche de platino descansaba el microchip criptográfico que controlaba las autorizaciones del puerto franco de Hong Kong.
—Listo —sentenció ella, ajustando el arnés de su pistola compacta—. Salgamos de esta tumba.
Dante tomó a Kaia por la mano, guiándola con paso firme hacia la salida de la terraza inferior, esquivando las esquirlas de mármol y los charcos oscuros. A pesar de las costillas que volvían a protestar por la brusquedad de los movimientos, el capo se movía con una ligereza amenazante.
Al cruzar el jardín exterior, el bramido rítmico de los rotores de los helicópteros tácticos ya resonaba contra los riscos de Victoria Peak. Dos haces de luz halógena de diez millones de lúmenes barrieron la arboleda de la ladera, buscando objetivos sobre el sendero del funicular.
—¡Por la cornisa del vertedero este! —ordenó Dante por el intercomunicador—. ¡Kenji, aborta el punto de extracción en Aberdeen! ¡Nos interceptarían en los canales estrechos!
—Comprendido, señor Vane —respondió la voz imperturbable del lugarteniente desde la radio de garganta—. Tengo una furgoneta de reparto de pescado modificada en el túnel de servicio de Pok Fu Lam. Si logran descender por la tubería de desagüe pluvial, los recojo en la curva de la presa.
El descenso por el barranco fue un ejercicio de velocidad ciega.
Ramas bajas y lianas húmedas azotaban sus rostros mientras se deslizaban por pendientes de lodo resbaladizo, utilizando los troncos como frenos improvisados. Dante cubría la espalda de Kaia en cada quiebre del terreno; en dos ocasiones, cuando la bota de ella resbaló sobre la arcilla empapada por el rocío matinal, el brazo de hierro de Dante la sostuvo en el aire antes de que el abismo la tragara. La sincronía de sus cuerpos era absoluta: no había miedo ni vacilación, solo el instinto animal de dos cazadores que se negaban a ser presas.
Alcanzaron la boca de la compuerta de Pok Fu Lam justo cuando el primer reflector policial coronaba la arista superior de la colina. Se deslizaron por la alcantarilla de hormigón hasta caer sobre el asfalto de la carretera secundaria, donde la furgoneta blanca de Kenji frenó con un chillido sordo de neumáticos a escasos centímetros de sus botas.
La puerta lateral se deslizó. Entraron rodando en el habitáculo oscuro, que olía a hielo industrial y escamas secas. Kenji aceleró de inmediato, descendiendo hacia la arteria principal antes de que los bloqueos policiales se cerraran sobre el distrito sur.
En la parte trasera del vehículo, entre cajas de plástico vacías y lonas térmicas, Dante y Kaia quedaron sentados en el suelo metálico, apoyados espalda contra espalda para equilibrar la inercia de las curvas pronunciadas.
La respiración de ambos llenaba la penumbra. Dante giró levemente el torso, buscando la nuca de Kaia con su mano derecha. Hundió los dedos en su pelo corto y húmedo, atrayéndola hacia sí hasta que su mejilla rozó la barba crecida de su mandíbula. El calor que emanaba del cuerpo de ella era el único refugio frente a la humedad pegajosa de la madrugada cantonesa.