Amor Peligroso

Capítulo 21: El eco del león dormido

El cadáver de Don Silvano Moretti yacía inmóvil sobre la mesa de jade blanco del Salón del Dragón Celestial, con la mejilla aplastada contra la superficie gélida y un fino hilo de saliva sanguinolenta empañando el brillo mineral. A su alrededor, los trece patriarcas restantes —hombres que administraban arsenales en el delta del río de las Perlas, refinerías clandestinas en Fujian y bancos offshore en los canales de Venecia— permanecían petrificados, mirando fijamente las manos entrelazadas de Dante Vane y Kaia Thorne.

Nadie pestañeaba. La guardia pretoriana de las Tríadas mantenía los subfusiles apuntando al vacío del piso, con los nudillos rígidos y el sudor frío resbalando bajo los cuellos de seda de sus trajes.

Kaia rompió el beso despacio. Sus labios, teñidos del carmín oscuro de la noche, se despegaron de los de Dante con una lentitud calculada que desafiaba a los hombres sentados a la mesa. Sus ojos verde avellana barrieron a los ancianos con la frialdad implacable de quien revisa un balance de bajas tras un bombardeo.

—El silencio es un consentimiento muy ruidoso, señores —dijo Kaia, su voz cristalina y pausada resonando en el salón con la fuerza de un decreto inapelable—. A partir de este segundo, los libros de la vieja Alianza quedan incinerados. Toda ruta que toque el Mar de China Meridional, los estrechos de Malaca y Taiwán, o las terminales financieras de Japón, pagará el veinticinco por ciento directamente a las cuentas maestras de Vane-Thorne Global.

Liu Kang, el gran maestro de la Tríada 14K, alzó lentamente sus ojos velados por la edad. El anillo de jade imperial seguía sobre la mesa, justo al lado del pendrive de oro de Kaia.

—La cuota histórica del consejo de Nápoles era del quince, muchacha —dijo el anciano en un cantonés pausado, su voz vibrando con el peso de medio siglo de guerras territoriales—. Aumentar diez puntos el peaje desestabilizará a las familias secundarias de Cantón. Habrá rebeliones en los muelles de Huangpu antes del amanecer.

Dante dio un paso al frente, apoyando una bota pesada sobre la base de la silla donde Moretti acababa de ser ejecutado. Se inclinó hacia adelante, descansando ambos brazos sobre el respaldo de cuero, clavando sus pupilas grises en el anciano maestro. Su presencia física, imponente y peligrosa, parecía llenar el aire de una electricidad estática que hacía rechinar los dientes.

—Las familias de Cantón no se van a rebelar, Liu Kang —dijo Dante con una voz cavernosa, pausada y aterradora—. Porque si un solo barco zarpa de Huangpu sin nuestro código de autorización... no confiscaremos la carga. Hundiremos la nave con tripulación completa en aguas abiertas. Y si los familiares reclaman, Mei-Ling Chen les enviará las cenizas en cajas de té.

Un estremecimiento colectivo recorrió la bancada oriental. La mención de Mei-Ling Chen y de la flota corsaria de Penghu no dejaba margen a dudas: el monopolio marítimo que alguna vez perteneció a los viejos cárteles acababa de ser transferido a dos operadores que no creían en treguas diplomáticas.

—Recojan los restos de este traidor —ordenó Dante, señalando con un leve movimiento de barbilla el cuerpo inerte de Moretti—. Y asegúrense de que el vuelo fúnebre a Milán despegue antes de las tres de la mañana. Quiero que los patriarcas que quedan en Lombardía vean cómo regresa el perro que enviaron a juzgarnos.

Dos guardias de la Camorra se adelantaron con pasos temblorosos, levantando el cuerpo de Moretti y arrastrándolo fuera del salón sobre la alfombra de seda roja, dejando un rastro oscuro y efímero que dos sirvientes comenzaron a limpiar de inmediato con toallas húmedas impregnadas en alcohol de arroz.

Kaia recogió el pendrive de oro del centro de la mesa con un movimiento fluido de sus dedos enguantados en encaje negro y se volvió hacia Dante. Sus miradas colisionaron en una chispa silenciosa: la primera fase de la conquista de Macao estaba completada, pero ambos sabían que en el inframundo criminal, la victoria sobre una mesa de jade es solo el preludio de una emboscada en el asfalto.

—Nos vamos —dijo Dante, ofreciéndole su brazo izquierdo con una elegancia impecable.

Kaia enlazó su brazo con el de él, caminando erguida sobre sus tacones altos, saliendo del Salón del Dragón Celestial bajo la mirada inclinada de los señores de Asia, quienes bajaban la cabeza uno a uno a su paso, reconociendo el nacimiento de una dinastía salvaje e indivisible.

El ascensor privado descendió a toda velocidad hacia el sótano cuatro del Gran Lisboa Imperial, donde las bóvedas de seguridad y los aparcamientos blindados garantizaban salidas sin cámaras de seguridad públicas.

Las puertas de espejo se cerraron con un suave chasquido magnético, aislándolos del resto del edificio.

En el instante exacto en que quedaron a solas, la máscara de hielo de Kaia se resquebrajó apenas una fracción de milímetro. Apoyó la espalda contra el panel de cristal del ascensor, cerrando los ojos por tres segundos y dejando escapar un suspiro denso que le quemaba los pulmones. El desgaste físico de cuatro días ininterrumpidos de persecuciones, tiroteos y heridas suturadas a la carrera comenzaba a pesar como plomo en sus articulaciones.

Dante no se apartó. Dio dos pasos rápidos, acorralándola contra el espejo del ascensor. Apoyó una mano firme a cada lado de su cabeza, atrapándola bajo su cuerpo y borrando cualquier espacio entre ambos. Sus respiraciones, calientes y agitadas, se mezclaron al instante en el habitáculo refrigerado.




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