Amor Peligroso

Capítulo 16: La sombra del león sobre Marina Bay

El horizonte de Singapur se recortaba contra un crepúsculo púrpura y cobrizo, una muralla de rascacielos hipermodernos de cristal y acero que desafiaba la gravedad sobre las aguas calmas del estrecho de Malaca. A diferencia del frío brutal de Tokio o de los temporales salvajes de Penghu, el aire aquí era un manto espeso de calor tropical, saturado de humedad, queroseno de aviación y el aroma dulzón de las orquídeas que florecían en los jardines colgantes de la bahía.

El Acheron había quedado fondeado en aguas internacionales, fuera del alcance de los radares de la guardia costera singapurense, bajo el mando vigilante de Kenji.

Dante Vane y Kaia Thorne habían ingresado a la ciudad-estado a través de un muelle privado en la isla de Sentosa, utilizando identidades diplomáticas falsificadas de un principado europeo que Kaia había reactivado desde los servidores requisados en Magong.

En el ático dúplex del piso cincuenta y cuatro del rascacielos The Pinnacle, en el corazón financiero de Marina Bay, el silencio solo estaba roto por el zumbido suave del sistema de climatización y el tintineo de dos cubos de hielo cayendo en un vaso de cristal tallado.

Dante estaba de pie junto al ventanal panorámico, vistiendo únicamente un pantalón de sastre negro y una faja de compresión médica limpia que cubría sus costillas. La herida en su flanco, aunque aún tierna y cruzada por la marca violácea de los puntos de sutura, comenzaba a cicatrizar gracias al reposo relativo de las últimas cuarenta y ocho horas de navegación. Su torso ancho y bronceado, esculpido por años de violencia y disciplina, exhibía las huellas de su historia: una muesca de bala cerca de la clavícula izquierda, tres cicatrices paralelas en el omóplato y, ahora, el mapa reciente de la guerra desatada por Marcus y Carmine.

Sostenía el vaso de bourbon con su mano derecha, pero su mirada gris no estaba fija en el tráfico marítimo de superpetroleros que se deslizaban como luciérnagas por el estrecho. Sus ojos buscaban el reflejo de la mujer que acababa de salir del baño principal.

Kaia avanzó descalza sobre la tarima de madera oscura.

Llevaba puesta una bata de seda negra corta, ceñida a la cintura por un lazo simple. Tenía la piel dorada por la ducha caliente, con gotas de agua brillando en sus hombros descubiertos y su cabello oscuro todavía húmedo, cayendo en mechones rebeldes alrededor de su mandíbula afilada. En su rostro no quedaba rastro del barro ni del hollín de Taiwán; solo persistía esa belleza afilada, magnética e indomable, acentuada por la delgada línea blanca bajo su párpado izquierdo.

Se detuvo a un paso de él, apoyando un hombro contra el marco del ventanal. Cruzó los brazos, mirándolo con una intensidad analítica que escondía una corriente ardiente que no necesitaba palabras para manifestarse.

—La cuenta de Singapur está activa —dijo ella, su voz suave y aterciopelada rompiendo la calma—. El Banco Central de Crédito de Zúrich reconoció el protocolo maestro que extrajimos en Magong. Cuatrocientos doce millones de dólares en fondos soberanos no declarados. Disponibles con un solo clic biométrico.

Dante dio un sorbo al licor sin apartar los ojos de ella. La miró con una lentitud deliberada, recorriendo la curva de su cuello, la clavícula expuesta y la línea de sus piernas que la seda negra apenas lograba cubrir. La media sonrisa que curvó sus labios fue un desafío directo.

—Nunca dudé de tu memoria para los números, fénix —dijo él, con su voz grave resonando en la estancia—. Lo que me sorprende es que sigas aquí. Tienes los códigos, tienes el dinero suficiente para comprar tres islas en el Caribe y cambiarte el rostro de nuevo. Hace cuatro años habrías transferido la mitad de esos fondos a una cuenta puente y habrías tomado el primer vuelo a Zúrich antes del amanecer.

Kaia descruzó los brazos despacio. Dio un paso hacia él, acortando la distancia hasta que la puntera de sus pies descalzos rozó la punta de las botas de Dante. El calor que emanaba del cuerpo del mafioso la envolvió como una ola térmica. Alzó la barbilla, sosteniéndole la mirada con un fuego verde que no admitía mentiras.

—Hace cuatro años era una idiota que creía que la venganza se podía planear desde lejos —susurró ella, levantando su mano derecha para apoyar la palma directamente sobre el pecho desnudo de Dante, justo encima del latido firme y pesado de su corazón—. Y hace cuatro años no sabía que el monstruo que me había destrozado la vida era el único capaz de quemar el continente entero para buscar mis huesos.

La mandíbula de Dante se tensó. El contacto de la piel de Kaia sobre su torso fue una sacudida eléctrica que hizo que el vaso de bourbon temblara levemente entre sus dedos. Dejó el cristal sobre una consola auxiliar sin romper el contacto visual. Su mano izquierda subió con una lentitud calculada, cerrándose alrededor de la nuca de Kaia con esa posesividad de hierro que a ella le robaba el aire y la razón.

—No busqué tus huesos, Kaia —dijo Dante, su voz bajando a un susurro áspero y salvaje, inclinándose hasta que sus labios casi rozaron la comisura de la boca de ella—. Busqué el fuego. Busqué a la mujer que me juró en el puente de Cotai que arderíamos juntos hasta la última bala.

—Pues aquí me tienes, Vane —murmuró ella, sintiendo cómo los dedos de él se hundían en su cabello húmedo, atrayéndola con una urgencia que amenazaba con devorarla—. Quema lo que tengas que quemar.

Dante no esperó una segunda provocación.

Atrapó su boca en un beso voraz, desesperado y profundo que borró de golpe el horizonte de Singapur, las cuentas bancarias y el cerco de las mafias que aún los acechaban. Fue una colisión pura de pasión y dominio mutuo: Kaia rodeó el cuello de él con ambos brazos, clavando sus uñas en la piel tensa de sus hombros con la misma violencia con la que deseaba fundirse con su cuerpo, mientras Dante la envolvía por la cintura, levantándola en vilo con un solo movimiento fluido y apoyándola contra el cristal templado del ventanal panorámico.




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