Amor Peligroso

Capítulo 26: La rada de Da Nang

El golfo de Tonkín era una caldera oscura y caliente donde el cielo y el agua se confundían en una niebla sulfurosa. El Acheron redujo su marcha a ocho nudos cuando la península de Son Tra apareció en los sensores como una joroba de basalto cubierta de selva impenetrable. No había luces de fondeo en la nave de Dante; el perfil de carbono mate absorbía los ecos de los radares costeros vietnamitas mientras el megayate se deslizaba entre los islotes rocosos de la rada exterior de Da Nang.

A tres millas de la bocana comercial, la silueta hercúlea del Borealis recortaba la bruma.

El petrolero era una mole oxidada de doscientos cincuenta metros de eslora, con bandera de conveniencia y el casco castigado por los temporales del Pacífico. A simple vista parecía un carguero a la espera de turno en las boyas de descarga de queroseno; en realidad, en sus cubiertas superiores y pasarelas de tuberías industriales patrullaban mercenarios armados con fusiles Kalashnikov AK-12 y gafas de visión nocturna de fósforo blanco.

En la sala de armas del Acheron, el aire estaba saturado del olor a grafito, pólvora y alcohol de limpieza.

Kaia ajustaba el arnés de pecho con movimientos automáticos y precisos. Llevaba un mono de asalto anfibio ceñido en neopreno de baja fricción y refuerzos de aramida, diseñado para operar tanto en inmersión corta como en tiroteos en cubierta. A la altura del esternón llevaba dos cargadores de munición subsónica y una pistola Walther PPK con silenciador acoplado; en la bota derecha, la hoja de cerámica médica que la acompañaba desde Tokio. Tenía el cabello oscuro recogido bajo una capucha técnica que enmarcaba sus facciones afiladas, concentradas en una quietud letal.

Dante se abrochaba el chaleco balístico modular frente a ella. A pesar de la advertencia médica, su porte era el de una torre de piedra. Las costillas vendadas estaban protegidas por dos placas de polietileno balístico que amortiguaban la presión torácica. La mandíbula sombreada por la barba corta y sus ojos grises, fijos en la mujer que amaba, denotaban la calma sanguinaria del cazador que ha localizado la madriguera final de su presa.

—El hidrodeslizador de Vorontsov está amarrado a la escala real de babor —dijo Kaia, sin levantar la vista de la comprobación del fiador de su subfusil MPX—. Los sensores térmicos detectan quince firmas humanas en la superestructura de popa y cuatro en el castillo de proa. No es una tripulación civil, Dante. Son tropas de choque de la Bratva de Vladivostok.

Dante dio dos pasos hacia ella, deteniéndose en el espacio estrecho entre la mesa de ensamblaje y los armarios de munición. Su presencia física, masiva y dominante, anuló la distancia operativa. Con la mano derecha enguantada le tomó suavemente la barbilla, obligándola a alzar el rostro.

Las pupilas verde avellana de Kaia se clavaron en las suyas. En esa mirada no había vacilación, pero Dante conocía el eco que Vorontsov despertaba en ella: el último eslabón vivo que había coordinado con su padre la conspiración del puente de Cotai.

—Esta noche se cierra el círculo de Macao, fénix —dijo Dante, con esa voz baja y grave que siempre tenía el poder de calmar sus tormentas interiores—. Vorontsov no saldrá de ese petrolero. Y tú no vas a cargar más con los fantasmas de tu familia.

Kaia sostuvo la presión de los dedos de Dante contra su piel. La calidez del contacto traspasó el cuero del guante, encendiéndole la sangre con una intensidad que nada tenía que ver con el peligro inminente. Levantó su propia mano y la posó sobre el pecho blindado de él, sintiendo la vibración sorda de su voz retumbando bajo la placa balística.

—No tengo miedo de los fantasmas, Dante —susurró ella, sus labios a escasos centímetros de los de él—. Tengo miedo de que te pongas en medio de una ráfaga por cubrirme la espalda. Si me muero yo, tú quemas este continente; pero si te mueres tú... yo me quedo sola en el infierno. Y no pienso reinar en este negocio sin ti.

Una media sonrisa arrogante, feroz y oscura curvó la boca de Dante. Deslizó sus dedos desde la barbilla de Kaia hacia su nuca, inclinándose hasta sellar la distancia en un beso abrasador, salvaje y cargado de una posesividad absoluta que les cortó el aire. Kaia se arqueó contra su cuerpo, respondiendo al beso con una voracidad que desafiaba el sonido de las bombas de achique y el chirrido lejano del metal en el agua. Fue un juramento silencioso sellado en la penumbra del armero: dos depredadores que no concebían la victoria si no era compartida.

Cuando se separaron, sus respiraciones agitadas rompían el silencio del habitáculo.

—Nadie se va a quedar solo en el infierno, Kaia —sentenció Dante, rozando su cicatriz con el pulgar antes de soltarla—. Kenji nos pondrá al pie de la tobera de descarga número cuatro. Entraremos por el casco sumergido.

El abordaje en el agua del golfo fue una maniobra invisible.

El agua tibia y aceitosa de la rada de Da Nang tragó a las dos figuras sin levantar una sola onda perceptible. Utilizando propulsores acuáticos compactos de circuito cerrado que no emitían burbujas a la superficie, Dante y Kaia recorrieron los cuatrocientos metros que separaban al Acheron del flanco de estribor del Borealis.

Emergieron en el espacio sombrío y putrefacto bajo la tobera de descarga de aguas de lastre, justo por encima de la línea de flotación.

Kaia disparó una cuerda de escalada de polímero con anclaje magnético. El dardo se adhirió al acero corroído del casco con un chasquido ahogado por el rumor constante de los generadores diésel del petrolero. Dante subió primero por la línea con la fuerza de sus brazos, ignorando el tirón en sus costillas suturadas, y aseguró la pasarela de la cubierta principal antes de tender la mano a Kaia para izarla sobre la barandilla de hierro.




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