El rugido bimotor del hidroavión táctico Beriev Be-200 vibraba en cada remache del fuselaje mientras la nave descendía entre bancos de nubes tormentosas sobre el canal de Balintang, en el corazón del estrecho de Luzón. Abajo, el mar no era la lámina turquesa de Natuna; era un abismo verde plomizo sacudido por crestas de espuma furiosa, batido por las primeras bandas espirales del tifón que avanzaba implacable desde el mar de Filipinas.
En la cabina trasera despresurizada, acondicionada como un puesto móvil de mando, el aire olía a queroseno, ozono y al metal frío del armamento apilado en los estantes de fijación rápida.
Kaia Thorne ajustaba los cierres de su chaleco balístico táctico de perfil bajo, confeccionado en capas termoselladas de polietileno de ultra alto peso molecular. Llevaba el uniforme de asalto en gris pizarra, con fundas semirrígidas de polímero acopladas en ambos muslos: a la derecha, la Beretta modificada con compensador; a la izquierda, la hoja de combate de doble filo en aleación de wolframio. En el dedo anular de su mano izquierda, el anillo de zafiro birmano permanecía cubierto por la vuelta del guante táctico de fibra de carbono, pero el bulto contra el nudillo era un ancla que no necesitaba exhibirse para quemar.
Dante estaba de pie junto al portón lateral de emergencia, con una mano aferrada al cable guía del techo y la otra descansando sobre la empuñadura de un fusil de asalto CZ Bren 2 con cañón pesado y mira holográfica para combate naval. Vestía la misma chaqueta táctica en negro mate, con las protecciones de hombros ajustadas y la faja interna asegurando su flanco izquierdo. Aunque el fuselaje cabeceaba bruscamente por la turbulencia térmica de la tormenta, su peso corporal parecía soldado al piso metálico.
Sus ojos grises escrutaban la pantalla del radar de barrido electrónico fijado en el mamparo central.
—Sesenta millas náuticas al norte de la isla de Sabtang —dijo Dante, su voz grave atravesando el zumbido bronco de los turborreactores con la serenidad de una piedra en el fondo del río—. La fragata rusa insignia, la Gromov, redujo su avance a doce nudos. Vienen en formación de fila india con su gemela, la Ural, intentando eludir los bajos fondos del arrecife de Bashi.
Kaia avanzó hacia la consola, afirmando las botas contra las estrías del suelo. Con una mano se sujetó del hombro acorazado de Dante, una conexión natural que él respondió de inmediato inclinando la cabeza apenas un centímetro hacia ella, rozando su mejilla con la aspereza de su barba.
—Karpov no es idiota —analizó Kaia, deslizando el índice enguantado sobre la traza digital de las naves invasoras—. Sabe que Tokio le cortó las cuentas de combustible y que no tiene margen de retorno a Vladivostok sin repostar. Viene buscando las barcazas cisterna que la 14K operaba históricamente en el fondeadero de Calayan. Espera que los ancianos de Macao sigan temiendo al sello de la Bratva.
—Pues va a encontrar a Mei-Ling Chen esperándolo en la bocana —sentenció Dante, y una media sonrisa cruel, tensa y magnética cortó la dureza de sus labios—. Y Mei-Ling no despacha diésel a perros sin amo.
El intercomunicador del avión emitió un silbido corto. La voz rasposa y aguda de Mei-Ling Chen, la señora pirata del estrecho de Taiwán, entró por la frecuencia ultrasegura de salto de frecuencia:
«Aquí Dragón de Jade. Dante, Kaia... las dos ratas de Siberia entraron en la garganta. Mis tres patrulleras lanzamisiles están parapetadas tras los riscos de la isla de Itbayat. Sus radares de control de tiro están bloqueados por las contramedidas que su muchacha instaló desde Singapur. Si esas fragatas avanzan tres millas más hacia el sur, cruzan el arco ciego de mis baterías de orilla.»
Kaia tomó el micrófono de garganta, su tono destilando esa calma gélida que precedía a cada una de sus carnicerías estratégicas:
—Mantén el fuego apagado, Mei-Ling. No queremos un duelo de artillería a diez kilómetros en medio de este oleaje; Karpov tiene misiles de defensa cercana que interceptarían tus salvas. Deja que la Gromov supere el saliente rocoso de Dequey. Cuando la cabeza de la formación quede encajonada en el paso angosto, nosotros inutilizaremos su puente de mando desde el aire y tú cerrarás la tenaza por la retaguardia.
«Entendido, Ghost» —respondió Mei-Ling con una risotada ronca que sonó a metralla viva—. «Les dejamos la cabeza del lobo. Nosotros nos quedamos con los huesos.»
El piloto del Beriev inclinó el morro de la aeronave en un viraje escarpado de setenta grados. La fuerza centrífuga empujó a Kaia contra el pecho de Dante. El mafioso la recibió con su brazo libre, envolviéndole la cintura con una fuerza de hierro, absorbiendo el impacto contra su propio cuerpo para protegerla del vaivén violento del fuselaje.
Por un segundo suspendido sobre el abismo de Luzón, en medio del olor a combustible de aviación y el chirrido del aluminio alabeado por el viento, sus miradas se encontraron.
En los ojos de Kaia no había sombra de miedo; ardía esa voracidad indomable que la había empujado a renacer del fuego de Macao. Dante bajó el rostro y capturó sus labios en un beso seco, urgente y brutal, sellado con el sabor amargo de la salitre y la promesa salvaje de que no habría tregua bajo su mando. Kaia apretó los dedos enguantados contra la nuca del italiano, correspondiendo con un hambre idéntica, clavando la mirada en sus ojos grises al separarse: