Amor Peligroso

Capítulo 17: La cita en el Raffles

El calor sofocante del ecuador no lograba penetrar los gruesos muros de mampostería colonial del Hotel Raffles. En el patio interior, frondosas palmeras viajeras y orquídeas blancas se mecían bajo la brisa artificial de los ventiladores de aspa, mientras el aroma a ginebra, corteza de lima y tabaco de importación flotaba con la indolencia propia de la vieja aristocracia británica.

Sin embargo, a las veintidós y cincuenta y cinco, el Long Bar no albergaba turistas ni ejecutivos de bolsa.

La antesala privada del segundo piso había sido desalojada bajo el pretexto de un evento corporativo de una firma marítima suiza. Puertas dobles de caoba oscura, celosías de madera labrada y un suelo de tablones de teca que amortiguaba los pasos configuraban un escenario donde la opulencia del siglo XIX servía de camuflaje para los negocios más feroces del siglo XXI.

Dante Vane cruzó el umbral con la calma marmórea de quien no teme pisar un terreno minado.

Vestía un traje cruzado de lino gris perla, confeccionado a mano, sin corbata, con el cuello de la camisa oscura abierto. El corte impecable de la chaqueta ocultaba a la perfección el soporte elástico que protegía sus costillas en recuperación y la funda sobacos de cuero donde descansaba una SIG Sauer P320 modificada con silenciador de titanio. Su porte era imponente; caminaba con esa soltura felina y pesada que solo poseen los líderes acostumbrados a ordenar ejecuciones antes del desayuno.

A su lado, Kaia Thorne era una aparición hipnótica y letal.

Llevaba un vestido de cóctel de seda color esmeralda, ceñido a la cintura y con la espalda descubierta hasta el nacimiento de las caderas, exponiendo su piel dorada y la suave curvatura de su espina dorsal. En el muslo izquierdo, oculto bajo una abertura estratégica de la falda, llevaba una liga elástica reforzada con una navaja automática de filo dentado y dos dardos neurotóxicos de acción instantánea. Su cabello oscuro, peinado con una raya lateral perfecta, caía sobre su pómulo izquierdo, ocultando parcialmente la cicatriz tenue que no hacía más que acentuar la frialdad esmeralda de sus ojos verde avellana.

Iban tomados del brazo, como dos amantes de la alta sociedad que regresaban de una función de ópera, pero los dedos de Dante alrededor del antebrazo de Kaia ejercían una presión deliberada: una corriente eléctrica de advertencia y posesión que la mantenía anclada a su costado.

—Cuatro tiradores en el entresuelo —susurró Kaia sin mover apenas los labios, simulando mirar un cuadro al óleo de una fragata colonial en la pared—. Rifles de asalto desmontables bajo los abrigos de verano. Dos más detrás de la barra con escopetas tácticas bajo el mostrador.

—Los vi —respondió Dante en el mismo tono bajo, su voz grave vibrando contra la oreja de ella como un roce cálido—. Están nerviosos. El pulso del hombre de la izquierda hace temblar la tela de su chaqueta. Son novatos de Vladivostok; están acostumbrados a la nieve y al contrabando de diamantes, no a una emboscada en Singapur.

—No subestimes el frío siberiano, Vane. Mi padre siempre decía que los hombres que crecen a cuarenta grados bajo cero no le tienen miedo a la sangre caliente.

Dante deslizó su mano desde el antebrazo de Kaia hasta su cintura desnuda, atrayéndola un milímetro más hacia su cuerpo, sintiendo la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos listos para el combate. Se inclinó sobre ella, rozándole la mejilla con los labios en un beso público y teatral que desprendía una química arrolladora:

—Tu padre está en el fondo del mar de Sagami, Kaia. Y estos rusos cometieron el error de citarnos juntos.

En el fondo del salón, sentado en un sillón orejero de terciopelo borgoña frente a una mesa baja de mármol verde, un hombre de unos cincuenta años los observaba con ojos pequeños y hundidos, del color del agua estancada. Tenía la complexión pesada de un oso siberiano, la cabeza rapada al rape y una cicatriz profunda que le partía el labio superior, revelando un diente de oro cuando sonrió al verlos acercarse. Sobre la mesa descansaba una cubitera con una botella de vodka Beluga y tres copas de cristal cortado.

A sus espaldas, como dos monolitos de piedra, aguardaban dos guardaespaldas eslavos vestidos con trajes oscuros y cortes militares inflexibles.

—Dante Vane. Y la resucitada Kaia Thorne —dijo el hombre en un inglés tosco, gutural, levantándose a medias para ofrecer una reverencia burlona—. Me llamo Maksim Voronin. En Vladivostok, la Sindicatura del Amur me encomendó la desagradable tarea de liquidar las deudas pendientes de tu querido difunto padre, Kaia.

Kaia y Dante se detuvieron a dos metros de la mesa. No tomaron asiento.

—Voronin —pronunció Kaia con un desdén que congeló la sonrisa del ruso—. El perro de presa del almirante Karpov. Hace diez años te dedicabas a robar combustible en las bases de submarinos de Kamchatka. Veo que ascendiste a mayordomo de los mafiosos de la tundra.

El rostro de Maksim se endureció por una fracción de segundo, sus pupilas dilatándose con una cólera reprimida. Luego soltó una risotada ronca que resonó en el bar silencioso:

—Siempre tan insolente, señorita Thorne. La misma lengua viperina que volvió loco a tu padre y que, según veo, domesticó al perro más feroz de la Camorra en Asia.

Dante dio un paso al frente. No alzó la voz, pero su sola presencia física pareció encoger el espacio de la habitación. Sus ojos grises se clavaron en Voronin con una calma homicida que borró de golpe cualquier rastro de burla en los dos escoltas rusos.




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