Amor Peligroso

Capítulo 20: El retorno al delta de las sombras

La silueta del puente de Cotai emergió entre la niebla nocturna como un esqueleto colosal de hormigón y acero tendido sobre las aguas negras del delta del río Perla.

A las veintidós y cuarenta y cinco, cuatro años después del estallido que había quebrado sus vidas, Dante Vane y Kaia Thorne estaban de nuevo allí. No en un sedán en fuga ni bajo el fuego de ametralladoras pesadas, sino a bordo del Acheron, navegando a velocidad de desfile por el canal central de Macao, escoltados a distancia prudencial por dos patrulleras de la policía marítima local que no se atrevían a intervenir: el estatus diplomático y los permisos portuarios obtenidos tras la caída de Helena Thorne en Victoria Peak los blindaban contra cualquier requisa superficial.

En la cubierta superior del megayate, el viento caliente del sur traía el olor inconfundible de Macao: salmuera podrida, humedad tropical, humo de incienso de los templos costeros y el perfume dulzón y artificial de los macrocasinos que ardían en luces de neón dorado al otro lado de la bahía.

Kaia permanecía de pie junto a la borda de titanio, con la vista clavada en el pilar número siete del puente.

Allí, exactamente cuarenta metros por debajo de la calzada de asfalto, era donde el coche bomba había caído envuelto en llamas. El lugar donde sus pulmones se habían llenado de agua salobre y gasolina quemada. El lecho marino donde «Kaia Thorne» había dejado de ser una heredera del hampa para renacer de entre las cenizas como «Ghost».

Llevaba un vestido de noche negro azabache, ceñido con una precisión escultural hasta los tobillos, confeccionado en satén de seda blindada con microfilamentos de polímero balístico. El escote en la espalda descendía en una curva limpia hasta la cintura, dejando al descubierto la pálida cicatriz que le cruzaba el omóplato derecho: la marca que la metralla de aquel día le había dejado como recuerdo imborrable. En su cuello, una gargantilla de platino con un diamante negro sostenía el transmisor de enlace directo con los servidores de Singapur.

Unos pasos firmes y pausados sobre la teca de la cubierta anunciaron a Dante antes de que su sombra la cubriera.

El mafioso vestía un esmoquin de corte napolitano, rigurosamente negro, con camisa de cuello diplomático sin corbata. Su porte era majestuoso, desprovisto de cualquier atisbo de debilidad; las costillas fisuradas estaban sujetas por un corsé médico de carbono invisible bajo el forro de seda del saco. En sus ojos grises no había melancolía, solo la determinación gélida de un rey que vuelve a su trono con la espada desenvainada.

Dante se colocó detrás de ella, sin hablar. Apoyó las manos con firmeza sobre los hombros de Kaia, atrayéndola con una lentitud deliberada contra su pecho. El calor de su cuerpo atravesó el satén negro, deshaciendo de golpe el frío espectral que el puente le producía en la médula.

Kaia no se apartó. Dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hueco del cuello de Dante, respirando el aroma familiar a cedro, tabaco y esa presencia implacable que la gobernaba y la protegía al mismo tiempo.

—Sigue oliendo a quemado —susurró ella, su voz apenas un hilo en medio del rumor del oleaje.

Dante bajó la cabeza, rozando con sus labios la cicatriz del omóplato de Kaia antes de subir con una caricia ardiente por su cuello hasta la oreja. Sus dedos se cerraron sobre la cintura de ella con una posesión salvaje.

—El fuego ya no está en el agua, fénix —murmuró Dante contra su piel, haciéndola estremecer—. El fuego está con nosotros. Esta noche no somos los fugitivos que intentaron ahogar. Somos los jueces.

Kaia giró despacio entre sus brazos, quedando de frente a él. Alzó las manos y alisó las solapas del esmoquin de Dante, sintiendo la dureza de su pecho bajo la seda y el latido firme, pausado y soberbio de su corazón. En sus ojos verde avellana brilló una devoción tan feroz como letal.

—El consejo de Nápoles y los patriarcas de Taipéi no van a aceptar que dos personas concentren todo el tráfico del Pacífico, Dante —dijo ella, mirándolo a los labios—. El cónclave en el Gran Lisboa Imperial no es una mesa de negociación. Es un tribunal de guerra. Nos convocaron para obligarnos a dividir los cuatrocientos millones de Singapur y las terminales de Tokio bajo amenaza de ejecución masiva.

Una sonrisa oscura, arrogante y magnética curvó la boca de Dante. Con su mano izquierda le tomó la mandíbula, alzando el rostro de Kaia hasta que sus respiraciones se fundieron en un compás acelerado.

—Que lo intenten —sentenció él—. Creen que la Camorra responde a los viejos decrepitos que se esconden en Milán y que las Tríadas respetan los tratados de hace veinte años. No han entendido que la Alianza original está muerta. Esta noche la mesa se reinicia bajo nuestras condiciones, o el Gran Lisboa se convertirá en la pira funeraria de todos ellos.

Kaia sonrió con esa belleza afilada y temible que lo había consumido desde el primer día. Pasó sus brazos por detrás de la nuca de Dante, enredando los dedos en su pelo oscuro y atrayéndolo hacia sí con una urgencia que no admitía dilaciones.

—Si vamos a quemar Macao, Dante... prométeme una sola cosa —susurró ella a un milímetro de su boca.

—Pídeme lo que quieras.

—Que la primera bala sea mía.

Dante soltó una risa baja, gutural y peligrosa antes de devorarle la boca en un beso voraz, cargado de deseo primitivo, promesas de sangre y una pasión indomable que selló su comunión frente a las aguas del delta. Kaia se arqueó contra su cuerpo, respondiendo al beso con una ferocidad hambrienta que le hizo olvidar las cicatrices del pasado, mordiéndole el labio inferior con una intensidad que reafirmaba su derecho absoluto sobre el hombre más peligroso de Oriente.




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