El mar de Filipinas al sur de Okinawa no ofrecía tregua. Olas de más de cuatro metros golpeaban con furia el casco de aleación de carbono del Acheron, un megayate de sesenta metros pintado en gris mate militar, carente de cualquier enseña comercial o pabellón de conveniencia reconocible. Diseñado originalmente como un buque de interdicción rápida para una corporación de seguridad privada suiza, era ahora la fortaleza flotante donde Dante Vane y Kaia Thorne redefinían las fronteras invisibles de su supervivencia.
En la cubierta inferior, el camarote principal olía a yodo, vapor de alcohol y al aroma punzante del tabaco turco que Madam Chiyo había dejado entre las provisiones.
Dante yacía sobre la cama de plaza y media, fijada al suelo con anclajes de acero. Una lámpara quirúrgica articulada iluminaba su flanco izquierdo, donde el cirujano naval de la matrona acababa de colocar el último nudo de polipropileno monofilamento, reforzando la pared muscular que la pelea en la villa de Roppongi había estado a punto de colapsar. La piel del mafioso estaba perlada de sudor frío; cada vaivén del barco sobre el oleaje profundo le clavaba una aguja de fuego en las costillas, pero sus ojos grises permanecían abiertos, fijos en el techo blindado, negándose a recibir la segunda dosis de sedantes.
—El señor Vane tiene la constitución de un toro salvaje —dijo el médico en un susurro áspero, guardando las pinzas en la bandeja esterilizada y quitándose los guantes de látex con un chasquido elástico—. Pero los toros también se desangran si corren con una herida abierta. Doce horas de reposo absoluto. Si vuelve a levantar peso o a disparar un arma antes de que alcancemos el fondeadero de Keelung, la sutura desgarrará el peritoneo.
Kaia estaba de pie junto a la puerta de mamparo, con los brazos cruzados sobre una camisa de lino blanco holgada y unos pantalones de combate oscuros. Llevaba el pelo aún húmedo tras una ducha rápida de agua tibia que apenas había logrado quitarle el frío del mar de Tokio de los huesos.
—Se quedará quieto —sentenció Kaia, sin mirar al médico. Su tono no era una sugerencia; era un decreto inapelable—. Déjenos.
El doctor asintió con una reverencia cautelosa, recogió su instrumental y abandonó el camarote, cerrando la pesada puerta estanca tras de sí. El cerrojo hidráulico selló la estancia con un silbido seco, dejando únicamente el rumor sordo de las turbinas diésel impulsando el barco hacia el suroeste a veintiocho nudos.
Dante giró lentamente la cabeza sobre la almohada. Una sombra de burla arrogante suavizó la rigidez de su mandíbula.
—«Se quedará quieto» —repitió él, arrastrando las palabras con una ronquera profunda—. Nadie en este hemisferio me habla como si fuera su prisionero, fénix.
Kaia se acercó despacio a la cama. Sus pasos eran silenciosos, acompasados con el cabeceo rítmico de la nave. Se detuvo junto a él, inclinándose apenas lo suficiente para que la sombra de su figura cubriera el torso desnudo de Dante, marcado por el vendaje recién colocado que descendía desde la caja torácica hasta la cadera.
—En este barco eres mi prisionero, Dante —susurró ella, sus ojos verde avellana ardiendo con una intensidad que no admitía réplica—. Porque si tú te mueres, la mitad de los códigos de la Alianza se bloquean en el servidor de Singapur, y no pasé cuatro años en el infierno para quedarme con una cuenta bancaria inaccesible y una tumba en el océano.
Dante no se inmutó por la amenaza fingida. Con un movimiento deliberado, levantó el brazo sano y deslizó la mano por la parte posterior de la rodilla de Kaia, subiendo con lentitud por el muslo cubierto de lino hasta sujetar su cadera con una presión firme, posesiva, que la hizo estremecerse de inmediato.
—Mientes muy mal cuando estás asustada, Kaia —dijo Dante, su voz bajando a un tono íntimo, tan cargado de electricidad que el aire del camarote pareció encenderse—. Puedes fingir ante Chiyo, ante Saionji o ante los ancianos de Nápoles que esto es un negocio de rutas y porcentajes. Pero tú y yo sabemos que si yo me muero en esta cama, te tiras al mar detrás de mí solo para tener con quién seguir peleando.
Kaia apretó los dientes, sintiendo cómo el calor de la palma de Dante atravesaba la tela y le encendía la piel. La tensión entre ambos nunca era pacífica; era una colisión permanente de orgullo, violencia y una atracción devoradora que ninguna bala había logrado disolver. Con un movimiento rápido y ágil, Kaia se inclinó sobre él, apoyando una rodilla en el colchón y clavando una mano a cada lado de la cabeza de Dante, atrapándolo bajo su sombra. Sus rostros quedaron a un milímetro de distancia, sus alientos mezclándose en un compás agitado.
—No me tientes, Vane —murmuró ella, sus labios casi rozando los de él, permitiendo que la respiración de ambos se volviera una sola—. Te dejé vivir en la plataforma. Te salvé la vida en el canal de Kawasaki. Podría asfixiarte con esta almohada ahora mismo y quedarme con todo el bajo mundo desde Tokio hasta Taipéi.
Dante sonrió, una sonrisa salvaje, peligrosa y magnética. Deslizó sus dedos desde su cadera hasta su nuca, enterrando la mano en su pelo corto y tirando de ella hacia abajo con una urgencia brutal que no respetó las costillas rotas ni las órdenes del médico.
—Hazlo entonces —la desafió él contra su boca, rozando sus labios con una devoción feroz—. Asfíxiame, fénix. Pero hazlo mientras me besas.
Kaia soltó un suspiro entrecortado que sonó a derrota y a victoria al mismo tiempo. No hubo más barreras. Se inclinó y selló sus labios con los de él en un beso largo, profundo y ardiente, donde la sal, el alcohol y la sangre se fundieron en un fuego incontrolable. Dante gimió sordamente por la punzada en su costado, pero apretó el agarre en su nuca, devorando su boca con la desesperación de un náufrago que encuentra tierra firme en medio de un tifón. Kaia deslizó las manos por sus hombros anchos y desnudos, sintiendo las cicatrices antiguas bajo las yemas de sus dedos, entregándose a esa marea de pasión desbordada que llevaba cuatro años esperando estallar sin sombras de traición de por medio.