El mar de la China Meridional se abría ante la proa del Acheron como una sábana de obsidiana líquida. A las tres de la madrugada, las luces incandescentes de los rascacielos de Hong Kong emergían entre la niebla baja como una cordillera de cristal fosforescente. Desde el agua, la colonia financiera parecía una colmena de riqueza intocable, un santuario de miles de millones de dólares donde los señores del dinero blanqueaban la sangre derramada en las cloacas de todo Oriente.
En la cima de esa pirámide invisible, dominando la bahía desde la cornisa más exclusiva de Victoria Peak, se alzaba la mansión Villa Caelum.
Era un búnker de cristal blindado, mármol blanco de Carrara y terrazas suspendidas sobre el abismo verde de la montaña, rodeado por una doble muralla perimetral con sensores sísmicos y cámaras térmicas de grado militar. Allí no entraban las leyes de Pekín ni las órdenes de la policía local. Allí solo imperaba la voluntad de una mujer que el mundo creía sepultada en un cementerio ortodoxo a las afueras de San Petersburgo: Helena Thorne.
En el helipuerto privado de la villa, el viento húmedo del Pacífico silbaba entre los tensores de acero.
En el interior del gran salón panorámico del piso superior, una mujer de unos cincuenta y cinco años contemplaba las pantallas gigantes de alta definición que tapizaban el muro oriental. Vestía un traje sastre de seda marfil, con un corte impecable de sastrería milanesa, y un collar de perlas negras del mar de Cortés que contrastaba con su piel pálida y aristocrática. Su cabello platino estaba recogido en un moño bajo perfecto, sin un solo pelo fuera de lugar. A pesar de los años transcurridos, sus facciones guardaban una simetría aterradora con las de Kaia: los mismos pómulos afilados y aristocráticos, la misma boca altiva y, sobre todo, esos ojos verde avellana que podían ordenar una masacre sin que la pupila se dilatara una milésima.
Helena Thorne sostenía una copa de champán helado en su mano derecha. No temblaba.
A sus espaldas, cuatro hombres esperaban en semicírculo sobre la gruesa alfombra de lana tibetana. Dos de ellos vestían trajes oscuros con los sellos dorados de la Tríada Sun Yee On, mientras que los otros dos lucían el uniforme paramilitar de la compañía de seguridad privada rusa Volk Security: mercenarios veteranos de la guerra en el Cáucaso, armados con subfusiles compactos AS Val diseñados para operaciones de exterminio silencioso.
—Voronin no responde desde Singapur —dijo uno de los mercenarios rusos con voz áspera, rompiendo el silencio del salón—. Los reportes de la policía confirman seis muertos en el Long Bar del Hotel Raffles. Entre ellos, el destacamento completo de la Sindicatura del Amur.
Helena no se giró. Dio un sorbo minúsculo al champán, dejando que las burbujas estallaran en su paladar con absoluta parsimonia.
—Maksim siempre fue un cerdo vulgar —dijo ella, con una voz suave, melódica y glacial, en un ruso aristocrático—. Creyó que por medir dos metros y amenazar con fusiles podía intimidar a dos animales que acaban de sobrevivir a Daikoku Futo y a la fosa de Sagami. Le advertí que Kaia no negocia cuando tiene un arma en la mano. La crié para que no dudara.
Uno de los emisarios de la Tríada, un hombre de unos cuarenta años con un dragón de jade tatuado en el cuello, dio un paso al frente:
—Señora Thorne... si el señor Vane y su hija burlaron el cerco de Singapur, están navegando hacia aquí. Tienen los cuatrocientos millones de Zúrich y la flota de pesca de Penghu respalda sus movimientos. Si intentan asaltar Victoria Peak, la prensa internacional y el gobierno de la región administrativa especial intervendrán.
Helena se volvió con una lentitud casi teatral. Sus ojos verdes barrieron al chino con una mirada tan gélida que el hombre bajó la cabeza por puro instinto de supervivencia.
—¿Prensa? ¿Gobierno? —Helena soltó una risa cristalina, sin una sola pizca de calidez—. Esta ciudad me pertenece desde que tu abuelo fumaba opio en los muelles de Kowloon, señor Wu. El Tribunal Supremo come de mi mano y los comandantes de la guarnición naval del Ejército Popular de Liberación tienen sus cuentas familiares protegidas en mis fundaciones de Vaduz. Si mi hija y su amante italiano ponen un solo pie en esta isla, no saldrán en las noticias. Se convertirán en polvo de hormigón para los nuevos muelles de la bahía.
Helena dejó la copa sobre una mesa de vidrio ahumado y caminó hacia la consola central. Presionó un comando táctil que desplegó el plano arquitectónico de los tres niveles subterráneos de la villa.
—Quiero el protocolo de contención activo en todo el perímetro —ordenó Helena, su voz adquiriendo un filo de acero inflexible—. Minas de salto direccional en el sendero del jardín botánico. Los francotiradores con miras térmicas en el mirador del piso superior. Y asegúrense de que el interruptor de purga de datos esté listo. Si entran, no encontrarán un solo archivo.
—¿Y qué hacemos con la chica, señora? —preguntó el mercenario ruso—. ¿Tiramos a matar o la quiere con vida?
Helena se detuvo un instante. Una sombra infinitesimal de melancolía —o tal vez de vanidad herida— cruzó su semblante perfecto antes de disolverse en el vacío de su crueldad.
—Kaia tuvo su oportunidad hace cuatro años en Macao —sentenció Helena con una frialdad macabra—. Pudo haberse quedado conmigo, administrando las rutas de la seda digital. Pero prefirió abrirle las piernas y entregarle mi imperio al heredero de la Camorra. Nadie que lleve mi sangre puede mostrarse tan débil ante los hombres. Si viene... mátenla primero a ella. Quiero que Dante Vane mire cómo se apagan sus ojos antes de que le vuelen los sesos.