El amerizaje del Beriev Be-200 en las aguas calmas de la laguna de Pulau Laut cortó la noche tropical como una cuchilla sobre seda líquida. Tras el rugido atronador del tifón en el estrecho de Luzón y la carnicería naval sobre la cubierta de la Gromov, el santuario de Natuna los recibió con un silencio denso y solemne.
La inmensa compuerta hidráulica de granito de la caverna submarina se abrió con un gemido sordo de engranajes sumergidos. El hidroavión carreteó lentamente hacia la dársena subterránea, donde las luces de vapor de sodio proyectaban largas sombras doradas sobre las murallas de roca viva y los andenes de hormigón armado.
Dante Vane descendió primero por la escalerilla plegable de la aeronave, afirmando sus botas sobre la teca del muelle.
Llevaba la chaqueta de asalto desabrochada sobre una camiseta térmica gris pizarra manchada de salitre y pólvora seca. En su costado izquierdo, la herida cosida tiraba con cada movimiento brusco, pero el capo caminaba con la apostura indomable de quien acaba de borrar del mapa a la última gran flota que osó amenazar su estatus. Su mandíbula cuadrada, sombreada por una barba crecida de varios días, mostraba la serenidad implacable de los vencedores.
Se giró hacia la escalerilla y extendió la mano hacia Kaia.
Ella no necesitó apoyo, pero entrelazó sus dedos con los de él en un gesto instintivo, cargado de una posesividad silenciosa. Su mono táctico negro estaba húmedo por la llovizna de Sabtang; bajo el dobladillo del guante de tiro cortado en los nudillos, el zafiro birmano emitía destellos helados. Su mirada verde avellana barría el andén con esa frialdad milimétrica de «Ghost», evaluando las posiciones defensivas, la guardia de honor de Madam Chiyo y las sombras de las galerías superiores. Sin embargo, al sentir la presión cálida y firme de la mano de Dante, la rigidez de sus hombros cedió un milímetro.
Kenji los aguardaba en la base del muelle, flanqueado por cuatro operadores con armamento suizo y la tableta militar parpadeando con gráficos de enlaces globales.
—Señor Vane, señora Thorne —anunció el lugarteniente inclinando la cabeza con una reverencia que destilaba un respeto casi litúrgico—. La confirmación del naufragio de la Gromov en el arrecife de Bashi y la captura de la Ural por parte de Mei-Ling Chen ya cruzaron los canales diplomáticos reservados. La Sindicatura del Amur colapsó en su totalidad. En Vladivostok, los oficiales de aduanas que respondían a Karpov están desmantelando los puestos clandestinos y entregando los inventarios a los agentes de Madam Chiyo.
Dante no detuvo el paso, guiando a Kaia hacia el ascensor blindado que ascendía a los niveles residenciales del acantilado.
—¿Y Europa? —inquirió Dante, con su voz grave resonando contra la bóveda basáltica—. ¿Los clanes de Campania y Lombardía ya entendieron qué significa la caída de los rusos?
—El consejo de Nápoles sesionó de urgencia hace dos horas, señor —respondió Kenji mientras las puertas de acero reforzado del ascensor se cerraban sobre ellos—. Los seis patriarcas que asumieron la regencia tras la ejecución de Silvano Moretti enviaron una credencial de sumisión irrevocable. Solicitan una audiencia satelital con ustedes dos antes de que expire el plazo fijado en Macao. Saben que sin el respaldo marítimo de Vladivostok, la Camorra mediterránea no tiene forma de colocar una sola tonelada en Asia sin nuestro permiso.
Kaia alzó una ceja, con esa media sonrisa afilada y peligrosa curvando sus labios.
—Quieren besar el anillo antes de que la bota les caiga sobre el cuello —murmuró ella, mirando de reojo a Dante mientras la cabina ascendía velozmente por el corazón de la montaña—. Durante décadas, esos viejos alimentaron a Marcus y a Carmine para mantenernos divididos. Ahora que las dos cabezas están unidas, descubren que no tienen dientes para morder.
Dante se colocó detrás de ella en el espacio cerrado del ascensor. Apoyó ambas manos sobre las caderas de Kaia, pegando su torso sólido contra su espalda. La calidez que emanaba de su cuerpo atravesó las capas tácticas de ambos, desatando esa corriente volcánica e inevitable que los unía más que cualquier tratado de sangre. Inclinó la cabeza hasta rozar con sus labios la suave curvatura de su oreja, haciendo que Kaia cerrara los ojos por una fracción de segundo ante el estremecimiento que le recorrió la nuca.
—No les daremos una audiencia para negociar, reina mía —susurró Dante, su voz rasposa vibrando con una soberbia oscura—. Les daremos una audiencia para dictarles los tributos. Tú y yo no pedimos lealtad: exigimos obediencia absoluta. Quien vacile en esa pantalla... se convertirá en el próximo encargo de nuestros tiradores en Nápoles.
Kaia giró levemente el rostro, buscando la boca de Dante. Sus labios se encontraron en un beso breve pero ardiente, una comunión de hierro y pasión donde ambos reafirmaban su pacto sobre el destino del hampa internacional.
—Prepárales el cadalso digital, Dante —dijo ella al separarse, sus ojos brillando con fuego puro—. Esta noche enterraremos los últimos restos de la vieja Camorra.
El gran salón de cartografía y mando en el nivel superior de Pulau Laut estaba iluminado únicamente por la luz azul zafiro y ámbar de las pantallas gigantes.
A través de los inmensos ventanales panorámicos de cristal blindado, el mar de Natuna descansaba bajo un manto negro azabache, salpicado por el reflejo de las estrellas que comenzaban a despuntar tras el paso lejano del tifón.