La proa imponente del Knyaz Vladimir cortaba las aguas fangosas del canal exterior como un ariete de cien metros de acero naval. Los cuatro reflectores halógenos de alta intensidad no dejaban un solo centímetro de sombra sobre la cubierta del sumergible Gavia, atrapado de popa contra la colosal compuerta de hormigón de las esclusas de Hengqin. El haz de luz blanca era tan abrasador que convertía la lluvia torrencial en una cascada de agujas plateadas, desnudando a Dante y a Kaia en el centro exacto de la mira enemiga.
El rugido de los motores de las dos lanchas de asalto que descendían de los pescantes del buque ruso retumbaba en el lecho del río. Eran lanchas semirrígidas de asalto ártico, artilladas en la proa con ametralladoras pesadas Kord de 12.7 mm, capaces de pulverizar blindajes ligeros y carne humana a mil metros de distancia.
Dante no soltó el contenedor estanco con los discos de datos.
Con un movimiento seco y resuelto, aferró a Kaia por el cinturón táctico, empujándola hacia el interior de la torreta del minisubmarino mientras la primera ráfaga de ametralladora pesada desgarraba el casco exterior con un estruendo ensordecedor. El metal templado gimió bajo el impacto de los proyectiles de calibre pesado; fragmentos de pintura y esquirlas incandescentes salieron despedidos hacia la noche, chisporroteando al caer en el agua salobre.
—¡Entra! —rugió Dante, cubriéndole la cabeza con su antebrazo izquierdo.
Kaia se deslizó por la escotilla con la agilidad de una serpiente, cayendo de pie sobre las rejillas del compartimento de mando del sumergible. El espacio era claustrofóbico, saturado del olor acre a cables recalentados, ozono de baterías de iones de litio y la sangre de los tripulantes rusos que yacían abatidos bajo los paneles de navegación.
Dante saltó tras ella, azotando la pesada escotilla superior y girando la rueda de bloqueo con un esfuerzo que le tensó los tendones del cuello hasta el límite. Las costillas suturadas le quemaron con una furia punzante, pero no aflojó el giro hasta que los pestillos de acero encajaron en el marco con un chasquido hermético definitivo.
Arriba, el martilleo de las balas perforantes sonaba como un repique fúnebre contra el casco de titanio.
—Tienen munición de tungsteno —dijo Kaia con voz templada, apartándose un mechón empapado de la frente mientras examinaba la consola con ojos clínicos—. El blindaje de esta torreta resistirá sesenta segundos antes de que una bala traspase la junta de goma y despresurice el habitáculo.
Dante dejó la caja de datos sobre el asiento del piloto y se plantó a su lado. Su camisa negra de esmoquin estaba empapada, pegada a los músculos tensos de su pecho y cruzada por una mancha oscura a la altura del costado: la herida protestaba, pero su postura seguía siendo la de un rey que se niega a doblar la rodilla ante el verdugo.
—¿El sistema de propulsión sigue en línea? —preguntó Dante, apoyando una mano sobre la consola y la otra sobre la cadera de Kaia, atrayéndola con una firmeza instintiva que ignoraba el peligro de muerte inminente.
Kaia levantó la mirada hacia los ojos grises de él. La proximidad de sus cuerpos en el estrecho cilindro de metal desató esa misma corriente volcánica que los mantenía vivos en cada matadero. Sus respiraciones se cruzaron, calientes y aceleradas.
—Las baterías están al sesenta por ciento —respondió ella, tecleando con una mano mientras la otra se cerraba con fuerza sobre el hombro sólido de Dante—. Pero no podemos sumergirnos; la compuerta de Hengqin bloquea la salida hacia Zhuhai y el Knyaz Vladimir corta el canal hacia el mar. Si nos sumergimos, nos aplastan contra el lodo con cargas de profundidad.
—Entonces no nos sumergiremos para huir, fénix —dijo Dante con una lentitud glacial y una media sonrisa letal que le devolvió el aliento a la boca—. Nos sumergiremos para morder.
Kaia entrecerró los ojos verdes, captando la demencia del plan antes de que él terminara de formularlo:
—Los tubos de eyección de lastre rápido.
—Y los dos torpedos de autodefensa antisubmarina de sesenta y tres centímetros en la proa —completó Dante, sus ojos brillando con esa ferocidad que la hacía estremecer de deseo y admiración salvaje—. Vorontsov cree que el Gavia es solo un camión de transporte desarmado. Cree que tiene a dos ratas en una trampa de hojalata. Vamos a enseñarle que este ataúd tiene colmillos.
Kaia no perdió una milésima de segundo. Sus dedos bailaron sobre la interfaz rusa, puenteando las claves de seguridad con el software de descifrado que llevaba instalado en su dispositivo de muñeca.
—Válvulas de inundación abiertas —anunció ella, tirando de dos palancas neumáticas con un tirón seco—. Purga de tanques principales en tres... dos... uno.
El sumergible dio una sacudida brutal.
Con un rugido cavernoso de agua marina penetrando a presión en las cámaras laterales, el Gavia se hundió de golpe en las aguas negras del canal, descendiendo hacia el fondo fangoso justo cuando una descarga concentrada de las lanchas de asalto barría la superficie donde hacía un segundo flotaba la torreta.
La oscuridad del río Perla los envolvió por completo.
El silencio abismal del agua sustituyó el estruendo de las ametralladoras, roto únicamente por el crujido del casco sometido a la presión de doce metros de profundidad y el suave silbido de los circuladores de oxígeno. En los monitores de navegación pasiva, las firmas térmicas de las dos lanchas rusas aparecían como dos manchas rojas flotando directamente sobre sus cabezas, buscando en círculos la silueta sumergida.