Amor Peligroso

Capítulo 29: El lecho de las mareas

La noche en Pulau Laut no trajo la oscuridad viscosa y traicionera de los muelles de Yokohama ni el resplandor artificial de los neones de Macao. Trajo una negrura limpia, salpicada por el arco infinito de la Vía Láctea que se volcaba sobre el mar de la China Meridional con una serenidad casi violenta. Desde la terraza suspendida sobre el acantilado de granito negro, el rumor de las olas rompiendo contra la barrera de coral llegaba como una respiración acompasada, lenta y profunda, amortiguada por los paneles de cristal templado abiertos al aire templado del ecuador.

En el interior de la residencia brutalista, la luz estaba reducida a la línea tenue de un aplique empotrado en la piedra volcánica y al resplandor cobrizo de una lámpara de aceite mineral. El aroma a cedro, piedra marina y al vino añejo de Campania se mezclaba con el olor limpio de la brisa marina.

Dante yacía recostado sobre la cama de plataforma de madera de teca curada, con la espalda apoyada contra el respaldo acolchado en cuero crudo.

Estaba descalzo, vistiendo únicamente un pantalón de lino negro suelto. Su torso ancho y dorado por la luz tenue exhibía el testimonio mudo de todas las guerras que habían intentado sepultarlo: el mapa irregular de cicatrices blancas en el hombro, la marca redonda de una bala de nueve milímetros cerca de la clavícula y, en el flanco izquierdo, la herida cosida que comenzaba a secarse bajo una película antiséptica transparente, sin vendajes compresivos que le constriñeran la respiración por primera vez en semanas.

Kaia estaba de pie junto al ventanal abierto, dándole la espalda.

Llevaba puesta una camisa blanca de Dante, amplia, de lino fino, que le caía hasta la mitad de los muslos y cuyos botones superiores permanecían desabrochados, dejando entrever el inicio de la clavícula y la cicatriz pálida que le cruzaba la piel hacia el hombro derecho. El viento suave de la noche le agitaba los mechones oscuros del cabello, aún húmedo tras el baño en el agua dulce de las fuentes geotérmicas de la cueva. Con una mano se sostenía del marco de granito; con la otra, sostenía una copa de cristal con los últimos restos del reserva de la Camorra.

Dante la contempló durante minutos enteros en silencio. Sus ojos grises, despojados de la frialdad implacable con la que ordenaba ejecuciones y calculaba rutas de asalto, recorrían cada línea de su figura: la curvatura estilizada de sus piernas desnudas, la postura erguida que ni siquiera en el reposo perdía su gracia felina, y esa vulnerabilidad salvaje que solo él tenía el privilegio de presenciar.

—Si sigues mirando ese horizonte, fénix —dijo Dante, su voz grave y rasposa quebrando el rumor del mar con una calidez oscura—, vas a terminar creyendo que los barcos de guerra navegan con el pensamiento.

Kaia no se giró de inmediato. Dio un sorbo minúsculo al vino, dejando que el sabor a roble y cereza madura le templara el paladar. Una media sonrisa casi imperceptible suavizó la línea severa de su boca.

—Pienso en lo absurdo que resulta este silencio —respondió ella, girando la cabeza despacio sobre el hombro para clavar sus ojos verde avellana en él—. Cuatro años durmiendo con una Glock debajo de la almohada en moteles de paso en Taipéi, saltando de la cama cada vez que una tubería crujía o un auto frenaba en la esquina. Y ahora estamos aquí, sobre cincuenta toneladas de oro y la red de datos más valiosa de Oriente, sin nadie que se atreva a llamar a la puerta.

—Nadie va a llamar a esa puerta porque los que tenían la llave están muertos, Kaia —dijo Dante con firmeza, extendiendo su brazo izquierdo sobre las sábanas blancas de lino, invitándola a regresar a su lado—. Y los que siguen vivos saben que cruzar este canal es pedir un tiro en la frente.

Kaia dejó la copa sobre la consola de piedra junto a la terraza. Caminó despacio hacia la cama, con pasos silenciosos y seguros sobre la tarima de madera oscura. Cada movimiento suyo desprendía una sensualidad natural, despojada de artificios, forjada en la tensión constante entre la vida y la muerte.

Al llegar al borde de la plataforma, se detuvo y lo miró desde arriba. Sus ojos se detuvieron en la herida del costado de Dante, observando la costura cerrada que la medicina de combate había logrado fijar.

—El cirujano de Chiyo dijo que si te levantabas antes de veinticuatro horas, el músculo se desgarraría —murmuró ella, arrodillándose sobre el colchón y avanzando hacia él a gatas con una lentitud hipnótica.

—El cirujano de Chiyo no sabe nada sobre lo que me mantiene en pie —replicó Dante, su mirada encendiéndose con un fulgor posesivo que le erizó la piel a la mujer.

Kaia se sentó a horcajadas sobre sus muslos, acomodando las rodillas a ambos lados de las caderas de Dante. La camisa de lino blanco se abrió levemente, rozando el pecho desnudo del italiano. El contacto directo de su piel caliente contra la de él provocó una sacudida eléctrica inmediata que cortó el aire de la estancia.

Kaia apoyó las palmas de sus manos sobre los hombros macizos de Dante. Sus dedos, delgados pero firmes, se hundieron en el músculo tenso, sintiendo la fuerza bruta que latía bajo la piel marcada. Se inclinó hacia adelante hasta que su aliento cálido rozó los labios entreabiertos de él.

—¿Y qué es lo que te mantiene en pie, Dante Vane? —susurró ella, desafiándolo con una mirada cargada de deseo y soberbia.

Dante no respondió con palabras. Subió sus manos grandes y ásperas por los muslos desnudos de Kaia, recorriendo la piel suave hasta aferrarle la cintura con una presión de hierro que no admitía retirada. La atrajo contra su pelvis con un tirón deliberado, obligándola a sentir la dureza innegable de su cuerpo y el latido acelerado de su corazón bajo las costillas.




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