Amor Peligroso

Capítulo 15: La torre ciega de Yuwengdao

El azote del mar contra los acantilados basálticos de Yuwengdao sonaba como el trueno sordo de una artillería invisible.

La lancha neumática negra cabeceaba de manera violenta sobre la rompiente, escupiendo espuma salobre sobre el rostro de Kaia. Kenji gobernaba el timón con pericia quirúrgica, calculando el reflujo entre dos crestas espumosas para encallar la quilla sobre una franja exigua de guijarros negros al pie del acantilado.

—Tres minutos antes de que suba la marea y cubra la roca baja —advirtió Kenji por el auricular encriptado, sin despegar los ojos del oleaje que amenazaba con voltear la embarcación—. Si no estás en la base del faro antes de que el agua llegue al primer saliente, quedarás atrapada contra el paredón.

Kaia no esperó a que la ola retrocediera del todo. Ajustó la correa de su subfusil con silenciador cruzado al pecho, se colocó la mochila estanca con el equipo de intrusión y saltó al agua helada, que le llegó hasta la cintura. La corriente tiró de ella con furia hacia el abismo, pero clavó la punta de sus botas en la grava, avanzando con pasos seguros hacia la base de la muralla de piedra.

Frente a ella se alzaba el faro de Yuwengdao: una torre cilíndrica de hierro fundido pintada de blanco espectral, construida a finales de la dinastía Qing sobre un promontorio rocoso que dominaba el estrecho. En la cima, la linterna de navegación giraba con un haz monótono que cortaba la llovizna; justo debajo de la cúpula, una antena parabólica de microondas zumbaba en silencio, enlazada en línea directa con el centro de control de tráfico y los almacenes frigoríficos de Magong.

Kaia extrajo una pistola de anclaje de aire comprimido. Apuntó al saliente de la barandilla de hierro de la galería exterior, a veinte metros de altura.

Tch-k.

El gancho de titanio de cuatro puntas voló envuelto en un silbido seco, aferrándose con un chasquido metálico a los barrotes oxidados. Tiró del cable de polímero dos veces para comprobar la resistencia; el anclaje no cedió. Enganchó el mosquetón al arnés de su cintura y activó el motor de ascenso continuo.

El tirón la despegó de las rocas en una fracción de segundo. El viento del estrecho la azotó en el vacío, haciéndola girar levemente sobre el abismo de olas rompientes, pero su cuerpo ágil y entrenado amortiguó el vaivén con las piernas flexionadas. En menos de diez segundos, sus manos enguantadas se aferraron a la reja de la pasarela exterior del faro.

Se deslizó por encima de la barandilla como una sombra.

El faro estaba vigilado: dos hombres de los Tigres de Bambú con impermeables oscuros y fusiles carabina M4 montaban guardia en la plataforma circular, protegiendo el transmisor satelital. Uno de ellos encendía un cigarrillo bajo la visera de su gorra táctica, de espaldas a ella.

Kaia no recurrió al arma de fuego. El sonido de un percutor podía alertar a los puestos de escucha de la dársena.

Se movió sin hacer el menor ruido sobre el enrejado de hierro mojado. Desenvainó la daga de combate de su muslo; en tres zancadas felinas estuvo sobre el primer tirador. Su brazo izquierdo rodeó el cuello del hombre con una llave de estrangulamiento implacable, mientras su mano derecha hundía la hoja de titanio entre la segunda y la tercera vértebra cervical. El mercenario se apagó en silencio, sin un solo gemido, desplomándose entre sus brazos.

El segundo guardia giró al escuchar el leve crujido de la ropa mojada.

Kaia soltó el cuerpo inerte, dio un paso lateral en el mismo movimiento y descargó una patada giratoria precisa que impactó de lleno en la tráquea del atacante. El hombre trastabilló hacia atrás, boqueando por aire y dejando caer su fusil. Antes de que el arma tocara el suelo metálico, Kaia la atrapó en el aire con su mano izquierda, mientras con la derecha empujaba al mercenario sobre la barandilla baja.

El hombre cayó en silencio hacia las rocas oscuras y la rompiente furiosa veinte metros más abajo. El mar lo devoró al instante.

Kaia respiró hondo, apartándose un mechón empapado de la frente. Miró el cronómetro de su muñeca: restaban dos minutos para la hora cero pactada con Dante.

Se arrodilló frente a la caja de conexiones del transmisor de microondas. Con un destornillador eléctrico de precisión forzó la compuerta hermética, conectando un cable de fibra óptica a su tableta militar. La pantalla táctil se iluminó con cascadas de código binario en verde fosforescente.

—Estoy dentro del relé de Yuwengdao —susurró Kaia por el canal de radio encriptado, sintiendo el viento helado golpearle la nuca—. Enlazando con el nodo de la subestación de Magong... descifrando las llaves de seguridad de los Tigres de Bambú.

A través del auricular, la voz de Dante sonó de inmediato. A pesar de la estática de la tormenta y el rumor de fondo de los motores diésel del Dragón de Jade, su tono grave, áspero y pausado inundó los sentidos de Kaia como un golpe de calor directo a la piel.

—Te escucho, fénix —dijo Dante, su respiración constante y pesada revelando que ya estaba en posición de asalto sobre la barcaza de combate—. La dársena está en calma chicha. Lin Tao tiene a treinta hombres en los muelles de descarga y dos patrulleras con los motores encendidos. Estamos a cuatrocientos metros de la bocana.

Kaia sonrió en la oscuridad del faro, una sonrisa letal mientras sus dedos ejecutaban la secuencia destructiva en el teclado digital.




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