El archipiélago de Natuna emergía sobre el mar de la China Meridional como un puñado de esmeraldas salvajes arrojadas sobre una lámina de cobalto impenetrable. Lejos de las rutas de patrulla comercial de Singapur y fuera del alcance visual de los radares costeros de Borneo, la isla de Pulau Laut albergaba el último gran secreto de la Camorra en Oriente: un atolón privado protegido por un anillo exterior de arrecifes de coral y una dársena subterránea excavada en el granito durante la Segunda Guerra Mundial.
El Acheron redujo sus máquinas hasta deslizarse en un silencio casi fantasmal a través del canal natural camuflado por la densa vegetación selvática.
En la proa del megayate, el calor del ecuador caía como una manta espesa y húmeda. El aroma a salitre podrido y queroseno que los había acompañado desde Daikoku Futo había sido reemplazado por el perfume denso de la jungla tropical, la resina de mangle y el agua cristalina que rompía con un susurro blanco contra las rocas.
Dante Vane estaba de pie junto al pasamanos de titanio. Llevaba unos pantalones oscuros de lino suelto y una camisa negra desabrochada hasta la mitad del pecho. El vendaje en sus costillas se había reducido a una faja elástica delgada; el corte en su costado, aunque todavía cruzado por la marca lívida de las suturas, comenzaba a soldar bajo el efecto del reposo y la morfina de baja intensidad. Su postura, imponente y relajada, dominaba la cubierta con la solidez de quien regresa a su propio feudo tras haber aniquilado a todos los pretendientes al trono.
Kaia salió a la cubierta con pasos lentos y descalzos sobre la teca pulida.
Vestía un mono corto de seda verde musgo que dejaba al descubierto sus piernas estilizadas y los hombros bronceados por el sol de las últimas cuarenta y ocho horas de navegación en mar abierto. Llevaba el pelo recogido en un moño descuidado, sostenido por una varilla de hueso pulido, y en su mano derecha sostenía una taza de café negro humeante. A pesar de la apariencia pacífica, su mirada verde avellana barría los acantilados de la isla con la agudeza milimétrica de una tiradora de élite: buscaba los nidos de ametralladoras ocultos entre la maleza, los sensores térmicos en los cocoteros y los puestos de vigilancia camuflados en las cuevas marinas.
Dante no necesitó girarse para saber que estaba allí. El leve rumor de sus pisadas y el perfume sutil a jazmín y piel limpia bastaban para alterar el compás de su respiración.
—Tres puestos de guardia en el risco norte —dijo Kaia, deteniéndose a su lado y apoyando los codos en la borda—. Baterías antiaéreas gemelas de treinta milímetros ocultas bajo lonas miméticas y un muelle con grúa pórtico para dos lanchas de ataque rápido. Tu familia no escatimó en gastos cuando construyó este agujero, Vane.
Dante extendió el brazo izquierdo y le rodeó la cintura con lentitud deliberada, atrayéndola de costado contra su cuerpo. La calidez de la cadera de Kaia presionando contra su muslo fue un ancla inmediata. Inclinó la cabeza, aspirando el aroma de su nuca antes de responder con esa voz grave y profunda que vibraba como un motor diésel:
—Mi padre construyó esta base en los noventa, cuando creía que los clanes de Calabria le disputarían las rutas del opio birmano. Cuando Carmine tomó el control de Nápoles, borró este atolón de los registros oficiales para usarlo como depósito de lingotes y refugio de escape en caso de que la Interpol interviniera las cuentas de Milán.
Kaia dio un sorbo al café, alzando una ceja con ironía:
—Y ahora los lingotes de Carmine son nuestros.
—Todo lo que Carmine creyó poseer en este hemisferio te pertenece a ti, fénix —sentenció Dante, deslizando los dedos por el costado de Kaia hasta rozar la curvatura de su cadera con una posesión suave pero indiscutible—. Este atolón no figura en las cartas de la marina indonesia ni en los informes de satélites comerciales. Es el corazón ciego del mar del sur. Si queremos desaparecer diez años, el mundo entero se cansará de buscar nuestros huesos.
Kaia bajó la taza y giró el rostro hacia él, quedando a escasos centímetros de su boca. Sus ojos verdes examinaron la línea firme de su mandíbula, las cicatrices que coronaban su clavícula y esa mirada gris, tempestuosa y devoradora, que jamás había bajado la guardia ante nadie excepto ante ella.
—No nacimos para desaparecer diez años en una playa, Dante —susurró ella, su aliento cálido rozándole los labios—. Nacimos para mandar. Y tú no sabrías qué hacer con tus manos si no estuvieran empuñando un arma o contando dividendos de guerra.
Una sonrisa oscura y peligrosa curvó los labios de Dante. Con un movimiento rápido y seguro, le quitó la taza de café de la mano y la dejó sobre una mesa auxiliar de cubierta, envolviendo de inmediato a Kaia con ambos brazos y levantándola levemente del suelo hasta aprisionarla contra su pecho.
—Sé perfectamente qué hacer con mis manos cuando estás cerca, Kaia —murmuró él con voz ronca, inclinándose para atrapar su labio inferior con una mordedura suave que le arrancó un gemido ahogado—. Llevo cuatro años con las manos vacías, soñando con el momento en que pudiera tenerte sobre una cubierta sin esperar un disparo de francotirador.
Kaia enredó los dedos en el pelo oscuro de Dante, entregándose a la presión de su cuerpo con una intensidad feroz. El beso comenzó como una provocación amarga y se transformó en un incendio devorador: sus bocas se buscaron con hambre acumulada, saboreando la victoria, la sal y la certeza de que ya no había intermediarios ni sombras entre ambos. Kaia se arqueó contra él, sintiendo la dureza de su cuerpo, la fuerza intacta de sus brazos y el latido desbocado de su corazón respondiendo al suyo con la misma furia que los había llevado a destrozar a sus enemigos desde Japón hasta Indochina.