Amor Peligroso

Capítulo 22: Marea negra en el delta

El Toyota Century devoraba el asfalto mojado de la Avenida da Ponte da Amizade a ciento sesenta kilómetros por hora, rugiendo como una bestia mecánica enjaulada en la penumbra. Los rascacielos iluminados por el neón estridente de Cotai comenzaban a desvanecerse en el retrovisor, reemplazados por el vacío viscoso del canal exterior, donde la desembocadura del río Perla colisionaba con el oleaje turbio del mar abierto.

En el asiento trasero, Kaia no había perdido un segundo.

Había rasgado la falda de satén de su vestido hasta la cadera con un tirón seco para facilitar el movimiento de sus piernas, ajustándose una pistolera táctica de extracción rápida en el muslo izquierdo. Sus dedos se movían con una velocidad quirúrgica sobre la pantalla de la tableta de Kenji, rastreando la firma electromagnética del transmisor que el comando ruso había dejado anclado a la borda del Acheron.

—El sumergible no es un minisubmarino civil de exploración —dijo Kaia, con la voz templada por una concentración absoluta mientras las líneas batimétricas del fondo del delta se dibujaban en azul cobalto en la pantalla—. Es un transporte táctico clase Gavia, propulsado por baterías de iones de litio de grado militar. No puede sumergirse a más de cuarenta metros en este canal debido a los bancos de lodo y los restos de dragado del puerto.

Dante estaba sentado a su lado, despojándose del saco de esmoquin y abriendo un maletín hermético oculto bajo el piso falso del vehículo. Extrajo dos fusiles compactos de asalto con cañón corto y cargadores de munición perforante subacuática, armas experimentales diseñadas para fuego efectivo tanto en superficie como a través de la lámina de agua.

—Tienen que salir a la superficie para acoplarse con la nave nodriza —analizó Dante, encajando los cargadores con dos chasquidos secos que resonaron en el habitáculo blindado—. Un sumergible de ese tonelaje tiene una autonomía máxima de treinta millas náuticas a toda máquina. No cruzarán el canal hacia el mar abierto sin recargar o sin ser izados por un buque de mayor calado.

—Y sé exactamente qué barco los espera —intervino Kaia, ampliando la imagen satelital en el sector del fondeadero de Isla Verde—. El Knyaz Vladimir. Un buque de investigación oceanográfica de pabellón ruso que atracó en Macao hace tres días con permisos falsos de la Academia de Ciencias de San Petersburgo.

Kenji tomó una curva cerrada con un chirrido agudo de neumáticos, esquivando una barrera de aduanas que se levantó en falso tras la intervención remota de los códigos de Kaia.

—Señor Vane —anunció el lugarteniente sin apartar los ojos de la carretera solitaria del puerto pesquero de Coloane—. El transmisor del Acheron acaba de cambiar de frecuencia. La llamada satelital está entrando en la línea abierta.

Dante tomó el auricular de radio del tablero central y activó el altavoz.

Una voz áspera, con un timbre grave y pausado, teñido por un ruso aristocrático y frío como el invierno siberiano, inundó el vehículo a través de los altavoces:
«Dante Vane. Kaia Thorne. Imagino que Don Silvano Moretti no sobrevivió a la cena en el Gran Lisboa. Los ancianos de Europa siempre tuvieron estómagos frágiles para la pólvora moderna.»

Kaia se inclinó hacia el micrófono, sus ojos verde avellana ardiendo con una intensidad homicida:

—Habla Yuri Vorontsov, supongo. El perro guardián que mi padre dejó cuidando las cuentas del Báltico.

Una risa breve y metálica resonó desde el otro lado de la línea.
«Tu padre era un intermediario torpe, Kaia. Al igual que tu madre, Marcus creyó que la sangre familiar estaba por encima de la Sindicatura. Pero tú... tú eres un prodigio táctico. Lo que extrajimos de la bodega tres del Acheron no son simples diarios de operaciones. Son las fórmulas completas de la síntesis de Kawasaki y las claves maestras de las cuentas de Vaduz. Con esos datos, la Bratva de San Petersburgo ya no necesita a los intermediarios de Asia.»

Dante tomó la palabra, con una calma gélida que resultaba infinitamente más peligrosa que cualquier grito:

—Vorontsov. Escúchame con mucha atención. Estás navegando en mis aguas. El delta del río Perla no es el golfo de Finlandia. Si ese sumergible toca la rampa de tu barco nodriza, me aseguraré personalmente de que tú y cada mercenario que lleva tu apellido terminen pudriéndose en el fondo de este fango.
«Vengan a intentarlo, Vane» —respondió Vorontsov con un desprecio absoluto—. «Estamos a diez minutos de aguas internacionales. Si quieren sus discos de vuelta... tendrán que sumergirse a buscarlos.»

La llamada se cortó con un silbido seco de estática.

Kaia alzó la vista hacia Dante. La adrenalina compartida, el peligro inminente y esa necesidad feroz de proteger lo que habían construido a sangre y fuego volvieron a tensar la atmósfera entre ambos como una cuerda a punto de reventar.

—Tienen diez minutos de ventaja —dijo Kaia, bajando la voz a ese registro íntimo y cortante—. La lancha rápida del muelle de Coloane tiene motores de turbina, pero el Gavia ya debe estar a la altura del faro de Guia bajo el agua.

Dante dio un paso mental por delante del enemigo. Deslizó su mano por el muslo desnudo de Kaia, subiendo hasta su cadera con una presión firme y posesiva que la obligó a mirarlo a los ojos. En sus pupilas grises no había duda; solo la certeza implacable de quien ha decidido no retroceder jamás.




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