El viento del noreste aullaba sobre el estrecho de Taiwán como una jauría hambrienta. Olas colosales de color plomizo se estrellaban con violencia contra el casco de carbono del Acheron, envolviendo la superestructura en una bruma helada de espuma y salitre. En las pantallas del puente de mando, la costa occidental de Taiwán aparecía como un trazo discontinuo a menos de treinta millas náuticas, mientras que el archipiélago de Penghu —un laberinto de islotes de basalto negro, arrecifes sumergidos y canales traicioneros— emergía en el cuadrante sur como el único refugio frente al cerco naval que se cerraba a su alrededor.
Dante Vane estaba de pie junto a la mesa de cartas náuticas digitales. Había cambiado su ropa formal por un suéter táctico negro de cuello alto, ajustado sobre el vendaje que protegía sus costillas. El médico de a bordo había insistido en reposo absoluto, pero en los ojos grises de Dante no había espacio para la convalecencia; ardían con esa lucidez peligrosa de los hombres que solo conciben el descanso tras la aniquilación de sus rivales.
A su lado, Kaia Thorne analizaba las firmas de radar con la frialdad de un cirujano militar. La luz azul de los monitores recortaba su perfil afilado: la mandíbula firme, el corte limpio de su cabello oscuro y esa chispa de fuego verde en la mirada que delataba la adrenalina corriendo por sus venas. Sus dedos, ágiles y precisos, manipulaban los algoritmos de interferencia electrónica en la consola auxiliar.
—Tres patrulleras pesadas de los Tigres de Bambú cortan el canal principal entre Taipéi y Kaohsiung —explicó Kaia, señalando tres vectores rojos parpadeantes que avanzaban en formación de cuña—. Son lanchas interceptoras de fabricación israelí, armadas con ametralladoras pesadas Browning calibre .50 y lanzagranadas automáticos. Si intentamos cruzar hacia el estrecho abierto, nos interceptarán en quince minutos.
—No vamos a cruzar el canal principal —respondió Dante con voz baja y pausada, apoyando una mano pesada sobre el borde de la mesa—. Lin Tao cree que navegamos a ciegas, buscando una cala tranquila donde curarme las heridas. El bastardo no conoce Penghu. Piensa como un burócrata de Taipéi, no como un marinero del bajo mundo.
Kaia alzó la vista hacia él. La proximidad de sus cuerpos volvía a encender esa corriente subterránea que ninguno de los dos intentaba ya sofocar. El roce involuntario de sus hombros bastaba para tensar el aire en el puente de mando. Había una fascinación salvaje en ver a Dante recuperar el control absoluto del tablero, desafiando el dolor de su cuerpo roto con una arrogancia que rozaba lo divino.
—¿Y Mei-Ling Chen sí conoce Penghu? —inquirió ella, arqueando una ceja con escepticismo profesional—. La familia Chen perdió a su patriarca en Tokio hace menos de veinticuatro horas. La sangre aún está tibia sobre la mesa del Club Ouroboros. ¿Estás seguro de que la hermana de Chen no nos entregará a Lin Tao a cambio de una tregua comercial en el estrecho?
Dante se inclinó sobre la mesa, acortando la distancia hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros. Su aliento tibio acarició los labios entreabiertos de Kaia, desarmando por un instante la muralla analítica de la mujer.
—Mei-Ling odiaba a su hermano por ser un anciano codicioso y blando —susurró Dante, fijando sus ojos en los de ella con una intensidad posesiva que le erizó el vello de los brazos—. Pero odia mucho más a los hombres que intentan arrebatarle lo que le corresponde por derecho de sangre. Le ofrecí la cabeza de Lin Tao y el control absoluto de los astilleros de Keelung. En este negocio, la lealtad no se compra con promesas, Kaia; se compra con cadáveres frescos de enemigos comunes. Y tú y yo sabemos mejor que nadie cómo fabricarlos.
Kaia sostuvo su mirada sin pestañear. El calor que emanaba del pecho de Dante, sumado a la vibración constante de las turbinas del yate, le aceleró el pulso. Con un movimiento deliberado, levantó su mano y rozó con el dorso de sus dedos la mandíbula áspera de él, sintiendo la tensión del músculo bajo su piel.
—Si esa mujer nos traiciona, Dante... te prometo que la arrojaré por la borda antes de que las patrulleras disparen el primer misil.
Dante sonrió, una sonrisa predatoria y magnética que desnudaba la complicidad mortal que los unía. Atrapó la muñeca de Kaia antes de que pudiera retirar la mano, apretando los dedos alrededor de sus huesos con una firmeza que no admitía escape, inclinándose hasta rozarle los labios en un beso fugaz pero cargado de pólvora:
—Esa es la mujer que necesito a mi lado, fénix.
Kenji, al timón principal, carraspeó con sequedad profesional:
—Señor Vane, señorita Thorne... Las patrulleras de Lin Tao aceleraron a treinta y dos nudos. Entraron en el rango de tiro de nuestros sensores. Nos ordenan detener máquinas por el canal dieciséis de radio marítima.
Dante soltó la muñeca de Kaia muy despacio, girándose hacia el timonel:
—Apaga los radares de navegación activos. Pasa el Acheron a modo de firma térmica pasiva y apaga todas las luces exteriores. Entraremos al canal de Wangan por el paso ciego de los arrecifes de coral.
—Los arrecifes de Wangan tienen menos de cuatro metros de calado en bajamar, señor —advirtió Kenji sin soltar el timón—. Si tocamos fondo a esta velocidad, rasgaremos el casco de carbono.
—Hazlo, Kenji —ordenó Dante con voz de trueno—. Si tocamos fondo, nos quedamos a pelear en las piedras. Pero esas patrulleras no tienen el calado para seguirnos en la rompiente.