Amor Peligroso

Capítulo 34: El peaje de los vencidos

El viento del tifón aullaba con furia a través de las ventanillas reventadas del puente de mando de la Gromov, arrojando bofetadas de espuma salina y lluvia helada sobre los instrumentos rotos. A los pies de Dante y Kaia, el cuerpo inerte de Aleksandr Karpov comenzaba a enfriarse, con un fino hilo carmesí desvaneciéndose en los charcos que corrían por los imbornales de la cubierta hacia el abismo encrespado del canal de Balintang.

A través de la niebla grisácea, las luces estroboscópicas de las tres patrulleras de Mei-Ling Chen parpadeaban como ojos amarillos en la tormenta, rodeando la popa de la Ural, la segunda fragata de la flotilla siberiana, cuya tripulación ya izaba la lona blanca en la verga del radar en señal de rendición incondicional.

Kaia se apartó del pecho de Dante con la respiración entrecortada, pero sin soltar el contacto de sus dedos enguantados, que se entrelazaron con fuerza con la mano izquierda de él. El relieve del zafiro birmano bajo la tela del guante presionaba contra la palma de Dante, un recordatorio físico e indestructible de la alianza que acababa de aplastar el último intento de reconquista por parte de la Bratva.

—La Gromov sigue en marcha avante —dijo Kaia, alzando la voz por encima del bramido del motor diésel y el azote del viento—. Con el timón trabado por la sobrecarga de la consola, la nave va a encallar contra los bajos del arrecife de Bashi en menos de quince minutos.

Dante no desvió la mirada de los ojos verdes de ella. Su rostro, salpicado de hollín y gotas de agua helada, conservaba esa dureza marmórea que lo convertía en una fuerza elemental de la naturaleza; sin embargo, en el fondo de sus pupilas grises ardía una devoción sin fisuras, un calor que devoraba la tormenta a su alrededor.

—Entonces tomemos lo que vinimos a buscar y dejemos que las rocas de Luzón se traguen este montón de chatarra rusa —sentenció Dante, su voz grave resonando con firmeza en el habitáculo en ruinas.

Kaia avanzó hacia la estación secundaria de transmisiones del buque, donde un terminal blindado aún parpadeaba en caracteres cirílicos de color ámbar. Con la agilidad letal que la definía, extrajo un cable de interfaz de su bolsillo táctico y lo acopló a la unidad criptográfica de Karpov.

—Karpov no viajaba solo con intenciones de tomar las Batanes —explicó ella, con los dedos volando sobre el teclado manchado de sangre de un oficial caído—. Tenía los cuadernos de bitácora digitales con las identidades de todos los intermediarios que la Sindicatura del Amur utilizaba para blanquear cargamentos a través de los puertos de Vladivostok, Najodka y Busan. Más de setenta empresas pantalla en Corea del Sur y doce astilleros no registrados en Sajalín.

La barra de transferencia de la tableta de Kaia avanzó con voracidad matemática: sesenta por ciento, ochenta, cien.

—Todo nuestro —anunció Kaia, desconectando la unidad de memoria y guardándola junto a su pecho—. La flota de transporte del este de Rusia acaba de quedar a ciegas. Sin estos códigos, no podrán mover una sola barcaza de combustible sin que salte una alerta en los servidores de Tokio.

—Kenji —llamó Dante por el intercomunicador de radio de garganta, manteniendo su brazo derecho firme alrededor de la cintura de Kaia, guiándola hacia la salida de la timonera—. Informa a Mei-Ling que el abordaje de la Gromov ha concluido. Que sus patrulleras aseguren a la tripulación de la Ural y remolquen la nave capturada hacia la bahía de San Vicente. La Gromov se va al fondo.

—Copiado, señor Vane —respondió la voz imperturbable del lugarteniente japonés desde el puente del Beriev que sobrevolaba la zona en círculos amplios—. La barcaza de extracción de Mei-Ling está acoderada a la aleta de estribor de la fragata. Tienen dos minutos para evacuar antes de que el buque toque el primer cabezo de coral.

Descendieron por las escalerillas exteriores de la superestructura mientras el oleaje embravecido golpeaba el casco de acero con sacudidas que hacían crujir los mamparos. Cada paso sobre el metal mojado requería un equilibrio milimétrico, pero Dante y Kaia se movían como una sola entidad: el peso de Dante brindando anclaje y cobertura en los tramos expuestos al viento huracanado, mientras la agilidad de Kaia anticipaba los puntos de apoyo seguros entre las tuberías y las barandillas retorcidas.

Al llegar a la plataforma de desembarco de estribor, una lancha neumática pesada de asalto, tripulada por tres corsarios de Taiwán con impermeables negros y fusiles terciados, cabeceaba violentamente al compás de la marejada.

—¡Salten! —bramó el timonel taiwanés en cantonés, manteniendo los motores al ralentí para evitar chocar contra el costado de la fragata.

Dante tomó a Kaia por el arnés táctico con ambas manos, sosteniéndola sobre el abismo por una fracción de segundo hasta sincronizar el movimiento con el ascenso de una ola, depositándola en el fondo de la lancha con precisión impecable. Acto seguido, él saltó, cayendo con las rodillas flexionadas sobre las tablas de madera del suelo de la embarcación menor.

Apenas se soltaron las amarras, los motores fueraborda rugieron a máxima potencia, alejando la lancha de la mole gris de la Gromov.

A menos de trescientos metros a sus espaldas, la mole de acero de la fragata rusa embistió la barrera exterior del arrecife de Bashi con un estruendo sísmico que acalló momentáneamente los truenos del tifón. El casco se desgarró sobre los colmillos de basalto y coral; la proa se elevó varios metros hacia el cielo encapotado antes de que una vía de agua masiva hiciera colapsar los mamparos de proa, inundando la sala de calderas en una nube gigantesca de vapor blanco y chispas eléctricas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.